Sembremos semillas en nuestra familia




¿En cuántos momentos de nuestra existencia no hemos anhelado un pequeño gesto que, dado a tiempo, nos hubiera iluminado el día y nos hubiera permitido “recargar las baterías” y hacer más llevadera nuestra carga?

¿Cuándo fue la última vez que elogiaste a una persona? Y lo peor de todo: ¿cuándo fue la última vez que lo hiciste con alguno de los miembros de tu familia? ¿ Cuándo se fue tu esposo(a) a trabajar le diste un beso, le deseaste que le fuera muy bien le dijiste te amo.? A tu hijo (a) también le dijiste te amo?

Parece mentira, pero es en nuestro propio hogar donde acostumbramos ser mezquinos con las palabras de elogio. El padre sale bien de madrugada hacia el trabajo, retornando cansado a altas horas de la noche, obteniendo el sustento necesario para mantener a su familia y poder brindarle educación a sus hijos. ¿Alguna vez, como hijo, le ha dicho "Papá, gracias por tu esfuerzo"? La madre, si es que no trabaja fuera del hogar, debe estar lidiando todo el día con las labores domésticas, haciéndose tan “polifuncional”, que al final no sabe uno en realidad en cuántas partes tuvo que dividirse para salir adelante. Y en esa ardua tarea, tan a menudo silenciosa..., ¿quién al menos le ha expresado: "Gracias, mamá, por todo lo que haces por nosotros"? A los hijos se les reprocha en forma constante su mala conducta, pero el día que se portaron bien..., ¿se les dijo alguna palabra de reconocimiento por ello?

¡Qué poder tan grande tienen las palabras! ¡Y como pueden transformarle el día a una persona, ya sea en forma positiva o negativa!

Por eso, aprendamos a darles valor. Dejemos de lado las frases hirientes y vacías, y empecemos a brindar mayores palabras de afecto y estímulo a aquellos seres con los que convivimos día con día, ya sea en nuestro hogar, trabajo, estudio o grupo social. Pero tómese en cuenta que no se trata de elogiar por elogiar. Se trata de brindar un reconocimiento sincero a las personas por aquellas acciones, aparentemente sin relevancia, que son dignas de alabanza y que de alguna manera han tenido un gran peso para nosotros.

Es el momento oportuno para empezar. Y que mejor forma de hacerlo que con nuestra propia familia. Estoy seguro que, como el amigo indigente, desarmarás a más de uno con tus palabras...

Cuando sembramos semillas, a veces quisiéramos verlas nacer apenas caen en la tierra, pero en la naturaleza todo tiene su tiempo: para sembrar, tiempo para germinar, tiempo para crecer, tiempo para cosechar.

Hay semillas que nacen en forma rápida, pero la planta resultante es frágil y de vida poco duradera, mientras hay otras que son mucho más lentas al nacer (pueden tardar muchos años) pero después viven por mucho más tiempo, incluso siglos, y llegan a ser frondosos árboles que dan sombra a quien se les arrima y pueden resistir los embates del tiempo y de las tormentas.

El esfuerzo de cada instante en tu trabajo, en las labores del hogar o en la educación de vuestros hijos, es como sembrar semillas. Aunque la colaboración no haya sido agradecida, no se tenga oportunidad de aplicar algo que se estudió, o cada consejo que se da parezca como predicar en el desierto, tu constancia en el esfuerzo de hoy y mañana puede lograr lo que buscas. Ninguna semilla cae en vano; algunas nacerán tal vez a los muchos años, pero nacerán, por supuesto, sólo si han sido sembradas a su debido tiempo. Es imposible hacer nacer una semilla que nunca fue sembrada.


Esto es válido para pastores, educadores y padres de familia que a veces sienten como inútil todo esfuerzo que hacen al educar los hijos o como sin eficacia todos los buenos consejos que dan, porque aparentemente los alumnos o los hijos no escuchan.

Para tener un árbol hay que sembrar varias semillas, y esperar con fe y paciencia que alguna germine.

Tratemos de sembrar todos los días amor, comprensión, alegría en nuestra Familia, la familia es lo más importante cuidémosla. 

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