Manifestar Nuestros Deseos parte 4/8

Manifestar Nuestros Deseos parte 4/8

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Manifestar Nuestros Deseos parte 1
Todas estas son sólo creencias. A menudo necesitamos que alguien más nos señale nuestras creencias. Cuando mi amiga Linda y yo estábamos desayunando un día, y la contraté para que me ayudara con una promoción, ella dijo, “Tengo miedo de que algunos de mis amigos tendrán envidia de mí.” “Esa es una creencia,” le dije. “¿Lo es?” preguntó. 

Nunca se había dado cuenta que su temor era una creencia-- una creencia que podía abandonar. Ella necesitaba que alguien más iluminara esa creencia. He aquí otro ejemplo de lo que digo: Ahora estoy conduciendo el cuarto auto de mis sueños gracias a la magia de aclarar mis deseos.

Necesitaba un auto desesperadamente. El que estaba conduciendo era una carcacha vieja que sólo se movía a empujones. Bueno, no era para tanto. Pero siempre que el auto se averiaba, yo me averiaba. Pagar las cuentas de reparación me estaba matando. Y el no saber si el auto me llevaría hasta donde quería ir me estaba causando estrés. Necesitaba ayuda debido a mi temor de vendedores de autos (yo había sido uno y conocía sus tácticas). Analice: “A menudo lo que de verdad quieres está debajo de lo que dices que quieres....¿Qué significaría para ti tener este auto nuevo?” ¿Eh?

Prosiguió a explicarme que lo que queremos puede más bien ser un sentimiento, no un producto. Enfócate en el sentimiento y te ayudará a obtener lo que realmente quieres. ¿Cómo me sentiría si tuviera un auto nuevo?

¡Qué cubo de agua helada para la mente! Se me produjo un dolor de cabeza tremendo nomás de pensarlo. Colgué el teléfono y mi cabeza comenzó a punzar como si me hubieran dado con un mazo. Aunque casi nunca tomo medicamentos, me tomé un montón de aspirinas como si fueran palomitas de maíz. No surtieron efecto.

Estuve meditando en lo sucedido y deje que mi dolor “me hablara”, de repente vi el dolor entre mis ojos como una gigante bola negra de hilo enrollado tensamente. Aflojaba mentalmente un hilo y escuchaba una creencia: “Tú no puedes comprar un auto nuevo.”
Dejaba esa, y salía otra creencia a la superficie: “¿Qué diría tu papá acerca de este carro?” Luego se escapaba otra creencia:

“¿Cómo lo vas a pagar?”

Y otra....y otra....y otra....

A medida que estas creencias surgían lentamente y se iban, la bola negra de dolor iba disminuyendo de tamaño.  Se hacía pequeña. Y pequeña. ¡En menos de veinte minutos, el dolor de cabeza había desaparecido completamente! Yo fui sanado. Tenía claridad. Estaba feliz.

Ahora, escuche lo que pasó después:
Aunque yo no creía que fuese posible realmente, seguí mi intuición y de inmediato fui al concesionario de autos que me sentí guiado a visitar. Conscientemente, yo “sabía” que no habría manera de que pudiera conseguir un auto nuevo. (Nunca en mi vida había tenido un auto NUEVO, y mi crédito andaba por los suelos). Pero me deje llevar. Confié.

Fui al concesionario y el caballero que estaba allí me dejo mirar un poco. Le dije lo que quería y me dijo que tenía un carro que concordaba con lo que le dije. Fuimos a la parte trasera y él estaba en lo cierto. Era perfecto. Era dorado y hermoso y nuevo. Yo dije, “¿Tiene toca cintas?” Él miró y asintió. “Bien,” dije, “ahora viene lo difícil.

Vamos a ver si lo puedo comprar.” Llenamos documentos y me pidió que dejara un depósito. No lo hice. No tenía la confianza suficiente para pensar que iba a conseguir el auto, así que no dejé nada de enganche. Luego me fui. Conduje a las afueras de la ciudad a la casa de un amigo y tocamos música todo el día, él rascando su guitarra y yo dándole a la armónica. Ya entrada la tarde decidí llamar al concesionario. “Usted está aprobado,” dijo el vendedor. Yo estaba atónito. “¿De verdad? ¿Está usted seguro que tiene los documentos correctos?” pregunté.  Él se rió y me aseguró que así era. Luego me preguntó cuándo quería recoger el auto. Fui y recogí el auto, con un dulce desconcierto de que era mío. Aunque no tenía la más mínima idea de cómo iba a realizar los pagos, lo hice. Ya han pasado cuatro años y estoy en mi cuarto auto nuevo.  Nunca me he atrasado en un solo pago. De hecho, envío mi cheque con anticipación.

Y eso no es todo.

Tan pronto como decidí comprar un auto nuevo, mi vida subió en un torbellino de coincidencias mágicas.  De repente el dinero que necesitaba apareció. Los clientes comenzaron a llamar. Las clases se llenaban.  Grupos de personas de los que nunca había escuchado me invitaban a hablar. Y dos casas editoriales me dieron ofertas para libros el mismo día.

De alguna manera muy real, permitir al auto en mi vida envió un mensaje al universo que yo CONFIABA. En vez de preocuparme y preguntarme cómo iba a pagar las  mensualidades, me tiré de la cima de la montaña de mis preocupaciones y---o sorpresa---no me caí. Volé.
Pero tenía que tener claridad interna antes de que nada de esto sucediera. Si hubiera ido a comprar un auto nuevo cuando todavía tenía esas creencias contraproducentes sobre lo que podía pagar, mis creencias habrían saboteado mi compra. Hubiera hecho realidad que no podía pagar por el auto para apoyar mis creencias. Lo primero que tenía que suceder era aclarar las creencias.

He aquí algunas creencias contraproducentes acerca del dinero:
* “Debo trabajar mucho para ganar dinero.”
* “Necesito más dinero del que puedo generar.”
* “Me siento impotente para cambiar mis finanzas.”

Lo que debe hacer es cambiar las creencias negativas con creencias positivas, por ejemplo:

* “El dinero es una manifestación natural del universo.”
* “No tiene nada de malo ser rico.”
* “No tengo que esforzarme demasiado por el dinero.”
Mi destino son grandes riquezas.”

Ve usted, las creencias que tienen le fueron dadas cuando era un niño. Simplemente las absorbió. Ahora está siendo despertado. Usted tiene la opción. Puede decidir dejar las creencias que no quiere, y puede elegir reemplazar esas creencias con las que le sirven mejor.

¿No es este un sentimiento maravilloso---saber que ahora puede crear su vida de la manera que la desea? Aclarar las creencias puede ser un proceso fácil.

Del Taller de Autoestima de Juan Carlos Fernández. Capitulo 88 Volumén 2