viernes, 4 de diciembre de 2015

Oráculo Zen

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Relájate y respira profundamente, conéctate con tu esencia o ser superior. Hazte una pregunta y elige la imagen que más te atraiga. Ella traerá un mensaje Zen, muy interesante  para ti.En la parte inferior de la página hay música, ¡actívala!

1.-  EL CORAZÓN TONTO: La loca sabiduría de San Francisco de Asís

El corazón tiene sus razones que la razón no puede comprender. El corazón tiene su propia dimensión de ser, que es completamente oscura para la mente. El corazón es más elevado y más profundo que la mente, está más allá de su alcance. Parece alocado. El amor siempre parece alocado porque no es utilitario. La mente es utilitaria. Lo utiliza todo para algún fin: esto es lo que significa ser utilitario. La mente tiene un propósito y está orientada hacia un fin; lo convierte todo en un medio. Y el amor no puede convertirse en un medio, ése es el problema. El amor mismo es el objetivo.

Consejo Zen:
Los locos siempre demuestran una sabiduría sutil, y los sabios siempre se comportan como locos. Antiguamente, todos los grandes emperadores siempre tenían un bufón en la corte. También tenían a hombres muy sabios, consejeros, ministros y primeros ministros, pero siempre tenían un loco.

¿Por qué? Porque hay cosas que los llamados hombres sabios no pueden entender, que sólo un loco puede entender, porque los supuestos sabios son tan necios que su astucia y su inteligencia les cierran la mente. Un loco es simple, y era necesario porque muchas veces los supuestos sabios no decían las cosas al emperador por miedo. Un loco no teme a nadie, hablará sin importarle las consecuencias.

Así es como actúa un loco: de manera simple, sin pensar en los resultados. Un hombre inteligente siempre piensa en los resultados antes de actuar. En primer lugar piensa y luego actúa. El loco actúa sin pensárselo antes.
Cuando alguien alcanza la realización última, no es como vuestros sabios. No puede ser como ellos. Puede que sea como vuestros locos, pero no puede ser como vuestros sabios.


Cuando San Francisco se iluminó, solía llamarse a sí mismo «el loco de Dios». El papa era un hombre sabio y, cuando San Francisco fue a verlo, incluso él pensó que aquel hombre se había vuelto loco. El papa era un hombre inteligente, calculador, listo; ¿de qué otro modo podría haber llegado a papa? Para hacerse papa uno tiene que hacer mucha política. Para hacerse papa uno necesita ser diplomático, hace falta competir y desbancar a los demás, usarlos como escaleras y luego dejarlos de lado.

Es política... porque un papa es un líder político. La religión es algo secundario, a veces ni siquiera está presente. ¿Cómo puede un hombre religioso luchar y mostrarse agresivo para conseguir un puesto? Sólo son políticos.

San Francisco vino a ver al papa y el papa pensó que aquel hombre estaba loco. Pero los árboles, los pájaros y los peces pensaban de otro modo. Cuando San Francisco iba al río, los peces daban saltos de alegría para celebrar su venida. Miles de personas fueron testigos de este fenómeno: millones de peces saltaban simultáneamente; el río entero se llenaba de peces saltarines. San Francisco había venido y los peces se sentían felices. Y los pájaros le seguían donde quiera que iba; iban a posarse en sus piernas, en su cuerpo, en su regazo. Entendían a este loco mejor que el papa. Incluso los árboles que se habían secado y estaban a punto de morir reverdecían y volvían a florecer cuando se acercaba San Francisco. Los árboles entendían bien que aquel loco no era un loco ordinario: era el loco de Dios.


2.- RENOVACIÓN: La herencia de Buda

Cuando no hay pasado, cuando no hay futuro, sólo entonces hay paz. El futuro significa aspiraciones, logros, objetivos, ambiciones, deseos. No puedes estar aquí y ahora, siempre estás corriendo tras algo, yendo a alguna parte. Uno tiene que estar totalmente presente al presente, entonces es cuando hay paz. Y de ahí surge la renovación de la vida, porque la vida sólo conoce un tiempo, y ese tiempo es el presente. El pasado está muerto; el futuro sólo es una proyección del pasado muerto. ¿Qué puedes pensar del futuro? Piensas en términos del pasado, ya que es lo que conoces, y lo proyectas, aunque mejorado, por supuesto. Es más hermoso, está decorado; todos los dolores han desaparecido y sólo quedan los placeres, pero sigue siendo el pasado. El pasado no es, el futuro no es, sólo el presente es. Estar en el presente es estar vivo, en el óptimo, y eso es renovación.

Consejo Zen:
Justo un día antes de que Gautam Buda dejara su palacio para salir en busca de la verdad, su esposa había tenido un hijo. Es una historia tan humana, tan hermosa...

Antes de irse del palacio quería ver el rostro de su hijo al menos una vez, el símbolo de su amor por su esposa. Por eso entró en su habitación. Ella estaba dormida y el niño estaba cubierto bajo una manta. Quería apartar la manta y descubrir el rostro del niño porque quizá no volvería nunca. Estaba a punto de salir a realizar una peregrinación desconocida. Estaba arriesgándolo todo: su reino, su esposa, su hijo, a sí mismo, por buscar la iluminación, algo de lo que había oído hablar y que sólo era una posibilidad que había ocurrido a un puñado de personas que la habían buscado.

Tenía tantas dudas como cualquiera de vosotros, pero había llegado el momento de tomar la decisión. Estaba determinado a partir. Pero la mente humana, la naturaleza humana... Simplemente quería ver; ni siquiera había visto el rostro de su propio hijo. Pero tenía miedo de que si movía la manta... si Yashodhara, su esposa, se despertase, le preguntaría: «¿Qué haces en mi habitación en medio de la noche?, y pareces preparado para ir a alguna parte».

Estaba a punto de salir y había dicho al conductor de la carreta: «Sólo un minuto. Déjame ver el rostro de mi hijo. Puede que no regrese nunca». Pero no pudo mirar por miedo a que si Yashodhara se despertaba, empezaría a llorar y lamentarse: «¿Dónde vas? ¿Qué haces? ¿De qué renunciación me hablas? ¿Qué es la iluminación?» Y uno nunca sabe lo que va a hacer una mujer, ¡podría despertar a todo el palacio! Su padre vendría y todo se iría al traste. Así es que simplemente se escapó...

Doce años después, cuando estaba iluminado, lo primero que hizo fue volver a su palacio para pedir perdón a su padre, a su esposa, a su hijo que ahora debía tener doce años. Se daba cuenta de que estarían enfadados. El padre estaba muy enfadado; fue el primero en venir a saludarle y estuvo insultándole durante media hora. Pero se dio cuenta de que él estaba diciendo muchas cosas y su hijo estaba allí como una estatua de mármol, como si nada le afectara.

El padre le miró, y Gautam Buda dijo: —Eso es lo que quería. Por favor, seca tus lágrimas. Mírame: no soy el muchacho que se fue del palacio. Tu hijo murió hace años. Yo me parezco a él, pero mi conciencia es muy diferente. Simplemente mira.


—Lo veo. He estado insultándote durante media hora y esto prueba que has cambiado. Recuerdo lo temperamental que eras: no podrías haberte quedado en silencio. ¿Qué te ha ocurrido?

—Te lo contaré, pero déjame ver primero a mi esposa y a mi hijo. Deben estar esperando; deben saber que he venido.

Y lo primero que le dijo su esposa fue: —Puedo ver que estás transformado. Estos doce años han sido un gran sufrimiento, pero no porque te hubieras ido; he sufrido porque no me lo dijiste. Si simplemente me hubieras dicho que ibas a buscar la verdad, ¿crees que te lo habría impedido? Me has insultado gravemente. Ésta es la herida que he estado llevando durante doce años. Yo también pertenezco a la casta guerrera, ¿piensas que soy tan débil que me hubiera puesto a gritar y a llorar y que habría tratado de detenerte?


Todos estos años mi único sufrimiento fue que no confiaste en mí. Te lo habría permitido, te hubiera dado un regalo de despedida, habría salido al carro a decirte adiós. En primer lugar quiero plantearte la única pregunta que ha estado en mi cabeza todos estos años, y es que cualquier cosa que hayas logrado... y ciertamente parece que has logrado algo.

Ya no eres la misma persona que se fue de este palacio; irradias una luz diferente, tu presencia es totalmente nueva y fresca, tus ojos son tan claros y puros como un cielo sin nubes. Te has vuelto tan hermoso... siempre fuiste hermoso, pero ahora parece que tu belleza no es de este mundo. Alguna gracia ha descendido sobre ti desde el más allá. Mi pregunta es, sea lo que sea lo que hayas conseguido, ¿no era posible conseguirlo aquí, en palacio? ¿Puede el palacio impedir que se manifieste la verdad?


Es una pregunta tremendamente inteligente, y Gautam Buda tuvo que admitirlo: —Podría haberlo conseguido aquí, pero en aquel momento no lo sabía. Ahora puedo decir que lo podría haber conseguido aquí, en este palacio; no era necesario ir a las montañas ni a ninguna otra parte. Tenía que ir dentro, y eso podría haberlo hecho en cualquier lugar. Este palacio es un lugar tan bueno como cualquier otro, pero ahora puedo decir eso, que entonces no tenía ni idea de que era así. Perdóname porque no es que no confiara en ti o en tu coraje. De hecho, dudaba de mí mismo: si te hubiera despertado y hubiera visto a nuestro hijo, podría haber comenzado a preguntarme: «¿Qué estoy haciendo dejando a mi preciosa esposa, que me ama con todo su amor, con toda devoción. Y dejando a mi hijo que sólo tiene un día... Si tengo que dejarlo, ¿por qué le he dado la vida? Estoy evadiendo mis responsabilidades».


Si mi anciano padre hubiera despertado me hubiera sido imposible partir. No era que no confiara en ti; en realidad no confiaba en mí mismo. Sabía que había una vacilación; no era total en la renuncia. Una parte de mí decía: «¿Qué haces? » y otra parte de mí decía: «Es el momento de hacerlo. Si no lo haces ahora se hará cada vez más difícil. Tu padre se está preparando para coronarte. Y cuando seas coronado rey, será más difícil».
Yashodhara le dijo: —Ésta es la única preguntar que quería plantearte, y estoy inmensamente feliz de que hayas sido absolutamente veraz al decir que podías alcanzar la verdad aquí o en cualquier parte. Ahora bien, tu hijo, que está allí de pie, un niño de doce años, ha estado preguntando por ti continuamente, y yo le he dicho: «Espera, él volverá; no puede ser tan cruel, no puede ser tan rudo, no puede ser tan inhumano. Un día vendrá. Quizá lo que ha salido a realizar le lleve tiempo; una vez que lo consiga, lo primero que hará será regresar».


Así pues, tu hijo está aquí y quiero que me digas, ¿cuál va a ser tu herencia para él? ¿Qué tienes para darle? Le has dado la vida, ¿qué más le darás ahora?


Buda no tenía nada excepto un cuenco para mendigar, por tanto llamó a su hijo que tenía por nombre Rahul. Llamó a Rahul cerca de sí y le dio su cuenco de mendigar. Le dijo: —No tengo nada. Ésta es mi única posesión; desde ahora en adelante tendré que usar mis manos como recipiente para tomar los alimentos. Dándote este cuenco te inicio en el sannyas. Ése es el único tesoro que he encontrado y me gustaría que tú también lo encontrases.


Y dijo a Yashodhara: —Tienes que prepararte para formar parte de mi comuna de sannyasins —e inició a su esposa. El anciano rey se acercó y estaba observando toda la escena. Dijo a Gautama Buda: —¿Entonces vas a dejarme fuera? ¿No quieres compartir lo que has hallado con tu anciano padre? Mi muerte esta cerca... iníciame a mí también.


Buda dijo: —De hecho, he venido a llevaros a todos conmigo, porque he encontrado un reino mucho más grande, un reino que durará siempre, que no puede ser conquistado. He venido aquí para que pudierais sentir mi presencia, para que pudierais sentir mi realización, y yo pudiera persuadiros de que os seáis mis compañeros de viaje.

3.- DESEO: La canastilla mágica del mendigo

Cuando deseas algo, tu gozo depende de eso. Si se te quita, te sientes miserable; si se te da, te sientes feliz. ¡Pero sólo por el momento! eso también se tiene que entender. Cuando tu deseo se cumple, sólo por el momento sientes gozo. es momentáneo, porque una vez lo consigues, la mente vuelve a desear más, algo más.


La mente existe en el deseo; de ahí que la mente nunca te deje sin deseo. Si no tienes deseo, la mente muere inmediatamente. Éste es todo el secreto de la meditación.

Consejo Zen: Un mendigo llamó a la puerta de un emperador a primera hora de la mañana. El emperador iba a salir a dar un paseo matutino en su precioso jardín; de no ser por esta circunstancia hubiera sido difícil que el mendigo pudiera encontrarse con él. Pero en ese momento no había ningún guardián que lo impidiera.

El emperador dijo: —¿Qué quieres? —¡Piénsatelo dos veces antes de preguntar eso! —dijo el mendigo. El emperador nunca había visto antes a un hombre tan fiero; había batallado en la guerra, había obtenido grandes victorias y había dejado claro que no había nada más poderoso que él, y de repente este mendigo le dice: «¡Piensa dos veces lo que dices porque puede que no seas capaz de realizar mi deseo!»

El rey dijo: —No te preocupes, déjalo de mi cuenta; ¡pide lo que quieras y se realizará!

—Ves este cuenco de mendigar —dijo el mendigo—, ¡quiero que se llene! No me importa de qué, la única condición es que se llene, que esté lleno. Aún estás a tiempo de decir que no, pero si dices que sí, estás tomando un riesgo.

El emperador se puso a reír. Un cuenco de mendigar... ¿y me estás dando una advertencia? Le dijo a su ayudante de cámara que llenase el cuenco de diamantes para que aquel mendigo se enterase de a quién estaba pidiendo.


El mendigo volvió a decirle: —Piénsatelo dos veces. Y pronto empezó a quedar claro que el mendigo tenía razón, porque en el momento en que se vertían los diamantes en el cuenco, desaparecían.

Los rumores se extendieron inmediatamente por toda la capital y miles de personas se acercaron a observar lo que pasaba. Cuando las piedras preciosas se acabaron, el rey dijo: «Traed todo el oro y la plata, ¡traedlo todo! Mi reino e incluso mi integridad están amenazadas». Pero antes de llegar la noche había desaparecido todo y sólo quedaban dos mendigos, y uno de ellos había sido emperador.


Entonces el emperador dijo: —Antes de pedirte perdón por no escuchar tus avisos, por favor dime el secreto de este cuenco de mendigar.

—No hay ningún secreto —dijo el mendigo—. Lo he pulido de manera que parezca un cuenco, pero es una calavera humana. Todo lo que eches dentro de ella desaparecerá.

La historia es tremendamente significativa. ¿Has pensado alguna vez en tu propio cuenco de mendigar? Todo desaparece —poder, prestigio, respetabilidad, riqueza— todo desaparece y tu cuenco sigue con la boca abierta, pidiendo más. Y ese «más» te aleja del presente. El deseo, la añoranza de otra cosa te aleja de este momento.

Sólo hay dos tipos de personas en el mundo: la mayoría de ellas corren detrás de sombras, sus cuencos de mendigar seguirán con ellos hasta que se vayan a la tumba. Y una pequeña minoría, uno entre un millón, que deja de correr, abandona todos los deseos y no pide nada; y de repente lo encuentra todo dentro de sí.



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