¿Soy yo capaz de superar el dolor, soy yo capaz de amar?


¿Y de dónde vienen esos condicionamientos mentales que reprimen los sentimientos?
Una parte procede del egoísmo propio y la otra de la educación recibida desde la infancia, que en vuestro planeta es fuertemente represiva con los sentimientos. Durante mucho tiempo, vuestra forma de educar ha puesto el énfasis en el desarrollo de la mente, y se ha utilizado a la propia mente para que reprima el desarrollo de los sentimientos. Los niños vienen a este mundo abiertos de par en par para manifestarse tal y como son, con un gran potencial para sentir y expresar sus sentimientos. Pero ya desde pequeños son condicionados para que experimenten apego en vez de amor, para que repriman los sentimientos, la alegría, la espontaneidad y para que se sientan culpables cada vez que experimenten algo de felicidad. ¿Qué es lo que se les ha enseñado a los niños durante generaciones? Que el buen hijo es aquel que es obediente, un esclavo de la voluntad de los padres, los profesores, los adultos, y de las normas y conveniencias sociales.

¿Cuántas veces cuando el niño pregunta por qué ha de hacer algo que no comprende se le ha respondido: “porque yo lo digo, que soy tu padre y punto”? Y si los padres están amargados, entonces el hijo ha de cargar con esa amargura. Muchas órdenes, mucha rigidez y poca libertad. Está mal todo aquello que se hace sin haber preguntado a los padres, o a los adultos. Está mal si se ríen, está mal si lloran, está mal si hablan, o si se callan cuando los padres no lo han autorizado. “Sólo has de relacionarte con quien yo diga, querer a quien yo diga, hacer lo que yo diga. Es por tu bien” te dicen. En las sociedades fuertemente religiosas, todo es pecado. Es pecado manifestar cualquier expresión de alegría, de afecto, como un abrazo o un beso. En todo ello siempre se ve algo pecaminoso, obsceno, oscuro, diabólico y uno se ha de sentir culpable de ser feliz. Se convierte a la víctima en verdugo, al inocente en culpable. Por lo tanto, el niño llega a la conclusión de que la única forma de no sufrir es reprimir los sentimientos. Aprende a dar una imagen al mundo, la imagen de lo que los demás quieren de él, pero que en realidad no tiene mucho que ver con su propio yo. Y ocurre que el condicionamiento es tan fuerte, el fingimiento es tan continuo, que cuando llega la etapa adulta uno se cree que es lo que ha fingido ser.

La mayoría de niños, cuando se hacen adultos llegan a la conclusión inconsciente de que no pueden ser queridos tal y conforme son, sino que siempre han de hacer algún mérito para recibir un poco de amor. Es decir, que se les enseña a creer en el apego, en el falso amor, posesivo, condicional, forzado, interesado, y se les hace renunciar al amor incondicional, libre, espontáneo. La consecuencia de ello es que hay poca gente que crea en el amor y que viva en el amor, que experimente, aunque sea un poquito, la felicidad que emana de él. Y en ausencia de amor, el egoísmo y todas sus manifestaciones más funestas campan a sus anchas. A pocos de los malhechores de vuestro mundo encontrareis que hayan sido queridos cuando fueron niños. ¿Por qué si hay un mandamiento que dice “honrarás a tu madre y a tu padre”, no hay otro que diga “honrarás a tus hijos”? Muchos males de vuestro mundo se resolverían queriendo a los niños, porque los niños no han puesto todavía corazas a los sentimientos. Amarían y se dejarían amar. Amad a vuestros niños durante una generación y vuestro mundo se transformará en un paraíso en menos de un siglo.

¿Quieres decir con esto que hay gente que, aunque es conocedora de los sentimientos, es decir, aunque es capaz de amar, se reprime, y aparece ante los demás como alguien frío, sin sentimiento?
Así es. Mucha gente es dura porque tiene miedo a sufrir, a que se descubra su debilidad, que es la falta de amor. Y por ello se cubre de capas, de corazas, como un caballero medieval con armadura. Y de este modo se sufre por no querer sufrir. Se sufre porque se evita el sentir, que es lo que uno necesita para ser feliz, amar y ser amado. ¿Por qué crees que hay tanta gente que tiene miedo a la soledad? Porque en realidad tienen miedo de enfrentarse a sí mismos, miedo de descubrir la gran verdad: “Estoy vacío”. Y por eso la gente huye de sí misma, refugiándose en objetivos materiales, mentales, que le generen muchos quebraderos de cabeza o recurriendo a divertimentos que hiperestimulen la mente, para así tener una excusa para no dar nunca con la verdadera respuesta. Para que la mente hable tanto y tan fuerte que acalle la voz del sentimiento.

Pero es imposible acallar la voz de la conciencia para siempre y en algún momento la mente se descuida, o se bloquea por algún acontecimiento imprevisto o traumático, y la voz del interior vuelve a clamar: “Estoy vacío. Estoy vacío porque no siento. Porque yo no soy como manifiesto ser. Estoy siendo una fachada, una apariencia. He renunciado a ser yo mismo, un ser que quiere amar y necesita ser amado, y soy desgraciado por ello” Y cuando se toma conciencia de la realidad puede ser doloroso, impactante. En ese momento muchos buscan la forma de justificar la actitud que tomaron respecto a la anulación de sus necesidades afectivas, creyendo equivocadamente que si echan tierra sobre el asunto van a sufrir menos y todo volverá a la normalidad.

“¡Qué mal me ha tratado la vida! ¡Con qué gente más mala me ha tocado vivir! ¡Ni mis padres me quisieron! ¿Por qué tengo yo que ser mejor?” -se dicen. Y la ira, el rencor, la desconfianza, la tristeza y la soledad, les consumen por dentro. Y si tienen hijos, se vengan en ellos de todas sus frustraciones, “para que aprendan lo que es la vida”, se dicen, intentando justificarse, porque los niños son débiles y se dejan. Y entonces la tuerca vuelve a dar un nuevo giro hacia el desamor.

Pero es muy comprensible que alguien que haya sufrido mucho en la vida llegue a la conclusión de que nada merece la pena ¿no?
Es cierto que la vida puede ser muy dura y que quien decida luchar por sentir tendrá muchas trabas, por la incomprensión de los demás, y eso le hará sufrir. Pero será un sufrimiento externo, provocado por las circunstancias, que merecerá la pena si la persona, a pesar de todo, consigue sentir y amar. Pero el sufrir por evitar sentir es un sufrimiento interno que se provoca uno mismo y es un sufrimiento estéril, ya que no sirve para avanzar en el sentir y el amar. Todo lo contrario. Puede provocar mucho sufrimiento y dolor porque, imbuido uno en el dolor, se siente con justificación para causar dolor a los demás, o ni siquiera se para a pensar en el daño que puede estar haciendo.

Ya pero cuando alguien está acostumbrado a vivir en el dolor, el dolor parece lo más normal. Porque mucha gente se preguntará: ¿Soy yo capaz de superar el dolor, soy yo capaz de amar?
Y yo me pregunto si no habrá alguien que diga: “Mira: todo este sufrimiento que he vivido no lo quiero más. Ni para mí ni para los demás. Ya he aprendido algo de la vida. Todo aquello que a mí me hicieron y que me hizo sufrir voy a evitar hacérselo a los demás. Todo el amor que necesité de mis padres y que no me dieron se lo voy a dar yo a mis hijos, a mis allegados, a todo el que se presente en mi vida”. Y sólo con la voluntad de cambiar y con la fuerza del sentimiento, la vida de uno dará un vuelco, y se romperán los lazos del odio. Y la tuerca que estaba apretada comenzará a aflojarse, y desandará una y otra vuelta del tornillo del desamor hasta que al final se libere totalmente. Y si todos los que viven en el dolor y el desamor tomaran una decisión semejante, el mundo cambiaría en una generación. La generación de los niños que fueron queridos por sus padres, la de los niños que no se pusieron corazas para evitar que les hicieran daño, la de los niños que no tienen miedo a amar, porque fueron criados en el amor.

Como ya he dicho, la capacidad de amar es una cualidad innata del espíritu. Por lo tanto, todos la tenemos. Sólo necesitamos descubrirla y desarrollarla. Confiad en que esto es así y será. Y como ya dije, no sólo se trata de amar a los demás: hay que empezar por amarse uno mismo.

Continuará...




Título: Las Leyes Espirituales  
Autor: Vicent Guillem 
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