Las ancianas no se quejan II parte


Para ser una anciana necesitas librarte de los “hubiera o hubiese”. Es preciso silenciar las quejas mentales que no tardarán en escapar por tu boca en cuanto encuentren la ocasión.
Lamentándonos no somos capaces de vivir el presente, y tampoco somos una compañía grata (ni siquiera para nosotras mismas). Las quejosas dan por sentado que merecían, y todavía merecen, una vida diferente de la que poseen, y no comprenden que a todos nos ha tocado en suerte nuestra parcela de desgracias, como le ocurre al más común de los mortales Incapaces de mostrar gratitud por lo que ya poseen las quejosas no saben disfrutar del presente.

Regla número 1 de las mujeres maduras y atrevidas: Las ancianas no se quejan


«Lo que fue, fue. Lo que es, en cambio, es.» Tal como suena. Quizá pensaste que te casarías y viviríais felices y comeríais perdices, tendrías los hijos ideales y (a partir del Movimiento para la Liberación de la Mu­jer) ejercerías también la profesión soñada. ¡Ya ves! Y, mira por dónde, pasara lo que pasara, o no pasara, en nuestra juventud, todo eso es “lo que fue”; y no pode­mos prescindir de ello. El pasado es el pasado. La me­nopausia marca el fin de los años de procreación. Este hecho, junto con otros acontecimientos también reales, es “lo que es”.

Expresar dolor, sin embargo, no es lamentarse. In­cluso lloriquear no es lamentarse. Quizá nuestro orga­nismo no se encuentre en su mejor momento, o sinta­mos diferentes dolores -aunque nosotras pongamos todo de nuestra parte, desde el punto de vista médico (y otros), para solventarlo-. A lo mejor los problemas son de índole económica. Sea cual sea nuestro caballo de batalla, podremos contárselo a las personas que ne­cesitan y quieren saber lo que nos ocurre, aunque tan sólo sea para poner al día a los amigos con los cuales compartimos la historia cambiante de nuestra vida. Ahora bien, las ancianas no aburren a los demás con toda una letanía de sus síntomas (repaso de todos los órganos o relatos sobre sus propias miserias), lo cual posee un cierto regusto a numerito o fanfarronada. Una anciana sabe que tanto ella como sus problemas no son el centro del universo, y sabe que los demás también atraviesan dificultades. Una anciana no tolera que los niños se quejen, ni siquiera los niños interiores. Sobre todo si son los propios.
Una niña quejosa es una niña manipuladora: desea algo que no se le ofrecerá de buen grado. Quizá lo que quiere no le conviene (sea lo que sea lo que la niña quejosa del supermercado quiere que le compre su ago­tada madre, por ejemplo). Cuando la criatura lo consi­gue, no obstante, la satisfacción es total. En el fondo ha sido un nuevo e insignificante acto de extorsión y con­suelo.




Las mujeres de una determinada edad que no son ancianas quizá no se lamenten ni te adulen directamen­te, o estiren de tus faldas en un sentido físico, como la niña del supermercado. Sin embargo, la extorsión y el consuelo emocionales, las satisfacciones efímeras y la infelicidad general corresponden a los mismos mode­los dominantes. Los “estirones” son de tipo emocional: necesidad, derecho, sufrimiento y justificación, en un tono y con una energía que se palpa y transmite a par­tir de la voz. Las conversaciones con una quejosa te van agotando; algunas personas se sienten atrapadas y reaccionan con falsedad, marcando distancias y sin­tiéndose culpables.
El cambio comienza mediante la introspección. Si te sientes identificada con la anterior descripción, o bien estás considerando la posibilidad de que a lo me­jor cuadra contigo, eso es algo que puedes decidir en la intimidad de tu pensamiento. Una valoración honesta no es una acusación; es un diagnóstico que funciona, un punto de partida para ayudarte a resolver la insatis­facción. ¿Te compadeces de ti misma? ¿Has caído en ese estado de resentimiento en el cual vas repitiendo «pobrecita de mí»? ¿Has perdido tu razón de ser? Si es así, ¿cuál podría ser, en tu caso, el equivalente de la fra­se: «Lloraba porque no tenía zapatos hasta que conocí a un hombre que no tenía pies»?

A medida que envejecemos, sobre todo si tenemos tendencia a manifestar nuestros sentimientos de forma abierta no nos cuesta demasiado encontrar cada vez más motivos de queja, lo cual entraña el riesgo de su­frir una transformación negativa y de terminar asu­miendo el papel de la madre-mártir arquetípica (una mujer que en la actualidad es una sola, pero que no siempre lo fue). Con un poco de olfato, humor y sabi­duría, no obstante, no nos dominará esa capacidad para la queja que se encuentra en nuestro interior en aque­llas ocasiones en las que quizá deseamos algo distinto a lo que tenemos.

Mi amiga Jananne, que me oyó decir que: «las an­cianas no se quejan», me comentó entre risas que con­siguió vencer la tentación de venir a visitarme para que­jarse del reto que le suponía la temible tarea de deshacer su equipaje y comenzar una nueva vida. En lu­gar de eso, sin embargo, interpretó una versión exage­rada de su propia queja, ante un público muy especial, ella, y luego siguió con lo que tenía que hacer. Es la misma amiga que una vez me pilló lamentándome y se inventó una canción: «Protesta, gimotea y refunfuña, protesta, gimotea y refunfuña, protesta, gimotea y gru­ñe», al ritmo de la melodía de una danza folclórica.

Una variante de las lamentaciones es la que se ex­presa mediante una ocurrencia o sarcasmo mordaces y dirigidos contra una persona (a menudo un ex) o una institución.

Al principio, da la impresión de que no tie­ne que ver con la queja directa, pero luego las similitu­des empiezan a mostrarse. De esta forma, el pasado si­gue infiltrándose en las conversaciones. Las amigas intentan cambiar de tema en cuanto pueden, porque prefieren no formar parte de un público secuestrado y obligado a escuchar la última reflexión o la más re­ciente afrenta. Al igual que la quejosa por antonomasia, esta mujer no es capaz de liberarse de lo que fue, ni de aceptar lo que es.

Algunas quejosas se despiertan en mitad de la noche al revivir incidentes pasados en los que las trataron con poca consideración. Ése podría ser un buen momento para intentar “pasar página”, aunque sólo sea para tra­tar de dormir un poco. Si éste es tu caso, hay algo que puedes hacer hasta que te quedes dormida. También será una manera de escuchar a la anciana.



Respira des­pacio y presta atención a tu respiración. Escucha las palabras que te diría la anciana (mientras al mismo tiempo te las repites a ti misma, o bien las piensas), y luego escucha lo que dice ella de sí misma.

Inspira. Eso forma parte del pasado.
Espira. Esto es el presente.
Inspira. Yo soy.
Espira. Paz.

La anciana interior se caracteriza por poseer un ojo muy observador y un oído sensible. Cuando la conoz­cas, te pillará lamentándote o compadeciéndote de ti misma; y una vez te ha pillado, ya puedes prepararte: lamentarse es un comportamiento indigno de una an­ciana.

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Fuente: Jean Shinoda Bolen – Las Brujas no se quejan