Cuando hay miedo cobrar

Cuando hablamos del miedo a cobrar, cuando hablamos de sentir lástima por aquella persona a la que hemos de ofrecerle un producto o un servicio suele ser muy común percibir en nosotros una especie de culpa.
No hablaremos de que esa sensación de culpabilidad sea “normal” o “anormal”, sino que nos enfocaremos en el hecho de que dicha sensación es parte de las creencias con las que la gran mayoría de nosotros hemos crecido. Con las creencias equivocadas con las que hemos sido educados y con un inconsciente colectivo casi mundial de tipo “religioso” en el que pedir dinero a cambio de “algo” es malo, es pecado, debe causar culpa, etc.
Por lo general, cuando somos tan sólo empleados en un puesto laboral, es muy cómodo recibir nuestro sueldo mensual o quincenal, quejarnos un poco porque no nos alcanza, porque es injusto ganar tan poco, o porque se nos irá como agua entre las manos a causa de los gastos que tenemos. Sin embargo, nos libera de “culpas”, porque es la “empresa” para la que trabajamos la que “cobra”. No somos nosotros los que damos la cara al “cliente” o “comprador”.
Al contrario de todo esto, cuando somos pequeños empresarios, tenemos algún negocio familiar pequeño, tenemos algún trabajo independiente y somos nosotros los que damos la cara al comprador, nos invade la culpa.

Primeramente sentimos que es “mucho” lo que pedimos por nuestro producto o servicio, para luego sentir que es poco lo que tiene la otra persona y eso la hace incapaz de adquirir lo que ofrecemos o vendemos.

Nos educan primeramente con una creencia básica en casa: “hay que empezar desde abajo”, luego sigue la creencia: “el dinero es malo o ser rico es malo”, luego continuamos con la creencia: “debes estudiar para ser mejor, para ganar más, para tener más”.

Poco a poco, va entrando la “religión” en la historia, y escuchamos que es mejor ser humilde (que se entiende como ser pobre), que el dinero saca lo peor de las personas, que más vale ser pobre pero honrado (porque queda implícito que el que es rico es porque comete algún delito), que Dios castiga la ambición, que debemos ser compasivos con los demás, que es “bueno” sentir lástima por los demás.

Llegamos entonces a la edad laboral, ya sea porque hemos terminado una profesión o simplemente porque ya “queremos trabajar y ganar nuestro dinerito”, ¿se fijan? “dinerito”, poquito, apenitas, chiquito, pequeñito. Para no “romper” con todo eso que la familia, la sociedad, la cultura o el mundo espera de nosotros.

Se espera que vivamos para trabajar, que ganemos apenas lo justo para sobrevivir, que nos conformemos con ello, que seamos felices con ello y que ayudemos a todo aquel que nos rodee con “lo poco” que tengamos.

Como ya les decía, “ser empleado” nos libera de tanta carga aparentemente, pero siempre nos quejando porque no nos alcanza, nunca llega ese aumento prometido, día con día me levanto pensando que yo debería ganar más por lo que hago y encima de todo esto, cada día vivo con miedo de “perder” ese “trabajito” que con mucho esfuerzo y luego de largo tiempo conseguí o me consiguieron.
Algunos empleos por supuesto, pagan muy bien, por lo que mi culpa se diluye bastante bien entre mis diversiones y gastos de fin de semana. Siento que gano lo que merezco pero no lo valoro y me lo acabo. Sé que la próxima quincena llegará otro cheque igual y volveré a hacer lo mismo. Gastarlo todo.

¿Ahorrar? Mmmmmm, no lo sé….ahí será “después”. El próximo mes.

Gano súper bien pero dos apenas pesitos a esa persona que embolsa mis cosas en el supermercado. Yo merezco ganar bien “pero él no”. Y lo demuestro “dando poco”.

Veo a una viejita pidiendo en la calle y lo primero que siento es “lástima”.

Pobre mujer, debo darle algo (también unos pesitos), porque debo quitarme esa “culpa” que siento al verla limosneando, como si yo fuera el responsable de su cruel destino.

Algunos empleos apenas pagan lo justo, pero me ofrecen prestaciones que en apariencia me convienen. Me dan seguro médico (más o menos), me dan mi aguinaldo, me dan mi bono por desempeño y una especie de caja de ahorro para cuando me retire porque dan por sentado que jamás me iré y seré fiel a la empresa.

Mi sueldo cubre mis gastos sí, pero no hay mucho para extras. Igualmente doy apenas unos pesitos a la persona que embolsa mis cosas en el supermercado, porque esa persona “en mi mente”, no tiene las mismas necesidades que yo, el merece poco y es responsabilidad suya el estirar eso que le doy.

Veo a la viejita pidiendo limosna y también le doy sus pesitos porque sí siento culpa, pero no tanta, quién sabe qué habrá hecho y eso no es mi asunto. Ojalá Dios la ayude más.

Y ¿si yo soy el que embolsa las cosas en el supermercado? ¿Tengo ese trabajo porque no estudié?, ¿en verdad merezco tan poco?, ¿Sabrán los clientes que la tienda tan sólo me permite “embolsar” una hora al día porque debo darle espacio a otro que también embolsará una hora?

Vivo esperando que el siguiente cliente al que yo le embolse las cosas que ha comprado, me dé un pesito más y tal vez me esfuerzo por embolsar las cosas con más cuidado que “los demás”. Doy mi 100% pero gano apenas unos pesitos en esa hora, ojalá a final del mes tenga para cubrir mis gastos.

¿Y si yo decidí vender algo? Si he pedido prestado y he puesto un pequeño negocio, si he invertido todo lo que tenía para lograr que mi negocio crezca, ¿por qué no viene nadie?, ¿por qué nadie entra y me compra? ¿Tendré que cerrar mi negocio?

Y de lo que yo no estoy consciente, es que yo tampoco “entro” a otros negocios a comprar nada. Yo pido y espero, pero no doy ni me arriesgo.

Si soy de los afortunados que ha estudiado o aprendido algo. Si yo me he esforzado por aprender algo o a crear algo, si yo hago alguna manualidad, si doy algún servicio. ¿Acaso no cuenta todo el tiempo que invertí en mi preparación o en ganar experiencia?

¿Por qué siento culpa cuando alguien me pregunta el precio de lo que vendo? ¿Por qué me sale del interior un deseo por regalar? ¿Por qué siento que al cobrar soy mala persona?

Todo lo anterior es tan sólo un ejemplo de “creencias” y “educación”. Hemos sido herederos de una historia generacional de lealtad. Lealtad a la pobreza, lealtad a la carencia, lealtad al no merecimiento, lealtad a la queja, lealtad a no tener y a no merecer.
Porque yo jamás podré tener una gran finca de 15 mil hectáreas como mi bisabuelo. Yo debo ser obrero de 7am a 7pm y vivir en una casita sencilla y humilde.

Porque yo no puedo ser un profesionista exitoso cuando veo que mi padre o mi madre apenas finalizaron la primaria o la secundaria, no puedo ofenderlos siento un extraordinario y exitoso profesionista.

Y si yo debo ser leal a creencias, tipo de educación e inconsciente social, ¿por qué sueño todos los días con tener más?, ¿por qué siento culpa cada que efectivamente tengo más?, ¿por qué sigo viendo con lástima a los demás?

Porque no he comprendido ciertos puntos importantes en toda la historia:

- Yo soy merecedor de todo lo mejor en esta vida.

- Yo tengo el permiso del Universo para superar a cualquiera en mi familia.

- Yo debo hacer circular el dinero, comprar y vender, hacer que vaya y regrese.

- Yo vibro cuánticamente mi abundancia o mi carencia, por lo tanto, entre más ruegue por un cliente, más lo alejaré porque vibro repetidamente de manera energética: “no hay cliente, no hay cliente, no hay cliente, no hay cliente” y el Universo tan sólo nos cumple el deseo por supuesto.

- Yo no soy culpable del destino o la suerte económica de los demás. Yo debo pagar a todo aquel que me brinde un servicio (porque él o ella es igual a mí, porque somos igualmente merecedores, porque él o ella soy yo). Da lo mismo si es el mesero del restaurante, el chico que limpia mi jardín, el mensajero que me entrega mi paquete, él es yo y en esa medida sabré cuánto “cuesta” o “vale” aquello que me ha vendido, aquello que ha hecho por mí, aquello que él ofrece.

- Dar limosna es “mantener” a esa viejita en su pobreza, porque el simple hecho de pensar o sentir “pobrecita”, es vibrarle al Universo la orden de dejarla allí, pidiendo día con día. No darle es vibrar en positivo, es vibrar una confianza en que el Universo la colocará en el camino correcto.

¿Regalar mi trabajo?

No.

Porque si yo no valoro lo que hago, si yo no valoro el tiempo que me costó aprender lo que hago, si yo no valoro el tiempo lejos de mi familia que sacrifiqué por aprender o por hacer aquello que vendo u ofrezco, nadie lo hará.

Siempre hay que cobrar lo que yo considere justo por mi tiempo, mi esfuerzo, mi material invertido, mi tiempo lejos de aquellos que amo.

Si comenzamos a cambiar creencias, si comenzamos a comprender que tener dinero no implica dolor o sudor. Si comenzamos a vibrar en “el otro soy yo”. Si comenzamos a dejar las culpas de lado, comenzaremos a heredar abundancia y merecimiento.

El dinero no es malo, el dinero tan sólo el medio con el cual compramos aquello que necesitamos o que hace nuestra vida más cómoda.

El dinero no da la felicidad, pero sí da la tranquilidad para poder enfocarnos en otras cosas.

Si pones un precio justo a aquello que haces o vendes. Provocarás que esa persona o esas miles de personas se esfuercen por ahorrar y valorar el momento de comprarte aquello que ofreces.

Si regalas, jamás te valorarán o valorarán aquello.

Cobra orgulloso de tu producto, cree en tu producto, cree en ti y el dinero llegará solo.

Con esa confianza darás bastantes pesos a la persona que embolsa tus cosas en el súper, con ese dinero, dicha persona entrará a comprar al negocio de la otra persona, con ese dinero, el comerciante tendrá la capacidad de contratar a esa viejita para algún trabajo.

Eso es abundancia, es hacer circular al agua, que corra, que venga a mí y yo la mantenga circulando.
Cree en lo que vendes, así sea un producto, un servicio o tu desempeño laboral.

Exige lo que mereces (no lo que “necesitas”). Lo que mereces va más allá. Lo que necesitas te hace vibrar en el “no lo merezco y por lo tanto, no lo recibiré”.

Cuesta llegar a ese punto claro. Para algunos es fácil, para otros imposible. Dependerá de cada uno de nosotros el vibrar en la frecuencia correcta.

Comencemos por liberarnos de las creencias con las que hemos crecido, un paso a la vez.

Así las cosas…

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Autor: Elizabeth Romero Sánchez y Edgar Romero Franco.
Fuente Akasha Sanación Integral
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