viernes, 14 de marzo de 2014

Nuestros hijos aprenden de nuestros actos

"Si no lo intentas nunca lo sabrás." - Ralp Waldo Emerson

Adolescencia, Crecimiento y Comunicación

Sé tan comprensivo con tus padres como deseas que ellos lo sean contigo.

La comunicación con nuestros padres

Mis años de adolescente fueron los más difíciles de mi época de crecimiento. Tenía muchos interrogantes, pero no quería escuchar a aquellos que creían tener todas las respuestas, en especial los adultos. Deseaba aprenderlo todo yo sola porque no confiaba en la información que me daban los adultos.

Sentía una especial animosidad contra mis padres, porque fui una hija maltratada. Me era imposible comprender cómo mi padrastro podía abusar de mí de aquella forma, y tampoco comprendía cómo mi madre podía tolerarlo y hacer como que no se daba cuenta. Me sentía engañada e incomprendida, y estaba segura de que concretamente mi familia y en general el mundo estaba contra mí.

A lo largo de los muchos años he aprendido que la gente joven, he descubierto que hay muchas personas que comparten esos mismos sentimientos hacia sus padres. He escuchado decir a los adolescentes, para describir sus sentimientos, que se sienten atrapados, sojuzgados, vigilados e incomprendidos. Ciertamente sería fabuloso tener unos padres comprensivos, atentos y adaptables a todas las situaciones, pero en la mayoría de los casos eso no es posible. Aunque tus padres no sean más que seres humanos como el resto de nosotros, muchas veces los consideramos injustos, exagerados, poco razonables, incapaces de comprendernos.

Un chico joven al que asesoré tenía muchas dificultades para relacionarse con su padre. Encontraba que no tenían nada en común, y que cuando su padre le hablaba sólo era para hacerle algún comentario despectivo o negativo. Le pregunté si sabía cómo había tratado a su padre su abuelo. Admitió que no lo sabía; su abuelo había muerto antes de que él naciera. Le sugerí que le preguntara a su padre acerca de su infancia y de la manera en que ésta había influido en él. Al principio el joven no se decidía a intentarlo; le resultaba violento hablar con su padre porque pensaba que éste lo ridiculizaría o lo juzgaría. Sin embargo, se decidió a dar el salto y accedió a abordar a su padre. La próxima vez que lo vi, el chico parecía más tranquilo.

— ¡Uy, Dios! —Exclamó——. No tenía la menor idea de la infancia que tuvo mi padre.
Por lo visto su abuelo había impuesto la norma de que todos sus hijos le trataran de «señor» al dirigirse a él, y todos vivían bajo el antiguo sistema de que los niños han de ser vistos pero no oídos. Si osaban pronunciar una palabra para llevar la contraria, se les castigaba severamente. No era nada extraño que su padre fuera tan crítico.

Cuando nos hacemos mayores, tenemos la intención de tratar a nuestros hijos de manera diferente a como fuimos tratados nosotros, pero aprendemos del mundo que nos rodea, y tarde o temprano comenzamos a actuar y hablar exactamente como nuestros padres. En el caso de este joven, su padre le infligía el mismo tipo de malos tratos verbales que él había recibido de su propio padre. Puede ser que no tuviera la intención de hacerlo; sencillamente actuaba de forma coherente con su propia educación. De todas formas, el chico llegó a entender algo más sobre su padre, y como consecuencia fueron capaces de comunicarse con mayor libertad. Aunque les llevaría mucho esfuerzo y paciencia por parte de los dos alcanzar un grado de comunicación ideal, por lo menos ambos estaban avanzando en una nueva dirección.

Yo creo firmemente que es muy importante que nos tomemos el tiempo necesario para averiguar y saber más acerca de la infancia de cada uno de nuestros padres. Si aún viven, puedes preguntarles: ¿Cómo eran las cosas en tu infancia? ¿Cómo se expresaban el amor y el cariño en tu familia? ¿Cómo te castigaban tus padres? ¿Qué tipo de presiones tenias que afrontar de parte de tus compañeros en esa época? ¿Les gustaban a tus padres tus amigos? ¿Hacías algún trabajo cuando eras niño o adolescente?

Al enterarnos más de la vida de nuestros padres, podemos ver las pautas que conformaron su manera de ser, y ver al mismo tiempo por qué nos tratan de la forma en que lo hacen. A medida que aprendamos a entender a nuestros padres y a simpatizar con ellos, los iremos viendo bajo una nueva luz, más amorosa. Tal vez puedas abrir puertas hacia una relación más comunicativa y afectuosa, una relación de mutuo respeto y confianza.

Si te resulta difícil incluso hablar con tus padres, comienza haciéndolo en tu mente o frente al espejo. Imagínate diciéndoles: «Hay una cosa que deseo decirte». Repite este proceso durante varios días seguidos: te ayudará a decidir qué deseas decir y cómo lo dirás. O bien, medita: habla en tu mente con cada uno de tus padres y aclara y limpia viejos asuntos. Perdónales y perdónate. Dijes que les amas. Después, prepárate para decirles lo mismo en persona.

Entendamos que no depende de nosotros que los demás cambien. En primer lugar necesitamos liberar todos los sentimientos reprimidos que acumulamos contra nuestros padres, y luego necesitamos perdonarles por no ser las personas que deseábamos que fueran. Siempre queremos que los demás sean como nosotros, piensen como nosotros, vistan como nosotros y hagan lo mismo que hacemos nosotros. Sin embargo, no hay duda de que todos somos diferentes. Para poder tener la libertad de ser nosotros mismos, es preciso que demos esa misma libertad a los demás. Obligando a nuestros padres a ser lo que no son, bloqueamos nuestro propio amor. Juzgamos a nuestros padres de la misma forma en que ellos lo hicieron con nosotros. Si deseamos comunicarnos verdaderamente con ellos, es necesario que erradiquemos nuestros propios prejuicios sobre su forma de ser.

Muchas personas ya adultas continúan con el juego de la lucha por el poder con sus padres. Los padres pulsan muchísimos botones, de modo que si deseas dejar de jugar a este juego, simplemente vas a tener que evitar tomar parte en él. Ya es hora de crecer y decidir lo que deseas hacer. Puedes comenzar por tutearlos, si no lo haces, o por llamarlos por su nombre. Seguir llamándoles papá y mamá cuando ya tienes cuarenta años te mantiene estancado en tu papel de hijo pequeño. En lugar de continuar siendo padre/madre e hijo/ hija, empieza a trataros como dos adultos.

Otra sugerencia es escribir un tratamiento afirmativo que detalle el tipo de relación que deseas tener con tu madre y/o con tu padre. Comienza por hacer las afirmaciones para ti mismo. Después de un tiempo puedes decírselo a él o a ella cara a cara. Si tu padre o tu madre continúan pulsando los botones, no permitas que sepan cómo te sientes realmente. Tienes el derecho de llevar la vida que desees. Tienes el derecho de ser adulto. Sé que esto puede no ser fácil. Primero decide qué es lo que necesitas y después dile a tu madre o a tu padre de qué se trata. No les hagas sentirse mal o equivocación. Pregúntales: « ¿Qué podemos hacer para solucionar esto?».

Recuerda que con la comprensión viene el perdón, y con el perdón viene el amor. Cuando hayamos progresado hasta el punto de poder amar y perdonar a nuestros padres, estaremos bien encaminados para ser capaces de disfrutar de relaciones plenas y satisfactorias con todas las personas que forman parte de nuestra vida.

El adolescente necesita autoestima
Es alarmante la forma como aumenta la tasa de suicidios entre los adolescentes. Al parecer hay cada vez más jóvenes que se sienten abrumados por las responsabilidades y que prefieren renunciar más bien que perseverar y experimentar la multitud de experiencias que les ofrece la vida. La mayor parte del problema reside en la manera en que nosotros, como adultos, esperamos que reaccionen ante las situaciones de la vida. ¿Quieren ellos realmente reaccionar de la forma en que lo haríamos nosotros? ¿Les estamos bombardeando con negatividad?

El período comprendido entre los 10 y los 15 años suele ser una etapa muy crítica. A esa edad, los jóvenes tienen la tendencia adaptarse y harán cualquier cosa con tal de ser aceptados por sus compañeros, En su necesidad de aceptación suelen ocultar sus verdaderos sentimientos, por temor a no ser aceptados y amados tal como son.

La tensión y el agobio social y por parte de mis compañeros que yo sufrí de joven no fueron gran cosa comparados con lo que actualmente han de soportar los jóvenes, y sin embargo, debido a los malos tratos físicos y psíquicos, a los 15 años abandoné colegio y hogar para vivir sola. Piensa en lo terrible que ha de ser para el adolescente actual tener que vérselas con el abuso de drogas, los malos tratos físicos, las enfermedades de transmisión sexual, la presión de compañeros y pandillas, los problemas familiares; a esto añadamos, a nivel mundial, la guerra nuclear, los trastornos ambientales, la delincuencia y muchísimo más.

Como padre, puedes analizar con tus hijos adolescentes la diferencia que hay entre las presiones negativas y las positivas por parte de sus compañeros. Estamos sujetos a estas presiones desde el momento en que nacemos hasta que abandonamos el planeta. Debemos aprender a enfrentarnos a ellas y a no permitir que nos dominen y controlen. De igual forma es importante que averigüemos y comprendamos por qué nuestros hijos son tímidos o traviesos, por qué están tristes, por qué les cuesta aprender en el colegio, por qué son destructivos, etcétera. Los adolescentes han recibido una fuerte influencia de la forma de pensar y las pautas para demostrar los sentimientos establecidos en su hogar, y día a día toman decisiones y hacen opciones basadas en ese sistema de creencias. Si el ambiente del hogar no ofrece confianza y amor, el adolescente buscará la confianza y el amor en otro sitio. Muchas pandillas ofrecen el ambiente adecuado para que se sienta seguro. Allí crean lazos familiares, por muy perjudiciales que sean para ellos.

Sinceramente creo que muchas de estas penurias podrían evitarse si sólo consiguiéramos que los jóvenes se plantearan una importante pregunta antes de actuar: «¿Me hará esto sentirme más a gusto y mejor conmigo mismo?». Podemos ayudar a nuestros adolescentes a considerar sus opciones en cada situación. La elección y la responsabilidad les devuelven el poder. Los capacitan para hacer algo sin sentirse víctimas del sistema.

Si podemos enseñar a nuestros hijos que no son víctimas y que tienen la posibilidad de cambiar sus experiencias aceptando la responsabilidad de su propia vida, empezaremos a ver progresos importantes.

Es esencial mantener abiertas las líneas de comunicación con los hijos, sobre todo cuando son adolescentes. Lo que suele suceder cuando los hijos comienzan a hablar de lo que les gusta y lo que no les gusta es que se les dice una y otra vez: «No digas eso. No hagas eso. No sientas eso. No seas así. No te expreses de este modo. No, No, No...». Finalmente los hijos dejan de comunicarse y a veces se van de casa Si quieres verte rodeado por tus hijos cuando sean mayores, mantén abiertas las líneas de comunicación ahora que son jóvenes.

Celebra esas características únicas de tu hijo o tu hija. Permite a tus hijos adolescentes que se expresan a su manera, a su estilo, aunque a ti te parezca que es una manía o una moda. No les hagas sentirse mal ni los desanimes. Quién sabe la cantidad y cantidad de modas y manías por las que he pasado en mi vida, y lo mismo te sucederá a ti y les sucederá a tus hijos.

Nuestros hijos aprenden de nuestros actos

Nuestros hijos jamás hacen lo que les decimos que hagan; hacen lo que nosotros hacemos. No podemos decirles «No fumes» o «No bebas» o «No tomes drogas» si nosotros lo hacemos. Hemos de servirles de ejemplo y llevar el tipo de vida que deseamos que ellos lleven. Cuando los padres están dispuestos a amarse a sí mismos, es asombroso ver la armonía que se consigue en la familia. Los hijos responden con un nuevo sentido de autoestima y comienzan a valorarse y a respetarse.

Un ejercicio para la autoestima que puedes realizar tú y tus hijos juntos es hacer una lista de algunos de los objetivos que deseáis alcanzar. Pídeles a tus hijos que escriban cómo se ven a sí mismos dentro de diez años, dentro de un año, dentro de tres meses. ¿Qué tipo de vida desean tener? ¿Qué tipo de amigos les sería más beneficioso? Haz que enumeren sus objetivos, cada objetivo acompañado de una breve explicación y una sugerencia sobre cómo pueden hacer realidad sus sueños. Haz tú lo mismo.

Todos podríais guardar vuestras listas a mano para recordaros los objetivos. Pasados tres meses, repasa juntos las listas. ¿Han cambiado los objetivos? No permitas a tus hijos que se autocastiguen por no haber llegado hasta donde deseaban. Siempre pueden modificar su lista. Lo más importante es proporcionar a los jóvenes algo positivo que esperar con ilusión.

Separación y divorcio

En caso de separación y/o divorcio en la familia, es muy importante que los padres sean positivos y amables. Es una situación muy tensa para un niño que uno de los padres le diga que el otro no es bueno o no vale nada. Como madre o padre, ámate cuanto te sea posible mientras tienes experiencia que te provocan temor y rabia, porque el niño se contagiará de tus sentimientos. Si estás pasando por un período de confusión, trastorno y dolor, el niño lo captará. Explícales a tus hijos que «tus cosas» no tienen nada que ver con ellos ni con lo que ellos valen.

No permitas que se hagan la idea de que cualquier cosa que pasa es por su culpa, porque eso es lo que suelen creer muchos niños. Hazles saber que les amas muchísimo y que siempre estarás allí para ellos. Te sugiero que trabajes con el espejo cada mañana en relación con tus hijos. Haz afirmaciones diciendo que pasarán con toda facilidad y sin mayor esfuerzo por los tiempos difíciles de modo que todo el mundo estará bien. Libera tus experiencias dolorosas con amor y haz afirmaciones de felicidad para todas las personas implicadas.

Creo que estamos en la antesala de importantísimos cambios en nuestra sociedad, sobre todo en relación con la comprensión de nuestra propia valía. Si los profesores, en particular, logran colocar en el buen camino su propio sentido de valía personal, ayudarán enormemente a nuestros hijos. Los niños reflejan las presiones sociales y económicas con que nos enfrentamos. Cualquier programa relativo a la autoestima tendrá que abarcar a alumnos, padres y profesores, como también a las empresas y organizaciones.

Envejecer con gracia

Son muchas las personas que temen envejecer y sobre todo parecer viejas. Hacemos de la vejez algo tan terrible y poco atractivo... No obstante, es un proceso natural y normal de la vida. Si no podemos aceptar a nuestro niño interior y sentimos a gusto con lo que fuimos y con lo que somos, ¿cómo podemos aceptar la etapa siguiente?

Si no te haces viejo, ¿qué otra alternativa tienes? Abandonar el planeta. En nuestra cultura hemos creado lo que yo llamo «el culto a la juventud». Está muy bien y es bueno amarnos cuando somos jóvenes, pero ¿por qué no podemos amarnos cuando nos hacemos mayores? Al final habremos pasado por todas las edades de la vida. Muchas mujeres se sienten invadidas por la angustia y el temor cuando piensan en la vejez. La comunidad gay también afronta muchos problemas que tienen que ver con la juventud, la apariencia y la pérdida de la belleza. Hacerse viejo significa tener arrugas, canas, la piel floja... y, sí, yo deseo hacerme vieja. Eso forma parte del hecho de estar aquí. Estamos en este planeta para experimentar todas las partes de la vida.

Yo entiendo que no queramos ser viejos y estar enfermos, de modo que separemos esas dos ideas. No nos imaginemos ni nos veamos poniéndonos enfermos como medio para morir. Personalmente, yo no creo que hayamos de morir necesariamente de enfermedad.
Creo, en cambio, que cuando llega nuestra hora de partir, cuando hemos realizado lo que vinimos a hacer aquí, podemos echar una cabezadita o irnos a la cama por la noche, y partir tranquila y pacíficamente. No es necesario enfermar mortalmente. No tenemos por qué estar conectados a máquinas. No tenemos por qué estar echados sufriendo en un sanatorio para poder abandonar el planeta. Actualmente hay muchísima información disponible sobre cómo mantenernos sanos. No lo aplaces, hazlo ahora mismo. Tenemos que sentirnos maravillosamente cuando seamos viejos, para así poder seguir experimentando nuevas aventuras.

Tiempo atrás leí algo que despertó mi curiosidad. Era un artículo sobre una facultad de medicina de San Francisco donde habían descubierto que nuestra forma de envejecer no está determinada por los genes, sino por algo que ellos llaman «el momento señalado para envejecer», un reloj de tiempo biológico que existe en nuestra mente. De hecho, este mecanismo controla cuándo y cómo empezamos a envejecer. El momento señalado, o reloj del envejecimiento, está regulado en gran parte por un factor importantísimo: nuestra actitud hacia el hecho de hacerse viejo.

Por ejemplo, si crees que tener 35 años es ser de mediana edad, esa creencia pondrá en marcha cambios biológicos en tu cuerpo que harán que el proceso de envejecimiento se acelere cuando llegues a los 35 años. ¡Fascinante!, ¿verdad? En algún sitio y de alguna manera, nosotros decidimos qué es edad madura y qué es vejez. ¿Dónde pones tú el «momento señalado» en tu interior? Tengo en mi mente la imagen de que voy a vivir hasta los 96 años y que continuaré activa, de modo que es muy importante que me mantenga sana.

Recuerda también que lo que damos recibimos de vuelta. Sé consciente de cómo tratas a las personas mayores puesto que cuando seas viejo esa será la forma en que te tratarán. Si tienes ciertos conceptos acerca de la gente mayor, te lo repito, te estás formando ideas a las que responderá tu subconsciente. Nuestras creencias, nuestros pensamientos y conceptos sobre la vida y sobre nosotros mismos siempre se convierten en realidad.

Yo creo que uno escoge a sus padres antes de nacer con el fin de aprender valiosas enseñanzas. Nuestro Yo Superior sabe qué experiencias necesitamos para avanzar en nuestra senda espiritual. De modo que sea el que fuere el trabajo que viniste a realizar con tus padres, continúa haciéndolo. Sea lo que fuere lo que ellos digan o hagan, o lo que hayan dicho o hecho, en último término tú estás aquí para amarte a ti mismo. Como padre o madre, permite a tus hijos que se amen a sí mismos, proporcionándoles el espacio en que se sientan seguros para expresarse de forma positiva e inofensiva. Recuerda también que así como nosotros elegimos a nuestros padres, nuestros hijos nos han elegido a nosotros. Todos tenemos importantes lecciones que aprender.

A los padres que se aman a sí mismos les resulta más fácil enseñar a sus hijos a amarse. Cuando nos sentimos a gusto con nosotros mismos podemos enseñar la dignidad y el sentido de valía personal con el ejemplo. Cuanto más trabajemos en amarnos mejor comprenderán nuestros hijos que es bueno hacerlo.

Del Taller de Autoestima de Juan Carlos Fernández. Capítulo 128 Volumén 2: Adolescencia, Crecimiento y Comunicación

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