La inteligencia sin humildad es arrogancia

La inteligencia sin humildad es arrogancia

Sin humildad, no hay amor. Sin amor, prevalece la ignorancia.

Cualquier intento de conceptualizar la palabra inteligencia es controvertido. Por una parte, la inteligencia no debe disociarse de su práctica: es algo en constante movimiento, sujeto a una reinterpretación constante. Sobrevalorada por unos, infravalorada por otros, lo cierto es que la inteligencia, en sí misma, carece de valor.

Durante mucho tiempo se consideró inteligentes a las personas que acumulaban conocimientos enciclopédicos, que sacaban buenas notas en los exámenes, que memorizaban con facilidad fechas, datos y nombres de figuras célebres del mundo académico. En este sentido, la inteligencia estaba directamente vinculada al contenido del currículo escolar.

Sin embargo, el mundo ha experimentado grandes cambios, las sociedades han reorganizado sus estilos de vida y sus relaciones con los demás, y han surgido nuevas concepciones para comprender lo que ocurre fuera y dentro de cada persona.

Han surgido nuevos planteamientos que requieren nuevas soluciones. Más que tener información, hay que saber utilizarla en la vida física.Más que memorizar conocimientos, es necesario relacionarlos.

La inteligencia sin humildad es arrogancia

El mundo de hoy exige sobre todo empatía, una mirada más amorosa, una comprensión del alma de los demás que vaya mucho más allá de teorías y ecuaciones.

El conocimiento tiene que humanizarnos y hacer que las personas sean menos egocéntricas, para que lo colectivo prevalezca sobre lo individual, para que el odio sea neutralizado por la inteligencia amorosa y empática que comprende y acoge.

La humildad, en este sentido, es una emergencia, para que nadie se sienta más grande o mejor que el otro, para que nadie destruya, borre o disminuya, para que se valore la diversidad.

La inteligencia, cuando no va acompañada de humildad, acaba perdiéndose en la arrogancia, impidiendo el diálogo, el intercambio, el cambio de ideas y paradigmas arraigados en valores desconectados de lo que la vida humana requiere hoy.

Sin humildad, no hay amor. Sin amor, prevalece la ignorancia. El mundo no se merece esto. De hecho, nadie lo merece.



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Por Juan Carlos R.