Existe un ego evidente, fácil de reconocer. Pero hay otro mucho más sutil: el ego espiritual. Este no se muestra con arrogancia abierta.
Se oculta detrás del servicio, de la ayuda, de la espiritualidad. Y por eso resulta más difícil de detectar.

El ego espiritual aparece cuando el “yo” sigue buscando reconocimiento incluso al servir, cuando duele no ser visto, o cuando el amor se condiciona a la respuesta que recibe. No actúa desde la imposición, sino desde una necesidad silenciosa de validación.
Creer que el ego ya no existe es, muchas veces, su disfraz más peligroso. Mientras haya un “yo” que se coloca primero, el ego sigue presente, hablando con nuestra propia voz.
Reconocerlo no es un retroceso espiritual. Es un acto de honestidad interior.
La verdadera práctica no consiste en eliminar el ego, sino en observarlo, integrarlo con conciencia y evitar que gobierne nuestras acciones. Esto requiere vigilancia amable, paciencia y una revisión constante de las intenciones que nos mueven.
Cuando el servicio nace del amor y no de la necesidad de ser visto, el camino espiritual se vuelve más simple, más humilde y más auténtico. Crecer espiritualmente no es no tener ego. Es reducir, cada día, la distancia entre la voluntad personal y la voluntad del espíritu.

El ego espiritual: cuando el “yo” se disfraza de luz
Existe un ego que resulta evidente. Es el ego que se manifiesta de forma directa, visible, casi burda.
Suele aparecer en actitudes simples, cotidianas, y aunque quien lo expresa muchas veces no lo advierte, para los demás resulta claro. Pero existe otro ego mucho más sutil. Un ego silencioso, astuto, difícil de reconocer. Es el ego que se oculta detrás del servicio, de la solidaridad o de la actividad espiritual. No es temible para los demás. Es temible para quien lo habita sin verlo, porque compromete su proceso de despertar y crecimiento interior.
Cuando el ego se disfraza de servicio**
Cuando creemos que estamos sirviendo, pero permanecemos atentos al reconocimiento… cuando nos ofendemos si nuestros méritos no son destacados… cuando el amor deja de ser la fuente y se convierte en expectativa… ahí, el ego vuelve a tomar la palabra.
Y también es necesario observar con honestidad cuando alguien afirma:
“Yo ya estoy libre del ego”.
Porque si el “yo” se coloca primero, el ego ya ha entrado por la puerta de atrás y habla con nuestra propia voz.
El espejismo espiritual
Es posible observar en el camino espiritual a personas que dicen actuar sin ego y, sin embargo, buscan ser vistas, reconocidas o admiradas.
Se fotografían, se exhiben, se destacan, intentan sostener un mensaje “revelador” cuando sienten que la atención comienza a retirarse.
Ese hermano —honesto en su proceso— aún vive bajo el dominio del ego sutil. No se trata de juzgarlo. Se trata de amarlo, de permitir que atraviese su aprendizaje, pero sin alimentar aquello que refuerza su ilusión.
El verdadero acompañamiento no estimula al ego, sino que confía en que el Ser superior sabrá rescatarlo de su propio engaño y conducirlo, con el tiempo, hacia una práctica más humilde, movida por amor al servicio, a los seres y a su propia esencia.
Mientras haya “yo”, hay ego
Todos tenemos ego. Todos. Incluso quienes se proclaman maestros. Mientras estemos en la experiencia humana, el aspecto egoico necesita ser observado y trabajado a diario para que no tome poder.
Ese es el punto que muchas veces se malinterpreta: no se trata de “no tener ego”, sino de no permitir que gobierne.
Podemos integrarlo, espiritualizarlo, llenarlo de conciencia y amor.
Podemos observarlo con paciencia y mantenerlo a raya mediante una vigilancia amorosa y constante. Porque el ego siempre encontrará nuevas formas de disfrazarse.
La verdadera práctica espiritual
Sin conflicto, sin culpa y sin autoengaño, es sano revisar cada día las intenciones que nos mueven. Preguntarnos desde dónde hacemos lo que hacemos. Desde el amor o desde la necesidad de ser vistos. Desde la unidad o desde la separación. Cuando las intenciones se alinean con el amor, la entrega desinteresada y la conciencia de unidad, el camino se vuelve más claro.
Solo desde esa vigilancia podemos decir que estamos creciendo: no eliminando el ego, sino acortando la distancia entre la voluntad personal y la voluntad del espíritu.
Ese es el sentido profundo de la frase:
“Padre, hágase tu voluntad y no la mía”
No como renuncia, sino como rendición consciente de la personalidad humana a la luz del espíritu.
Texto inspirado en reflexiones de Tahíta.
🕊️ Si sentiste que este mensaje era justo para ti, guárdalo como un recordatorio del amor del universo.
🌙 Compartirlo puede ser la señal que otra alma también necesita leer hoy.
📌 Guárdalo en tu tablero de calma interior.
Gracias por permitir que la intuición te guíe. 🙏
Síguenos en nuestro canal de WhatsApp