El poder de su identidad: El hombre es lo que cree




"El Hombre es lo que cree" - -Anton Chejov


¿Quién es usted? ¿Realmente sabe quién es usted? Esta pregunta es de trascendente dimensión y en este capítulo veremos por qué. Mire, es muy posible que en varias ocasiones en su vida se haya hecho esta pregunta, y también es muy posible que la haya dejado de lado por la dificultad para responderla. Un ejemplo de la dificultad para responder a esta pregunta se puede encontrar en la siguiente conversación: 

. "¿Quién eres?" -preguntó. 
. "Soy Juan Carlos". 
. "No te pregunté tu nombre, sino ¿quién eres?". 
. "Soy licenciado y consultor". 
. "No te pregunté tu profesión, ¿quién eres?" -insistía. . "Pues,... ...soy casado". 
. No te pregunté tu estado civil, ¿quién eres?".

Al ya no saber qué responder y ante la sospecha de quién era quien me preguntaba, respondí: "Soy católico y voy a misa todos los domingos".
. ''No te pregunté cómo calmas tu conciencia, ¿quién eres?". 


Y así sucesivamente siguió cuestionándome una y otra vez sin que yo supiera responder atinadamente. Al parecer, la respuesta no era tan sencilla, pero lo que más me llamó la atención es que lo difícil era detenerme a pensar, sí, detenerme a pensar en mi propia identidad. Creo que lo que me pasó, al igual que puede pasarle a usted, es que no me daba tiempo para pensar en mí mismo, pensar lo que yo era en verdad; y precisamente ahí es cuando uno empieza a caminar por senderos de la vida sin saber absolutamente nada de uno mismo. 

En el capítulo anterior empezamos a descubrir lo que es el ser humano, y muy posiblemente usted ya me quiera responder: Pues yo tengo la respuesta: soy un ser espiritual con un componente físico, ¿alguna otra duda?". Pues bien, con gran razón lograría responder eso a la pregunta ¿qué es el ser humano?, pero en esta ocasión nos hemos hecho "otra" pregunta, ¿Quién es usted? Existe una sutil diferencia entre ambas preguntas porque aunque usted me dijera que es un ser humano y, por tanto, pareciera que se trata de la misma pregunta, permítame confesarle que no es tan simple. Estoy de acuerdo con usted en que somos seres humanos y por ello somos fundamentalmente espirituales con un componente material; sin embargo, a nivel operante, a un nivel más tangible, necesitamos responder a una identidad "personal", no tan sólo a una identidad genérica. Es ¡tan importante! la fuerza de nuestra propia identidad, que en base a ella es como nos comportamos!.Permítame ilustrar el concepto con una pequeña fábula. 

Se encontraba un escorpión merodeando por el bosque, cercano a un río. El escorpión tenía la necesidad de cruzar el río pero, como usted sabe, los escorpiones no pueden entrar al agua porque mueren. Entonces, mientras el escorpión iba acercándose al río observó a lo lejos a una rana. Se acercó a ella y la saludó:


"Buenas tardes, Sra. Rana". La rana se sorprendió al vedo y empezó a temblar de miedo. "Buenas tardes, escorpión. Por favor, aléjate de mí". "¿Qué le pasa, Sra. Rana? ¿Por qué me teme? Sé que mi fama no es muy buena, pero yo sólo vengo a pedirle un favor". La rana, temerosa, le preguntó: - "¿Qué deseas, en qué te podría servir yo?".


''Necesito cruzar el río. Del otro lado se encuentra mi familia, mi esposa y mis cinco adorados hijos, tengo que verlos, creo que me necesitan. Pero, si me lanzo al río, moriría irremediablemente, y es por ello que le pido que me ayude a cruzar, yo me subo en su dorso y una vez del otro lado no la volveré a molestar. ¿Me ayuda?". 

La rana, ante esa historia, dudó. Reflexionó que el escorpión no le podría hacer daño ya que si ella moría a la mitad del río, él mismo se estaría suicidando. Aún temerosa, respondió: -"Vamos, lo llevo". Y así fue, el escorpión subió al dorso y juntos se adentraron en el río. Pero para sorpresa de la rana, a la mitad del río, el escorpión ¡clavó su aguijón en ella inyectándole su veneno!. La rana empezaba a morir y, sin embargo, alcanzó a decir unas palabras: 

"Pero, escorpión, ¿por qué lo haces?, me estoy muriendo y ahora tú también te vas a morir, ni siquiera podrás ver a tu familia. ¿Por qué lo hiciste?, ¡por qué!". 

El pequeño vivíparo, con una gran tranquilidad y con una voz grave, respondió: -"Porque soy un escorpión y eso es lo que hacemos los escorpiones”. 

¡Ahí está!, eso es el poder de la identidad. Este pequeño animalito, aun teniendo la necesidad de llegar con su familia, prefirió suicidarse para actuar de acuerdo con su propia identidad. Su comportamiento fue una lógica y natural consecuencia de su identidad. 
De la misma manera operamos usted y yo. Supongamos que alguien le propusiera liquidar a cierta persona. Ya sabe, está de moda por todo el mundo que cuando alguien estorba se le puede matar. ¿Lo haría?, ¿sería capaz? 

Supongo que su respuesta sería un rotundo "no" (por lo menos lo infiero por el simple hecho de que haya decidido participar en éste grupo). Déjeme comentarle que yo tampoco lo haría. El hecho de que ni usted ni yo pudiéramos matar a alguien, se debe a que ninguno de los dos nos identificamos con un asesino. ¿Se da cuenta? Es enorme la fuerza que opera en usted cuando se identifica con alguien. Esa fuerza es la que lo lleva a actuar en consecuencia. Créame que si le hubiéramos hecho esa pregunta a un verdadero asesino, muy seguramente nos respondería: "Claro, ¿de qué se trata?". 


El ser humano siempre actúa en consecuencia a la identidad que percibe de sí mismo. Así, cuando usted elige, "la forma" en que lo hace siempre obedecerá a la identidad con la que se conoce usted mismo. 


Por ejemplo, imagínese la escena. Se trata de una señora ama de casa que sabe que necesita limpiar la sala. Esta señora realmente sabe que es necesario; más tarde llegarán las visitas que son compañeros de trabajo de su esposo. Es importante dejar una imagen agradable del lugar: que esté limpio y ordenado, etc. Sin embargo, no limpia. ¿Por qué?, pues muy posiblemente en el fuero interno de esa señora pasarían reflexiones como las siguientes: - "Limpiar ¿yo?, pero si soy la señora de la casa. 

Limpiar es una actividad propia de otras personas; mejor espero a que llegue la persona adecuada y le ordenaré que lo haga". Una vez más quedó claro el poder de la identidad. La señora identifica a su persona como alguien incapaz de limpiar, pero es incapaz por la simple identidad, no porque la limite algún impedimento físico o algo por el estilo. También identifica a "otra persona" como aquella que sí es capaz de limpiar. Ejemplos como éste hay muchos; el jefe que no puede responder a una llamada telefónica porque antes debe hacerlo su secretaria, de lo contrario "no sería" jefe; el joven que no desea trabajar porque "es" estudiante y, por tanto, no debe descuidar su escuela; el marido que no halaga ni reconoce los esfuerzos de su esposa porque, si lo hiciera, "dejaría de ser" el macho de la casa, el "hombre". 

Ahora bien, si hasta el momento ha quedado claro que nuestra conducta y comportamiento es una lógica y natural consecuencia de nuestra identidad, imagínese cuál es el proceder de alguien que se identifica a sí mismo como "deprimido", "ansioso", "nervioso", etc.; pues lo único que nos podría compartir sería su tristeza, su ansiedad y su nerviosismo. Por otra parte, qué agradable sería convivir con alguien que se identifica con una persona alegre, optimista, confiable, etc. ¿No cree?

Continuará...


Del Taller de Autoestima Volumén 1 de Juan Carlos Fernández