domingo, 23 de marzo de 2014

«Ya te he dejado, ¿y ahora cómo te olvido?» por Walter Riso


No es posible «olvidar» a voluntad un amor que aún te tiene en vilo, aunque sí puedes pelear contra las consecuencias negativas de algunos recuerdos y menguar su fuerza (al final del Principio 1 doy algunas sugerencias para contrarrestar esta  memoria negativa). No obstante, lo que más me interesa destacar aquí es el hecho de que no existe una amnesia autoproducida que te libere del sufrimiento, por el contrario, empecinarse en «querer» olvidar a alguien produce casi siempre el efecto inverso. 



Si te dijeras a ti mismo que no quieres pensar en un oso blanco, no podrías quitarte el oso de la cabeza (haz el intento, para que te convenzas). Este resultado paradójico también se observa en cuestiones amorosas. Si te dices «¡No quiero pensar en tal persona! ¡No lo haré, no lo haré!», el recuerdo se activará automáticamente e impregnará tu memoria. En cierta ocasión, un paciente me hizo una demostración en vivo del método que utilizaba para «olvidar» a la que había sido «la mujer de su vida». Cerraba los ojos, adoptaba una postura corporal similar a una del yoga y empezaba a murmurar, como si fuera un mantra: «Ella no existe, no existe, no existe...». Poco a poco iba ele­vando el tono de voz y terminaba golpeando el suelo mientras seguía repitiendo a gri­tos que ella no existía. Como resulta evidente, después de semejante ejercicio, el hom­bre acababa exhausto y pensando en ella más que nunca.

La meta de «olvidar al otro» como si jamás hubiera existido, además de irracional, es ingenua, a no ser que decidas darte un martillazo en la cabeza y crearte una lesión cerebral, cosa que no aconsejo. La realidad es otra: aceptar la pérdida de manera saludable no implica crear una amnesia en torno a tu ex pareja, sino recordarlas in dolor ni rencor o con un dolor manejable y esclarecedor. El proceso que permite resolver la pérdida de modo inteligente y saludable se conoce como la elaboración del duelo y no se produce mágicamente de un momento a otro.

LAS CUATRO FASES DEL DUELO

En situaciones de pérdida afectiva, como por ejemplo la muerte de un familiar querido o la ruptura de una relación significativa, la naturaleza nos imprime una resig­nación obligatoria para que no malgastemos nuestra energía vital esperando un impo­sible. Como si nos dijera: «¡Ya no insistas, se ha ido!». El duelo es la manera natural en que nos despojamos de toda esperanza para aceptar los hechos y hacer que el prin­cipio de realidad se imponga sobre el principio del placer. El duelo no elaborado, mal procesado o interrumpido tiene lugar cuando los sujetos se resisten a entrar en la sana desesperanza («Ya nada puede hacerse») y apelan a una especie de momificación psicológica de la persona ausente. La famosa película Psicosis, de Alfred Hitchcock, es una muestra dramática y terrorífica de una pérdida no resuelta por parte de un joven psicológicamente enfermo (Norman Bates) ante la muerte de su madre.

El duelo es una respuesta no aprendida, normal y útil, que posee, al menos, cu­atro fases. Se calcula que puede durar de seis meses a un año, dependiendo de la cul­tura y la historia previa del sujeto.
  1.  En la primera etapa hay un embotamiento de la sensibilidad; el sujeto se siente aturdido e incapaz de entender lo ocurrido (puede durar horas o semanas). Sin embargo, cuando la dinámica se ve alterada, los deudos se quedan inmovilizados en este punto. El aturdimiento se transforma en insensibilidad y reaccionan como si nada hubiera pasado, cuando en realidad están destrozados por dentro. A los ojos de cu­alquier observador desprevenido, todo parece normal e incluso suele alabarse la for­taleza del que sufre la pérdida; no obstante el estancamiento va acumulando sentimien­tos y pensamientos de todo tipo, hasta que un día esa energía reprimida explota en forma de crisis tardía. Como quien dice: «La procesión va por dentro». La aparente lu­cidez no era más que un mecanismo de defensa. Esta suspensión del procesamiento emocional se denomina: ausencia de aflicción consciente, y cuando ocurre se requiere de ayuda profesional.
  2. La segunda etapa se caracteriza por el anhelo y la búsqueda. La persona que ha sufrido la pérdida, sencillamente, no la acepta. Aquí pueden aparecer manifestacio­nes como llanto, congoja, insomnio, pensamientos obsesivos, sensaciones de presen­cia de la persona ausente (y obviamente visitas a videntes y brujos), cólera y rabia... en fin, se intenta restablecer inútilmente el vínculo que se ha roto. Es una etapa de ansiedad y desesperación en la que el sujeto no quiere darse por vencido (puede durar de dos a tres meses).
  3.  En una tercera etapa, pese al dolor, el sujeto empieza a ver la realidad y a admitir la pérdida. Ve las cosas como son y, lógicamente, se agudiza la tristeza (puede durar entre dos y tres meses). Si la persona se queda en esta etapa, sobreviene la de­presión y con ella un trastorno conocido como duelo crónico o trastorno de adaptación, que requiere de ayuda profesional
  4. La cuarta etapa es la fase de reorganización y es cuando se origina la renuncia de toda esperanza por recuperar el ser que se ha ido. El individuo retoma la inicia­tiva y las ganas de vivir. Aquí se estructuran y se asimilan los nuevos roles que hay que desempeñar y tiene lugar el comienzo de una nueva vida.
Los terapeutas que acompañan en este proceso a sus pacientes están muy at­entos a que las personas no se queden estancadas en ninguna de las fases ni las pasen por alto. Si aplicamos los pasos señalados a la pérdida afectiva que te mortifica, es de esperar que: (a) te aturdas, (b) intentes recuperar a la persona amada, (c) bordees la depresión, y(d) finalmente reorganices tu vida. El amor enquistado será absorbido por el organismo de manera natural y sin necesidad de martillazo alguno.


La pregunta más frecuente que me hacen sobre este tema es: ¿y si apareciera alguien cuando todavía no he completado mi duelo? Resumo la respuesta: «No hay que apresurarse. Si conoces a alguien que vale la pena, ve despacio; no tienes que enrollarte emocionalmente de un día para el otro. Una buena compañía, un soporte afec­tivo, puede ayudarte a fluir mejor y sufrir menos, pero si precipitas las cosas, ya sea porque necesitas que te amen, porque no soportas el dolor de la pérdida o simple­mente porque quieres vengarte, tendrás dos clavos en vez de uno, o el mismo de siempre, pero más hundido. Llegará el momento en que recuerdes a tu ex sin tanto dolor y entonces estarás listo para amar nuevamente, mucho mejor y en paz».

Extracto del "Manual para No morir de Amor" de Walter Riso - Grupo Editorial Norma-Página 106-110

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