domingo, 29 de junio de 2014

Para que tus Oraciones sean Escuchadas

Para que tus Oraciones sean Escuchadas
“La Fé Mueve Montañas”

Secretos de la oración

El físico Niels Bohr formuló, a finales de la década de 1920, una teoría que insinuaba esta relación, y describió una visión similar en términos modernos. Se había observado que, en el plano atómico, la materia a veces se comportaba de forma extraña, en contradicción con la teoría aceptada. En forma simplificada, la teoría de Bohr, conocida como la Visión de Copenhague, postulaba que el observador de cualquier acontecimiento pasa a formar parte del mismo tan sólo por el acto de observar. En el diminuto mundo de los átomos, la observación adquiere mayor importancia cuando «los objetos del tamaño del átomo son perturbados por cualquier intento de observarlos».' Según esta línea de pensamiento, es evidente que la ciencia moderna está buscando un lenguaje para describir la relación de unidad que los esenios utilizaron como base en sus oraciones.

Vernos como independientes del mundo que nos rodea ha precipitado un sentido de separación, una actitud de «aquí dentro» frente a un «allá fuera». Desde nuestra infancia, empezamos a creer que el mundo «sencillamente sucede». Algunas veces ocurren cosas buenas, otras no tanto. Parece que el mundo suceda a nuestro alrededor, en ocasiones sin razón aparente. Al prepararnos para los imponderables de la vida, pasamos gran parte de nuestro tiempo ideando estrategias para sobrevivir e ir sorteando los retos que se interponen en nuestro camino. Las nuevas investigaciones sobre la relación entre el poder de nuestros sentimientos y la química de nuestros cuerpos nos hacen pensar que las implicaciones de ese punto de vista de «nosotros» y «ellos» tienen un alcance mucho mayor, y a veces, inesperado. Por ejemplo, la ciencia ha demostrado que sentimientos específicos producen una química previsible en el cuerpo que corresponde a ese sentimiento en particular.

A medida que cambiamos nuestros sentimientos, cambiamos nuestra química. Literalmente tenemos lo que puede contemplarse como «química del odio», «química de la ira», «química del amor» y así sucesivamente, a través de la secreción de neuropéptidos que llevan a las células la información química del sentimiento correspondiente. Las expresiones biológicas de la emoción se manifiestan en el cuerpo como los niveles hormonales, de anticuerpos y enzimas que están presentes en nuestro estado de bienestar. La química del amor, por ejemplo, afirma la vida reforzando el sistema inmunitario y las funciones reguladoras de nuestro cuerpo. A la inversa, la ira, que a veces dirigimos hacia dentro en forma de culpa, puede manifestarse como una respuesta de inmunodeficiencia, bajando nuestras defensas y predisponiéndonos a una enfermedad.

Hay estudios científicos que señalan las cualidades específicas de las emociones negativas como un poderoso factor en la hipertensión, la insuficiencia cardiaca congestiva y la insuficiencia de las arterias coronarias.

Vivir como si el mundo «exterior» fuera algo separado de nosotros abre la puerta a un sistema de creencias de juicio y a las expresiones químicas de esos juicios en nuestro cuerpo. Por ende, tendemos a ver nuestro mundo en forma de «buenos gérmenes» y «malos gérmenes», y usamos palabras como «toxinas» y «desechos» para describir los subproductos de las propias funciones que nos dan la vida. Es en este mundo donde nuestros cuerpos se pueden convertir en una zona de conflicto para las fuerzas que están en oposición entre ellas, creando campos de batalla biológicos que se manifiestan como enfermedades.

MÁS ALLÁ DE LAS PALABRAS
Recuerdo que cuando era niño había rezado mucho. Durante esos momentos de oración daba gracias por las cosas buenas de mi vida y pedía reverentemente a Dios que cambiara las situaciones que me herían o que causaban sufrimiento a los demás. Con frecuencia mis oraciones eran para los animales. Siempre me había sentido especialmente cerca del reino animal, y me tomaba la libertad de compartir nuestro hogar con diversos animales que encontraba en los bosques de los alrededores de nuestra casa.

Rezaba por los animales cada noche. Unas veces mis oraciones funcionaban, otras no. Nunca comprendí por qué. Si Dios estaba en todas partes, escuchando, ¿por que dudaba en responder? Si podía escuchar todas mis plegarias y responder a algunas de ellas algunas veces, ¿por qué no hacía lo mismo en otro momento con otro animal? No comprendía esa incoherencia.

A medida que me fui haciendo mayor seguí rezando. Aunque pensaba que ya lo hacía como un adulto, los temas de mis oraciones en realidad no habían cambiado. Todavía hablaba con «los poderes que son» en nombre de los animales de mi vida. Tanto para aquellos que corrían libremente como para aquellos que yacían aplastados al borde de la carretera, pedía bendiciones para que tuvieran viajes seguros y paz en su otra vida.

Aunque siempre había rezado también por las personas, durante esta época mis oraciones por los demás se extendieron más allá del círculo de mis parientes y amigos. Además de rezar por mi familia, amigos y seres queridos. Al final, mis sentimientos sobre la oración empezaron a cambiar. Concretamente, fueron los sentimientos que tenía mientras oraba los que cambiaron. Tenía la sensación de que faltaba algo.

A principios de los noventa, tuve el primer indicio de por qué sentía que mis oraciones eran incompletas. La pista se presentó un día inesperadamente; mientras hojeaba una copia de un texto antiguo que me había dado un amigo. Lo que distinguía a este documento de obras similares era que el traductor había recurrido al lenguaje original de los autores para sus referencias, en lugar de utilizar las palabras de otros eruditos, posiblemente distorsionadas con el tiempo. Allí, en las nuevas traducciones de los manuscritos arameos originales, se encontraban los detalles de cómo unir los tres componentes de la oración en una fuerza poderosa que guiara nuestras vidas.

El texto que mi amigo me había dejado era una recopilación de un conocido erudito sobre estudios del mundo antiguo, Edmond Bordeaux Szekely, el nieto de Alexandre Szekely, que había recopilado la primera gramática tibetana hacía más de 150 años. Las traducciones de Szekely hechas a partir de la versión aramea original de los Evangelios, ilustraban el rico lenguaje de las oraciones e historias narradas por Jesús y sus discípulos. Todavía me maravillo de la claridad que tales traducciones continúan proporcionando sobre las enseñanzas y la ciencia de la oración. Si se revisa este trabajo desde la perspectiva de la física cuántica, vemos sutilezas que se han perdido en otras traducciones hechas posteriormente.

Según la visión de los autores arameos, por ejemplo, la forma en que se desarrollan en nuestra vida una serie de acontecimientos es sólo una cuestión de enfoque. Tanto si pensamos en la historia global como en nuestra sanación personal, los antiguos eruditos nos recuerdan que todas las posibilidades ya han sido creadas y que están presentes. En lugar de forzar soluciones para las cosas que nos suceden en la vida, se nos invita a elegir con qué posibilidad identificarnos y vivir como si ya hubiera sucedido. Esto no quiere decir que impongamos nuestra «voluntad» sobre los demás en la forma de la oración.

Lo que proporciona la sutil diferencia es más bien nuestra predisposición a aceptar cualquier posibilidad sin prejuzgarla, conscientes de que podemos atraer o repeler cualquiera de ellas mediante las elecciones que hacemos en nuestra vida. Elegir un resultado a través de la oración no garantiza que este sucederá; nuestra oración sencillamente invita a esa posibilidad. Ahora la pregunta es: ¿cómo podemos atraer resultados concretos a nuestro presente mediante la oración?

CUANDO TRES SE CONVIERTE EN UNO
Por sus escritos sabemos que los antiguos esenios creían que nos comunicábamos con nuestro mundo a través de nuestras percepciones y sentidos. Cada pensamiento, sentimiento, emoción, respiración, nutriente, movimiento o la combinación de cualquiera de ellos, era considerado como una expresión de la oración. Según la visión de los esenios, según sentimos, percibimos y nos expresamos durante el día, estamos orando constantemente.

Mediante el don de la poesía y las metáforas de su tiempo, los textos esenios nos recuerdan que nuestro cuerpo, corazón (sentimientos) y mente trabajan juntos, casi de la misma manera que un carro, el caballo y el conductor. Aunque considerados de forma independiente, los tres trabajan mano a mano para proporcionarnos nuestras experiencias en la vida. En esta analogía, el carro es nuestro cuerpo y el conductor nuestra mente. El caballo representa los sentimientos de nuestro corazón, el poder que conduce al caballo y al conductor por la senda de la vida. Gracias a la fuerza de nuestro cuerpo físico, la experiencia de la sabiduría de nuestro corazón y la pureza de nuestras intenciones son las que determinan la cualidad que dominará en nuestra vida.

Si la oración es en realidad el lenguaje olvidado a través del cual escogemos las posibilidades y los resultados que queremos conseguir en nuestra vida, en un sentido muy real cada momento de nuestra existencia puede ser considerado como una oración. En cada instante de nuestro estado de vigilia o de sueño, si estamos pensando, sintiendo y teniendo emociones, estamos contribuyendo a las situaciones que se producen en el mundo. La clave es que unas veces nuestras contribuciones son directas e intencionadas, mientras que otras podemos estar participando indirectamente, sin ni siquiera ser conscientes de nuestra contribución.

Este último tipo de experiencia puede ser el que describan las personas que sienten que la vida «les sucede». Las personas que tienen esta experiencia suelen sentir que son «espectadores» que simplemente observan los procesos de la vida que tienen lugar a su alrededor entre sus amigos, familiares y seres queridos, incluso en la propia Tierra. Los sentimientos de esta experiencia varían desde la admiración y asombro por el nacimiento de un bebé hasta una sensación de impotencia ante la trágica pérdida de las vidas humanas en tiempos de guerra o por desastres naturales.

Los textos recientemente traducidos, algunos de los cuales tienen más de dos mil años, nos ofrecen otra forma de participar activamente para «hacer algo» durante este tipo de situaciones de la vida. Al reconocer la eficacia del poder silencioso de la oración, los antepasados describen un método de oración conocido en la actualidad como oración activa. Cuando estos componentes de la oración se fusionan en uno solo, se nos presenta un puente para comunicarnos con el lenguaje de la creación. Gracias a este puente podemos elegir el resultado de una situación entre una serie de posibilidades. 500 años A.D.C., los maestros esenios nos invitaron a concentrar el poder de los elementos individuales de la oración -pensamiento, sentimiento y emoción, que experimentamos como mente, corazón y cuerpo- en un solo resultado.

La clave del dominio de esta técnica se encuentra en «la integración del cuerpo, el corazón y la mente como uno...». Es esta fuerza unificada del lenguaje celestial, que se manifiesta en nuestro cuerpo, la que llena de vida nuestras oraciones.

Piensa en los efectos de la oración con la ayuda de un sencillo modelo. Hace más de cincuenta años, en 1947, el doctor Hans Jenny desarrolló una nueva ciencia para investigar la relación entre la vibración y la forma. Mediante estudios bien documentados, el doctor Jenny demostró que la vibración producía geometría. Es decir, al crear una vibración en un material que podemos ver, la forma de la vibración se hace visible en ese medio. Cuando cambiamos la vibración, cambiamos la forma. Cuando regresamos a la vibración inicial, vuelve a aparecer la forma inicial. A través de una serie de experimentos realizados con distintas substancias, el doctor Jenny produjo una sorprendente variedad de dibujos geométricos, desde algunos muy complejos hasta otros muy simples, en materiales como agua; aceite, grafito y azufre en polvo. Cada dibujo era sencillamente la forma visible de una fuerza invisible. En años recientes el Doctor Masaru Emoto ha descubierto lo que él le llama “mensajes en el agua” que es la creación de diferentes formas de cristales de agua congelada dependiendo a la influencia de la energía de la intención que fueron expuestos. (ver capítulo 34: Hado. Una nueva conciencia de la realidad).

La importancia de estos experimentos es que con ellos el doctor Jenny probó, sin lugar a duda, que la vibración crea una forma previsible en la substancia en la que es proyectada. Pensamiento, sentimiento y emoción son vibraciones. Al igual que las vibraciones en los experimentos del doctor Jenny, las vibraciones del pensamiento, del sentimiento y de la emoción crean un trastorno sobre la materia en la que son proyectados. En lugar de agua, azufre y grafito, proyectamos nuestras vibraciones sobre la refinada substancia de la conciencia. Cada una tiene un efecto.

La ciencia nos insinúa que nuestro futuro puede que ya exista en forma latente en el caldo de la creación como una de entre muchas «posibilidades». A medida que cada día elegimos cosas nuevas en nuestra vida, vamos despertando otras posibilidades y ajustamos el resultado final. Esta visión implica que cada vez que pedimos algo en la oración, existe la posibilidad de que nuestra petición ya esté en curso. Si esta visión del mundo es correcta, entonces los animales que recibía nuestra casa de mi infancia, por ejemplo, cada pico roto, miembro sesgado y hueso fracturado era uno de los posibles resultados para ese momento. En ese mismo instante, también existía otra situación en que cada uno de esos animales a mi cargo ya estaba sanado. Las dos situaciones ya existían. Cada posibilidad era real.

La clave para elegir un resultado entre los muchos posibles reside en nuestra habilidad para sentir que nuestra elección ya está sucediendo. Vista la anterior definición de la oración de otro modo, como «sentimiento», se nos invita a hallar la cualidad del pensamiento y de la emoción que produce ese sentimiento: vivir como si el fruto de nuestra plegaria ya estuviera en camino.
   
Figura 1
  
Figura 1. Pensamiento, sentimiento y emoción como patrones no alineados. Al no haber unión, pueden perder su enfoque.

¿Cómo podemos beneficiamos del efecto de nuestro pensamiento y emoción, si cada patrón se mueve en una dirección distinta? Si, por otra parte, los patrones de nuestra oración se centran en la unión, ¿cómo puede el «material» de la creación no responder a nuestra plegaria?

Cuando pensamiento, sentimiento y emoción no están alineados, cada uno puede ser considerado como una fase distinta de la otra. Aunque existan pequeñas zonas comunes, la mayor parte del patrón no está centrado, y trabaja en direcciones distintas, independiente del resto. El resultado es una dispersión de la energía.

Por ejemplo, si pensamos: «Elijo a la pareja perfecta de mi vida», se libera un patrón de energía que expresa ese pensamiento. Cualquier sentimiento o emoción que no esté sincronizado con nuestro pensamiento no podrá infundir fuerza a nuestra elección de encontrar una pareja perfecta. Si nuestros patrones no están alineados debido a sentimientos de que no somos merecedores de tener una pareja así de perfecta o por emociones de miedo, estos pueden truncar que se materialice nuestra elección. En este estado no alineado puede que nos encontremos preguntándonos por qué nuestras afirmaciones y oraciones no han funcionado. 
  
Figura 2
Figura 2. EL pensamiento no está alineado con el sentimiento y la emoción. Esta situación puede hacer que nuestra oración se disperse y no surta efecto.

Mediante estos sencillos ejemplos, vemos claramente por qué la oración puede aportar el mayor de los cambios cuando sus elementos están centrados y alineados entre sí.

Sin usar la palabra oración, y sin duda de un modo menos técnico, la idea de unificar el pensamiento, la emoción, el sentimiento y vivir desde el lugar del deseo que se aloja en nuestro corazón ya fue presentada a principios del siglo XX, pero con un lenguaje muy distinto. El trabajo de Neville, que afirma el quinto modo de oración y da por hecho que nuestra plegaria ya se está produciendo, nos lo expone de este modo: «Te has de abandonar mentalmente a tu deseo que se ha cumplido gracias a tu amor por ese estado, y al hacerlo, vive en el nuevo estado y abandona el antiguo».' Las descripciones de Neville sobre nuestra habilidad para cambiar los resultados y escoger posibilidades nuevas en la vida, aunque eficaces puede que no tuvieran mucho sentido para las personas de principios del siglo XX. Al igual que ha sucedido con muchos pensadores cuyas ideas se adelantaban a su tiempo, poco se supo de la obra de Neville hasta después de su muerte en 1972.

Visiones como esta nos permiten contemplar la oración como un lenguaje y una filosofía que une el mundo de la ciencia y del espíritu. Al igual que otras filosofías utilizan modos de expresión únicos y vocabularios especializados, la oración tiene un vocabulario propio en el lenguaje silencioso del sentimiento. A veces una idea que tiene sentido para nosotros en un lenguaje, en otro con el que no estemos familiarizados tiene muy poco. Sin embargo, el lenguaje existe.

La filosofía de la paz, por ejemplo, se puede expresar a través de lenguajes tan diversos como el de la física o el de la política, así como el de la oración. Por ejemplo, la paz suprema según la física puede ser descrita como la ausencia de movimiento en un sistema. En ese lenguaje, cuando la frecuencia, la velocidad y la longitud de onda llegan a cero, el sistema está en reposo y tenemos paz. En la política, la paz se puede interpretar como el fin de la agresión o la ausencia de guerra. Nuestras oraciones pueden ser pensadas del mismo modo.

Figura 3
Figura 3. La clave para que la oración sea eficaz es la unión del pensamiento, del sentimiento y de la emoción.

Mediante el lenguaje de la oración, la paz puede ser descrita en forma de ecuación, como lo que acerca la oración a nuestra ciencia en la que muchos se han atrevido a creer. En lugar de ecuaciones de números y variables, la lógica, el sentimiento y la emoción se convierten en los componentes de la ecuación de la oración. Con la forma de una prueba matemática estándar -si esto y esto es así, entonces presenciamos tal y tal resultado-, la ecuación de la oración activa se puede contemplar del siguiente modo:

Si  pensamiento + emoción = sentimiento

Entonces el mundo refleja el efecto de nuestra oración.

Con esta unión las fuerzas de nuestra tecnología interior se pueden concentrar y aplicar en el mundo exterior. Cuando alineamos los componentes de la oración, estamos hablando el lenguaje silencioso de la creación: el lenguaje que mueve el monte, acaba con las guerras y disuelve los tumores.

La belleza de la oración radica en que no es necesario saber exactamente cómo funciona para beneficiamos de sus milagrosos efectos. En esta tecnología universal, sencillamente se nos invita a experimentar, sentir y reconocer lo que nuestros sentimientos nos están comunicando. Nuestras oraciones cobran vida cuando enfocamos el sentimiento de anhelo que reside en nuestro corazón, en lugar de enfocar el pensamiento que gobierna el mundo de la razón.

Los antepasados nos enseñaron a llegar a las estrellas y más allá de ellas, mediante nuestra ciencia interna de la oración. Ellos nos recuerdan que el alcance de nuestras oraciones se refleja en nuestras creencias respecto a lo que somos capaces de hacer.

CONOCIMIENTO, SABIDURÍA Y PAZ
Veo una distinción sutil entre las cualidades del conocimiento y la sabiduría. El conocimiento se puede contemplar como el elemento de nuestra experiencia que se hace cargo de la información. Todos los datos, estadísticas y patrones de conducta de nuestro pasado o presente se pueden considerar conocimiento. Por otra parte, la sabiduría es cómo vivimos nuestro conocimiento. El conocimiento puede ser enseñado y transmitido durante generaciones en forma de textos y tradiciones. Cada generación ha de vivir individualmente la experiencia de la sabiduría para conocer las consecuencias de la experiencia directa.

Había un tema que siempre estaba presente en todo el conocimiento esenio y que descubrí la tarde anterior. El denominador común era la antigua clave de la paz. Vi la poesía, las analogías y las parábolas que nos dejaron en sus textos que datan de 2.500 años, como vería el código de un manual de instrucciones moderno. El código esenio de la paz se basa en cualidades familiares que ya experimentamos en nuestra vida: la lógica y la emoción. A su manera, los esenios nos dejaron el conocimiento de la paz, recordándonos dos cosas. Primera, se nos muestra el significado de la paz a través de toda la creación. Segunda, se nos muestra cómo, al aplicar la paz a nuestro mundo interior, creamos un cambio en nuestro mundo exterior.

Los eruditos de las comunidades de Qumrán nos han recordado el potencial que la oración puede aportar a nuestras vidas. Al describir los componentes de la misma, nos dan la ecuación para mover la energía eléctrica a través de las membranas de nuestras paredes celulares, generar complicados patrones en la substancia de la conciencia humana y crear químicas específicas dentro del laboratorio de nuestro cuerpo. Ante tal poder, ¿es posible que la imagen del «monte que se mueve» sea una descripción literal del gran poder que supone nuestro mayor potencial? En vista de la confirmación de la ciencia sobre los efectos de la oración, hemos de aceptar en nuestra vida la posibilidad de dicho poder.

De todas las distorsiones que han tenido lugar en las traducciones de nuestros textos más sagrados, la última clave de nuestra tecnología de la oración es un elemento que escapó a las revisiones realizadas en el siglo iv por el Concilio de Nicea y que todavía está con nosotros. Aunque las palabras puedan modernizarse de algún modo, todavía queda bastante del primer intento de anunciar el comienzo de una nueva visión en nuestras vidas. Algunos elementos de esta clave todavía siguen existiendo en nuestros textos bíblicos, así como en los manuscritos esenios varios cientos de años más antiguos que nuestra Biblia. Estos pasajes «entrecruzados» apoyan la creencia de que ambos documentos proceden de un mismo origen.

En algunas enseñanzas, el código perdido se conoce como el Gran Mandamiento. El Evangelio de Marcos, capítulo 12, versículo 30, resuelve el último misterio para fundir los elementos de la oración en uno solo. Para crear este poder hemos de amar de una forma muy específica. «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. » Quizá la clave para comprender este misterioso pasaje se halle en la visión esenia de nuestra relación con el Creador. Desde su perspectiva, somos uno con nuestro Padre que está en los cielos. «Al lado del río se encuentra el sagrado Árbol de la Vida. Allí mora mi Padre y mi hogar está en él. El Padre Celestial y yo somos Uno. »11 Dentro de cada persona que vive en este mundo brilla la chispa divina de la creación de nuestro Creador. Esta comprensión se convierte en el gran reto de nuestro misterio.

Para que nuestra oración tenga una finalidad, hemos de amar el principio creativo de la propia vida, a nuestro Creador, con todo nuestro corazón, alma, mente fuerza. Puesto que somos uno con nuestro Padre en el cielo, al hacerlo, nos hemos amado a nosotros mismos. Con estas cuatro cosas, los esenios nos recuerdan cómo honrar el amor al que se referían como «la fuente de todas las cosas». La clave es que sólo en la presencia de este tipo de amor se puede hallar la cualidad de la paz que recompense la labor de nuestra oración. Estas palabras ya se han dicho antes. Pero, ¿qué es lo que significan? ¿Qué significa amar de este modo? ¿Cómo podemos amar con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas?

El código olvidado de los esenios nos recuerda cómo alcanzar esta paz. A través de nuestro cuerpo, corazón y mente experimentamos nuestros pensamientos, sentimientos y emociones. Aunque podamos sentir que tenemos poco control sobre nuestras percepciones, mediante nuestro vínculo con ellas podemos escoger la cualidad de nuestra experiencia. La última parte de este código, basada en la lógica y la emoción, puede que sea la clave final de nuestra búsqueda para unificar nuestras oraciones. «Conoce esta paz con tu mente, desea esta paz con tu corazón, realiza esta paz con tu cuerpo.»

A través de la lógica de nuestra mente, hemos de hacer realidad la paz. Hemos de probárnosla a nosotros mismos, demostrarnos la viabilidad de la paz en nuestras vidas y en nuestro mundo. Con la fuerza que reside en nuestro corazón, hemos de desear esta paz en todo lo que experimentamos. La paz ya existe en nuestro mundo. Se nos reta a que la busquemos, a encontrarla en lugares donde parece no existir. A través de nuestro cuerpo expresamos nuestra mente y corazón. Elegimos las acciones que ofrecemos al mundo. Este pasaje nos recuerda que hemos de hacer que nuestras acciones reflejen externamente las decisiones que ya hemos tomado en nuestro interior.

De este modo, los esenios nos desafiaron a una especie de código de conducta. 

Aunque algunas personas opten por acciones que nieguen la vida en ellas mismas y en los demás, mediante estas palabras podemos aspirar a algo superior. Estamos invitados a crear paz en cada uno de estos elementos, para alcanzar el amor que traiga unidad a nuestras acciones. 

Ver capítulos anteriores del Taller de Autoestima
Del Taller de Autoestima de Juan Carlos Fernández. Capítulo 198 Volumén 2: Para que tus Oraciones sean Escuchadas

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