Aceptar las Emociones


En muchas ocasiones, los seres humanos tenemos dificultades para gestionar situaciones en las que está presente una intensidad emocional más alta de lo habitual.
No nos manejamos muy bien con nuestro mundo emocional, e incluso tendemos a minusvalorarlo e incluso ignorarlo. Pero la verdad es que sentimos emociones, a diario, y éstas juegan un papel importante en nuestras vidas.
Algunas personas llevan esta tendencia más allá y consiguen bloquear su experiencia emocional; sienten algo, no hay duda, pero no saben muy bien qué.
Durante algún tiempo este bloqueo les ha resultado beneficioso quizás para poder soportar una situación complicada. La mayor parte de las personas que han necesitado llevar a cabo este proceso, han terminado expresando sus emociones en forma de explosión. Por ejemplo, alguien ha perdido a un ser querido y no muestra ninguna reacción emocional, pero, en el momento más inesperado, un tiempo después, y estimulado por algún detalle que le ha recordado a la persona perdida, comienza a llorar y por fin conecta con su dolor.

El problema de esta estrategia de gestión de emociones difíciles, es que se corre el riesgo de generar una pauta a partir de la cual me desconecto de una parte importante de mi realidad, de quién soy, impidiéndome reconocer sensaciones y reaccionar ante ellas de manera sana. Puede que, incluso, me sienta incómodo ante la expresión emocional de los demás y pretenda racionalizar sus reacciones, no permitiendo al otro expresar su necesidad. Esta última forma de interactuar está socialmente bien vista, puesto que muchas personas consideran la expresión de emociones un síntoma de debilidad.

Es cierto que hay personas que aprenden a bloquear sus emociones negativas, acumulando su influencia hasta que consiguen expresarlas, a través de una “explosión”. Otras, pretenden también “controlar” sus emociones positivas quitándoles importancia, impidiéndose a sí mismos conectar con esa parte tan importante de sí mismo. Esta pauta de bloqueo emocional tiene consecuencias sobre nosotros que pueden resultar muy contraproducentes. 

No reconocer nuestro estado emocional es una de ellas; no saber muy bien si estamos tristes, enfadados o nerviosos, no tener muy claro de dónde vienen estas sensaciones, que generan un estado de ánimo determinado a partir del cual encaro mi realidad. ¿Por qué he reaccionado así en la reunión de esta mañana?, ¿por qué me siento mal cuando veo a esta persona?, ¿qué me pasa? Estas son preguntas que pueden surgir a partir de esta desconexión de nuestras emociones.
Como he mencionado anteriormente, existe una tendencia muy generalizada a menospreciar las emociones y, dentro de estas, las negativas además, reciben un trato especial. Se las considera relevantes y significativas, mucho más que a las positivas, que son consideradas superfluas; pero a pesar de ello no sabemos qué hacer cuando nos invaden. 

Evidentemetne, no nos gusta sentirlas porque resultan desagradables, de modo que las rechazamos, las ignoramos, las repudiamos y bloqueamos; es decir, como resultan incómodas, preferimos bloquearlas y deshacernos de ellas en lugar de tratar de comprender qué hacen ahí, en este momento. Las emociones nos movilizan a la acción pero también nos pueden enseñar mucho acerca de nosotros mismos si comenzamos a aceptar justo lo que estamos sintiendo, por desagradable que sea.
La búsqueda de la felicidad, camino que intentamos recorrer lo mejor posible, cada uno desde su lugar, no consiste en aumentar las sensaciones y emociones positivas y reducir las negativas, al menos no únicamente; este camino es una búsqueda de nosotros mismos, de modo que, para aumentar el autonocimiento, la aceptación será el primer paso.
No podemos cambiar algo que no nos gusta, si primero no somos capaces de aceptar que nos pasa algo que no deseamos, algo que sentimos. Y para ello debemos comprender lo que nos está sucediendo. ¿Qué nos dice la emoción que nos invade? Nos dice algo de la situación y algo de nosotros mismos. Si ese “algo” no nos gusta, solamente podremos intentar cambiarlo a partir del momento en que podamos aceptar que forma parte de nosotros, que eso desagradable también somos nosotros.

Aceptar las emociones negativas supone darme cuenta y asumir que no soy perfecto, que no tengo porqué serlo y que hay una parte de mi con la que me cuesta interactuar, pero que sé que también es mía. Esta aceptación permite conectarnos con nosotros mismos de manera auténtica, originando un proceso en el que analizar la situación y gestionarla, por difícil que resulte, tendrá un resultado positivo: el crecimiento.

Una vez he aceptado que soy yo el responsable de esta emoción, y soy yo el que ha construido un sentimiento negativo, tendré que evaluar la importancia, conveniencia y significado que tiene para mí en este momento. Se trata de no apartarse de la emoción negativa, aceptarla tal y como es, porque este paso nos permitirá conectar con una parte de nosotros que, aunque no nos guste, también nos pertenece.

Solo a partir de este momento puedo decidir qué hacer con esta emoción, con este sentimiento. Aceptarlo tendrá, muchas veces, como consecuencia, la comprensión de que “es lo que hay”; dicho de otro modo, no puedo hacer nada para cambiar lo que siento ahora mismo y tengo que convivir un tiempo con esta emoción negativa. Pero en otras ocasiones me permitirá darme cuenta de la razón verdadera que origina esa reacción, poniéndome en el camino de encontrar una solución. Es en este momento, en el que me he dado cuenta de que soy yo el responsable de la intensidad de la emoción negativa, cuando puedo tomar la decisión de cambiar mi estado emocional.
De lo que se trata es de darnos permiso para convivir con nuestras emociones, para conectar con partes de nosotros mismos que tenemos escondidas, de manera que entonces podamos trabajar para integrarlas dentro de nuestra visión de quiénes somos.

👉 Si te resulto de utilidad esta información compártela con tu familia y tus amigos en tu red social favorita: Google +, Facebook, Pinterest, Twitter o la aplicación WhatsApp
Autor: Tiamat