De la Inseguridad Laboral y Otros Demonios


"Hay cuatro cosas que ponen al hombre en acción: interés, amor, miedo y fe.."
Napoleón I

Se acabaron en los empleos seguros, los salarios vitalicios, la certeza de un futuro brillante en la empresa y la expectativa de un retiro tranquilo.

Hace pocos años, muy pocos, creíamos tenerlo todo: buen puesto, salario seguro, prestaciones interesantes, ascenso a la vuelta de la esquina y vejez protegida. Todo parecía fluir conforme a un proceso natural y lógico. Estudiar una carrera universitaria, trabajar de nueve de la mañana a seis de la tarde, subir por la escalera profesional, convertirse en socio y, después, vivir en grande.

No obstante, y aquí no hay vuelta de hoja, las crisis económicas, la creciente competencia laboral y la necesidad de mantenerse a la vanguardia como única vía para sobrevivir en el negocio son factores que contribuyeron a la transformación del entorno de trabajo. La metamorfosis, con serias consecuencias en el mundo corporativo, parece no tener fin.

Si antes se buscaba solidez, esquemas firmes y estructuras bien definidas, hoy la regla que impera consiste, precisamente, en la habilidad para enfrentarse al cambio y adaptarse a él. Más aún, la fórmula de la supervivencia está en la capacidad para provocarlo y aprovechar al máximo las oportunidades que se presenten.

Para muchos no hay duda, el nuevo escenario laboral impone ciertas exigencias que en el pasado no existían: renovación constante, creatividad, apertura a realidades y culturas distintas, conocimiento de otras lenguas, manejo de tecnologías, actualización ininterrumpida, desarrollo de recursos profesionales y personales, entre muchas otras.

Las normas que anteriormente regían nuestro comportamiento son ya inaplicables: la educación universitaria no basta para asegurarse un empleo, la excelencia académica no genera una lluvia de ofertas de trabajo, el éxito de la empresa no garantiza el de sus empleados, un desempeño laboral sobresaliente no consolida el ascenso ni las agotadoras jornadas de trabajo implican el paraíso corporativo.

¿El resultado? Sentimientos de ansiedad, desconfianza, inseguridad, angustia y hasta ira. De hecho, frente a la falta de motivación y expectativas, muchos empleados caen presas de la apatía. Otros se paralizan, afectados por la inseguridad y el miedo. Unos cuantos, sin embargo, vislumbran la   oportunidad que les ofrece este nuevo entorno, a la que califican, sin exagerar, como la mejor de su vida.

Primero lo primero

Los fenómenos que se encargaron de modificar la situación de los trabajadores son muchos y muy diversos. Quizás en primer lugar se encuentren las crisis económicas y los consecuentes recortes de personal, reestructuraciones, fusiones y escisiones de empresas que buscan subsistir a toda costa. Figura también la explosión tecnológica. En la actual era de la información, el trabajo humano carece de la preponderancia económica que antes gozaba.

Computadoras, Internet, correo electrónico y de voz, entre otras herramientas, sustituyen la labor antes realizada por personas de carne y hueso. Por otra parte, en el afán de mantenerse en la cima y ser más competitivas, las organizaciones buscan la máxima eficiencia posible: eliminan todos los gastos "superfluos", desaparecen puestos, despiden al personal "innecesario" para la consecución de sus fines, ofrecen pocas oportunidades 

"El empleo seguro no existe, ni siquiera tratándose de puestos altos", afirma Humberto Specia, gerente de análisis bursátil y sistemas en Casa de Bolsa Inverlat. "Así se trabajen 24 horas al día y la gente se esfuerce al máximo, es imposible garantizar su empleo. Desde mi punto de vista, existen dos graves peligros que amenazan al trabajador actual: la tecnología, que reemplaza sus tareas, e incluso las realiza de manera más eficiente, y la globalización. Además, cuando alguna firma extranjera compra la empresa donde se labora, lo más común es que se despida al personal ‘adquirido’ para colocar al propio. Lo mismo sucede en una fusión."

Y es que Specia vivió dicha experiencia, hace algunos años, cuando trabajaba en Inver México: "Tenía un buen puesto y ganaba bien, hasta que otra institución compró el banco. Entonces vino la liquidación. En este caso, de las 28 personas que originalmente conformábamos el área, sólo dos conservaron su empleo. Yo no estaba entre ellas."

La respuesta humana

Sin duda, la pérdida del trabajo (o la falta de éste) genera reacciones emocionales y psicológicas importantes. Disminuye la autoestima, se pierde la confianza y crece la inseguridad en todos los sentidos. Por supuesto, el impacto es mucho mayor cuando la búsqueda de un nuevo empleo empieza a prolongarse.

"Estuve tres meses sin trabajo fijo, un lapso bastante breve si me comparo con otras personas. Durante un tiempo me dediqué a la asesoría en sistemas para varias empresas, pero empecé a angustiarme", comenta Specia, un hombre de 34 años. "Estoy casado y ya no soy tan joven. Me preocupaba no encontrar algo que me gustara y, además, que me permitiera vivir bien."

Según Barbara Moses, psicóloga, conferencista y autora de los bestsellers, Career Intelligence y The Good News About Careers (Stoddart Publishing, 1997 y 1999 respectivamente), no sólo las personas desempleadas experimentan estos sentimientos. Aquellos que tienen trabajo también enfrentan una serie de   situaciones tensionantes, específicamente derivadas de la transformación del escenario laboral. Entre ellas: pérdida del sentido de protección por parte de la empresa, hostilidad imperante en el lugar de trabajo, competencia desmedida, bajas expectativas con respecto al futuro y "la necesidad de esforzarse 200%" para mantener un determinado nivel de vida. Moses afirma que este cambio radical dio por resultado un escenario donde todo es temporal.

"Las personas sienten que en cualquier momento pueden perder lo que tienen. Muchos ejecutivos de edad mayor se ven forzados a un retiro prematuro cuando todavía tienen obligaciones económicas; algunos directivos de nivel medio temen renunciar al empleo que detestan por miedo a no encontrar otro y los más jóvenes deben aceptar trabajos esporádicos", observa.

De cara al nuevo contexto, el primer impulso consiste en prolongar las jornadas laborales y trabajar cada vez más duro. En este orden resulta primordial optimizar el tiempo, posponer el descanso, mantener la sangre fría e incluso aceptar la falta de reconocimiento. Pero dicha actitud genera a la larga consecuencias negativas: fatiga, estrés, depresión, alejamiento de la familia, enajenación y hasta enfermedades psicosomáticas.

"Para sobrevivir a las circunstancias actuales, el individuo debe adoptar una actitud distinta con respecto a su empleo", afirma la especialista. "Tiene que definir su trabajo en razón de lo que hace, no de la persona para quien trabaja. Hoy en día, la seguridad laboral no proviene del patrón, sino del empleado mismo."

Vale mencionar una vez más el caso de Specia, quien recibió una propuesta para trabajar en Transportes Ferroviarios Mexicanos: "La acepté de inmediato porque ofrecían un buen sueldo y el puesto era interesante. Nunca me imaginé que tendría que trabajar hasta las cuatro de la mañana y algunos fines de semana. Con esos horarios era imposible dedicarme a mi esposa, y mi hijo estaba a punto de nacer. Así que busqué otro empleo. No hay duda, se tiene que estar preparado para cualquier situación. Nunca se sabe qué pueda suceder."

Para Moses cualquier cambio genera, habitualmente, cierta resistencia inicial. No es fácil adaptarse a circunstancias desconocidas, mucho menos cuando resultan tan incómodas. Pero, en última instancia, la transformación también trae consigo grandes alternativas de crecimiento. En términos laborales, tal situación abre la puerta a infinidad de posibilidades de desarrollo profesional que merecen aprovecharse.

Nada como la libertad

"Hace no mucho tiempo bastaban el trabajo duro, el esfuerzo, la lealtad y la perseverancia para garantizarse un futuro seguro en la empresa", escribe Richard Pascale, catedrático en la Escuela de Negocios de Stanford durante 20 años y actual profesor honorario de la Universidad de Oxford.

Esta fórmula, dice, quedó en el pasado y hoy son muchos los que cuestionan la conveniencia de invertir todo su capital humano en empresas que no les pertenecen y, más aún, que podrían dejarlos a la deriva en cualquier momento. Así, cada vez más hombres y mujeres deciden recorrer el camino de la independencia.

A pesar de los riesgos prefieren iniciar un negocio, lanzarse al mundo del free lance o diversificar sus recursos mediante la realización de varios trabajos para distintas compañías. Convencidos de los peligros que implica la entrega absoluta a un solo patrón, anteponen su   necesidad de autonomía al miedo que ésta implica.

Después de trabajar durante dos años y medio en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, Alejandro Hurtado, de 29 años, decidió emprender un negocio propio. "Recién había terminado mi maestría en administración en la Universidad de Nueva York. Mi intención era radicar en esa ciudad y buscar trabajo en algún banco, cuando de pronto se me presentó la oportunidad de iniciar una empresa", recuerda.

"No tenía mayores responsabilidades y decidí probar suerte. Me atraía formar parte de una compañía ligada a Internet." Hurtado se asoció con Manuel Farfán, también de 29 años, para fundar Escolástica, un portal que ofrece servicios educativos a escuelas preuniversitarias. "Jamás he sido empleado –señala Farfán–: primero puse una lavandería, luego un restaurante, más tarde una imprenta, que todavía conservo, y ahora el portal. Definitivamente no podría trabajar en una empresa; la independencia es fundamental para mí."

Libertad, autonomía, reto y emoción. En palabras de los entrevistados son las mayores ventajas de su labor actual. "Eres libre para buscar nuevos caminos, descubrir otros mundos, fijar metas que realmente te interesen, administrar tu tiempo", asegura Farfán. Frente a él, Hurtado asiente con la cabeza y opina: "En cuanto se trabaja por cuenta propia se adquiere otra visión de las cosas. En el papel de empleado, uno debe acatar un esquema determinado." 

Sin embargo, los beneficios de la independencia traen consigo un costo y no cualquier persona está dispuesta a asumirlo. El simple hecho de encontrarse solo, sin un plan de actividades predeterminado, un cheque mensual y un seguro de enfermedades puede ser suficiente para atemorizar al más plantado. "La idea de formar Escolástica me pareció muy atractiva, pero al mismo tiempo me daba pavor –confiesa Hurtado–. Estoy casado y tengo responsabilidades. No sólo se trata de mí, sino de mi esposa y nuestro patrimonio familiar. ¿Por qué lo hice? Quizá por el reto, la emoción de trabajar por algo mío y sacarlo adelante con mis propios medios."

En otras palabras, aquellos que deciden trabajar por su cuenta deben aprender a confiar en sus talentos, desarrollarlos al máximo y adquirir constantemente nuevas habilidades, hacer a un lado la incertidumbre y asumir el riesgo. Nada fácil, sin duda, aunque muchos afirman que la recompensa lo vale: disponer libremente del tiempo, ejercer un mayor control sobre la propia existencia, dedicarse a lo que se quiere, responsabilizarse y actuar para alcanzar metas más trascendentes son, entre otras, las ganancias que la mayoría dice obtener a cambio del esfuerzo.

Las mujeres: caso aparte
Muchas buscan asegurar el bienestar de los hijos, mantener viva la relación de pareja, alcanzar una cierta tranquilidad interna, ganar dinero, desarrollar una carrera interesante y, de ser posible, conservar la salud. Pero, a pesar de los avances en materia de igualdad, lo cierto es que las mujeres deben todavía enfrentarse a la difícil prueba del equilibrio múltiple.

Por si fuera poco, la incertidumbre en el trabajo crece día con día, desaparece la seguridad respecto al futuro y aquel viejo sueño de armonía se esfuma entre expedientes, horas extra y salarios irrisorios. A primera vista, el panorama luce más negro que nunca. Pero no nos dejemos engañar: las oportunidades están ahí, a la espera de ser descubiertas.
"En México existen pocas facilidades para las mujeres que trabajan. No hay infraestructura, no contamos con guarderías y los horarios son criminales", expresa Ana Luisa Fajer, de 38 años, casada y madre de dos hijos. "Bajo este esquema es prácticamente imposible desarrollar al máximo una carrera profesional y, al mismo tiempo, cumplir con los roles de madre y esposa."

Y vaya que lo sabe: la entrevistada habla cinco idiomas, tiene una maestría y trabajó durante 10 años en la Secretaría de Relaciones Exteriores, donde llegó a encabezar la Dirección General para África y Medio Oriente. En esa época se convirtió en miembro del Servicio Exterior mexicano. "Fue un periodo agotador –recuerda–: trabajaba todo el día, estudiaba para los exámenes del servicio, era ama de casa, mamá y esposa, todo al mismo tiempo."

Al nacer su segundo hijo, Fajer recibió una orden de traslado a París como miembro del Servicio Exterior: "Era mi sueño dorado, la culminación de todos mis esfuerzos. Aunque preferí quedarme –confiesa–. Fue una decisión muy difícil, pero finalmente acertada. Mi familia estaba de por medio y no podía cobrarle una factura que no le pertenecía."
Ana Luisa sintió que había llegado el momento de buscar otras alternativas. "Quería intentar algo diferente, realizar una actividad más compatible con mis prioridades, trabajar sobre proyectos distintos. En pocas palabras, necesitaba nuevos retos y mayor libertad." Así, se asoció con cuatro personas y juntos establecieron Pórtico Información y Análisis, una empresa de asesoría en materia económica, política y de relaciones internacionales.

De nuevo, la decisión no fue sencilla. Dejar un puesto importante, hacer a un lado la posibilidad de un buen empleo en el extranjero, abandonar la seguridad de un salario y los beneficios de ciertas prestaciones requiere, ante todo, de convicción. "Comprendí que era indispensable cambiar de entorno, renovarme. En mi situación anterior resultaba imposible compaginar todas mis actividades como mujer. Repito: las mujeres tenemos jornadas dobles o hasta triples de trabajo, no estamos en igualdad de condiciones con respecto a los hombres y, por ende, las condiciones en el trabajo tampoco deben ser las mismas."

Las estructuras laborales tradicionales implican una rigidez difícilmente compatible con las necesidades de muchas personas. Cada vez son más quienes se cuestionan sobre sus verdaderos intereses, prioridades y deseos más profundos. Día a día crece el número de personas que opina: "Un empleo convencional no basta para satisfacer mis expectativas."
Irónicamente, a pesar de su aparente crudeza, el nuevo escenario de trabajo ofrece justamente las alternativas adecuadas: la inseguridad, el desánimo y la incomodidad que prevalecen en el ambiente laboral resultan suficientes para empujar a muchos a probar suerte y comprometerse ciegamente con sus propias metas. Al mismo tiempo, los obliga a capacitarse de manera continua, adquirir nuevas habilidades y desarrollar su potencial personal, elementos fundamentales para salir airoso, sea de forma independiente o en un empleo distinto.

"No cuento con una seguridad económica plena. Corro el riesgo de quedarme sin trabajo de un día a otro o de que algún cliente no me pague puntualmente. No recibo prestaciones ni sueldo; si quiero un seguro contra enfermedades debo pagarlo yo", comenta Fajer. "Pero todo se compensa: mi proyección profesional es mayor, las labores que realizo son más variadas y enriquecedoras, puedo constatar que mi trabajo genera frutos tangibles. Creo que la clave está en mantener la flexibilidad y prepararse para lo que pudiera suceder."
En este punto coinciden Hurtado y Farfán: "Lo más importante es conservar la apertura y no casarse con nada; hoy se puede tener empleo, mañana no se sabe." 

Y usted, ¿todavía cree que es el principal activo de su empresa?

Enfrente al nuevo contexto

En su obra, Career Intelligence. Mastering the New Work and Personal Realities, Bárbara Moses ofrece 12 estrategias para alcanzar el éxito (y la tranquilidad) en el escenario laboral de hoy: 

  1. Aprender a vender las habilidades y talentos propios. 
  2. Pensar globalmente: la versatilidad cultural y lingüística es esencial. 
  3. Comunicarse con eficacia. 
  4. Actualizarse constantemente. 
  5. Identificar las necesidades y vaivenes del mercado de trabajo. 
  6. Prepararse para diversas tareas y no concentrarse en una sola actividad. 
  7. Analizar las tendencias económicas, demográficas y culturales a futuro. 
  8. Construir una independencia financiera: ahorrar y diversificar fuentes de ingreso. 
  9. Replantear el significado de progreso: los ascensos a niveles superiores son cada vez menos frecuentes. 
  10. Especializarse, sin olvidar lo general. 
  11. Administrar el tiempo con verdadera eficiencia: establecer prioridades y fijar límites. 
  12. Aceptar que la perfección no existe.


La muerte lenta

¿Cómo reconocerla? Richard Leider, asesor ejecutivo, conferencista y autor de The Power of Pupose: Creating Meaning in Your Life & Work (Berrett-Koehler, 1997) asegura que así como un empleo puede ser sumamente enriquecedor, también es capaz de acabar con cualquiera. Cuando esto sucede, la independencia podría ser la opción más recomendable, pero ¿quién está preparado para ella? Leider presenta 12 puntos esenciales (algunos de los cuales son muy similares) que deben tomarse en cuenta antes de tomar la decisión de abandonar el cobijo corporativo: 

  1. Tener un propósito definido. 
  2. Estar dispuesto a elaborar un plan de acción propio. 
  3. Conocer los pasos a seguir. 
  4. Gozar de talentos suficientes. 
  5. Tener el dinero necesario para empezar. 
  6. Recibir el apoyo de otras personas. 
  7. Confiar en la ayuda de individuos más sabios y experimentados. 
  8. Mantener la motivación indispensable con el fin de iniciar una nueva empresa. 
  9. Conservar el ánimo para divertirse en el camino. 
  10. Sentirse con la energía suficiente. 
  11. No olvidar las lecciones del pasado. 
  12. Contar con el apoyo y cariño de personas clave.

 Estrés laboral, ¿cómo aliviarlo?

Susan L. Abrams, autora de The New Success Rules for Women (Prima Publishing, 2000) propone las siguientes estrategias para liberarse del estrés laboral: 

  1. Establecer prioridades y manejar el tiempo conforme a éstas. 
  2. Aprender a decir "no". 
  3. Realizar varias actividades simultáneamente cuando sea posible. 
  4. Deshacerse de la culpa derivada de alguna decisión equivocada. 
  5. Delegar funciones y aceptar que el éxito personal depende del apoyo de otros. 
  6. Darse el tiempo para recuperar la energía. 
  7. Analizar objetivamente la situación personal. 
  8. Recordar que siempre existen varias opciones y que nada es para siempre.


 Ver capítulos anteriores del Taller de Autoestima
Del Taller de Autoestima de Juan Carlos Fernández. Capítulo 158 Volumén 2: De la Inseguridad Laboral y Otros Demonios