El hábito de pensar mal de los demás

Cuando alguien acostumbra a pensar mal de los demás, con frecuencia termina por ser capaz de ver solamente lo más negativo de las personas. Si esto sucede, nuestra vida social y afectiva se empobrece mucho, e incluso podemos terminar haciendo daño a otros.

Pensar mal de los demás es principalmente un hábito que se desprende de un prejuicio. Lo peor es que se trata de una conducta que suele llevar el germen de su propia confirmación. Esto quiere decir que la expectativa de que otros actúen mal o hagan daño, con frecuencia, termina convirtiéndose en realidad por obra de quien piensa así.
Quienes adoptan el hábito de pensar mal de los demás habitualmente son personas que han tenido experiencias sorpresivas y negativas en el pasado. En sí el problema no son esas experiencias, sino la falta de elaboración de las mismas. Se han quedado marcadas y suscitan este sesgo que, lamentablemente, con frecuencia lleva a ser objeto de nuevos daños.
Sentirse decepcionado por los demás provoca sufrimiento. Que otro te desilusione es una experiencia dolorosa y nada fácil de superar, sobre todo porque supone, generalmente, una traición a la confianza, un engaño o una desconsideración significativa. Sin embargo, de cada uno depende trabajar ese dolor o permitir que se perpetúe para siempre.

El que sospecha invita a traicionarlo”.  Voltaire

Pensar mal de los demás

El hábito de pensar mal de los demás es una forma de anticiparnos a posibles daños. Se parte de la idea de que, si no se presta atención, seremos objeto de engaños. O que, si no agredimos, seremos agredidos. En ocasiones también hacemos daño para evitar que nos lo hagan o, en todo caso, esperamos lo peor del otro porque no queremos que nos tome por sorpresa.

La consecuencia de esto es que terminamos creando vínculos superfluos y defensivos con los demás, lo merezcan o no. Nos privamos entonces de la alegría que da el mostrarnos tal y como somos, sin escudos, ni cálculos. Así mismo, dejamos de experimentar la dicha que produce establecer un lazo íntimo con alguien.

Lo peor de todo es que terminamos induciendo a los otros, de una u otra manera, a que cumplan con esa expectativa negativa que tenemos sobre ellos. Una persona desconfiada genera desconfianza, además de distancia. También hace que surjan pensamientos negativos en torno a ella. El resultado es una situación tensa y llena de prevenciones.

Si te paras al frente de un perro y le muestras un gran temor, es muy factible que te ataque. Esto se debe a que el animal interpreta tu miedo como una preparación para el combate. Guardando las proporciones, eso también puede suceder entre los humanos.

Las experiencias negativas del pasado

Una persona que acostumbra a pensar mal de los demás sufre por ello, aunque no lo admita. Este hábito empobrece su vida y contribuye a que las desilusiones del pasado se mantengan vivas todo el tiempo. También es posible que desarrolle conductas dañinas con los demás, en razón a su actitud defensiva.

El sufrimiento que no se encara, no se aborda y no se elabora, termina convirtiéndose en un eje para la vida. Nadie desconfía de los demás porque sí. Hay una enorme decepción detrás de esta actitud y, con frecuencia, tal desilusión provino de alguien profundamente amado o de quien se dependía mucho.

Su rechazo, abandono o daño se produjo de manera sorpresiva. Esto es precisamente lo que más marca: el hecho de haber confiado en alguien y luego ver que esa confianza fue traicionada. Quien ha sido víctima de una situación así se culpa a sí mismo y se propone no volver a caer en un engaño semejante.

Elaborar el dolor

Todas las personas nos fallan alguna vez, así como nosotros lo hacemos. No existe nadie que pase por la vida sin haberle causado alguna suerte de desilusión a los demás. Los seres humanos no somos ni ángeles, ni demonios. Nos equivocamos con frecuencia y a veces algunas personas salen lastimadas por esos errores.
Pelearnos con toda la humanidad no hace las cosas más fáciles, sino todo lo contrario. Convierte la desilusión en el foco central de la vida y nos vuelve prisioneros de ella. La salida no está en debilitar todas nuestras defensas y confiar en todo el mundo de la noche a la mañana. Más bien de lo que se trata es de volver sobre esos episodios que nos marcaron tan profundamente.

Más que perdonar a otros, es importante ponernos en paz con nosotros mismos.
Si confiamos y nos engañaron o nos decepcionaron, eso tiene más que ver con la persona que lo hizo, que con nosotros. Fue ese alguien quien se equivocó, pues nosotros hicimos lo correcto: confiar.
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Autor: Edith Sánchez - Escritora y periodista
Fuente: Lamenteesmaravillosa.com