Para enseñar no hace falta herir, mucho menos sufrir para aprender

Muchos de nosotros hemos crecido con la creencia, que ha pasado de una generación a otra, de que el sufrimiento es un mecanismo de fijación para el aprendizaje, para enseñar, como para que algo no se olvide, para que algo nos marque para siempre.

Y sí, ciertamente podemos enseñar a través de la herida, podemos aprender a través del sufrimiento, porque el dolor marca, deja cicatrices que nos recuerdan las lecciones. El dolor nos deja ese sabor agrio en la boca que nos rememora una experiencia que consideramos indeseable.

Pero afortunadamente el sufrimiento es solo una de las vías para aprender y tenemos muchas más herramientas y mecanismos para adquirir lecciones y para darnos a entender a fines de enseñar.
Cuando vemos lágrimas en los ojos de un niño intentando aprender algo, que le estamos enseñando, debemos hacer una pausa para reestructurar nuestra estrategia, porque lo estamos marcando y le estamos fomentando la idea de que el aprendizaje lleva consigo el dolor.
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Evidentemente con el paso del tiempo, cuando ya no somos unos niños, nos damos cuenta de que hemos aprendido mucho a través de lo que ha dolido y sí, quizás de otra manera no lo hubiésemos visto. Como aprendices no se nos da tan sencillo el seleccionar la vía para adquirir lecciones. Pero como maestros que en mayor o menor medida todos resultamos por ser en más oportunidades de las que nos imaginamos, sí tenemos la opción de concientizar el proceso y lo que estamos haciendo para ofrecer crecimiento en alguien.

Algunos elementos distintos al sufrimiento a través de los cuales podemos ofrecer y tomar lecciones:

Paciencia:

No todos tenemos los mismos ritmos de aprendizaje, no todos tenemos los mismos recursos, ni hemos estado expuestos a las mismas experiencias, lo que nos hace asumir cualquier reto de crecimiento o de aprendizaje de forma particular. El entender esto nos hará ampliar la paciencia, no solo con los demás, sino con nosotros mismos, pudiendo ser más considerados y cuidándonos en nuestros procesos.

Respeto:

Cada ser humano merece respeto, solo por el hecho de estar en este plano procurando hacerse un camino y una vida. Dentro de ese respeto debemos incluir el que está asociado a un aprendizaje cargado de huellas en lugar de cicatrices. Nadie viene al mundo a ser marcado dolorosamente mientras aprende y evoluciona.

Empatía:

Colocarnos en el lugar del otro, siempre es un buen mecanismos para aprender y también para enseñar. Desde la posición del otro se nos hace sencillo ver qué se necesita, para aprender lo que nos parece que debería enriquecer su vida y el porqué de su posición en relación al contexto de la situación.

Ejemplo:

Uno de los mecanismos más sencillos para enseñar es a través de nuestro ejemplo, lo que somos se convierte en un modelo para quien nos ve. No importa muchas veces lo que sale por nuestra boca, si lo que hacemos no tiene nada que ver con esas palabras. Queremos dar lecciones de bondad, de honestidad, de respeto, de fidelidad, comencemos por serlo nosotros y tratemos de que nuestras palabras sean coherentes con nuestras acciones.

Amor:

El mecanismo más efectivo, desde donde se dan las mejores lecciones, desde donde las mejores palabras se pronuncian. El amor es el mecanismo que nos permite a vernos a todos como uno solo y a entender que lo que le hacemos a alguien más, nos lo hacemos a nosotros mismos. Por eso en cualquier circunstancia, dejemos que el amor que nos contiene y nos trajo acá se manifieste a través de nosotros.

Saquemos esas ideas de que solo a golpes se aprende… Y mucho peor, que solo se a golpes se enseña y utilicemos todos esos recursos que llevamos con nosotros, esperando que los usemos en pro de nosotros y de quienes nos rodean… No importa la edad que tengamos, cuando se trata de aprender, todos somos niños.

La verdadera lección a veces no está en lo que se enseña, sino en cómo lo enseñamos.
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Por: Sara Espejo – Reencontrate.com