miércoles, 27 de agosto de 2014

Cómo nos percibimos a nosotros mismos 1/2

"Intentamos conocer el mundo que nos rodea, cuando la
verdadera sabiduría es conocernos a nosotros mismos." 
- José Alberto Navarro


En este capítulo trataremos  de cómo nos percibimos a nosotros mismos, de nuestra construcción como personas. Es la base de todo lo que sentimos y hacemos en el mundo, a partir de esa construcción personal elegimos nuestro lugar.

Para la legendaria pregunta que los seres humanos nos hacemos desde el principio de los tiempos: ¿Quiénes somos y adónde vamos? hay muchas respuestas. Las respuestas, desde ya, han ido cambiando según las corrientes filosóficas imperantes encarnadas por las culturas en distintas partes del planeta. Pero ante todo debemos definir qué es una identificación. Es, a mi criterio, el apego a una idea.  Podemos profundizar esta definición sin embargo básicamente es eso. Nuestra mente funciona así, calca, copia, y una vez que produce ese mecanismo lo archiva. Tal vez nos resulte más fácil ahora que aprendimos a manejar computadoras, las computadoras a su vez nos han copiado a nosotros los humanos. Jorge Luis Borges decía que todo lo que existe en el mundo es una extensión del cuerpo humano y sus capacidades, un puñal es la extensión de la mano, por ejemplo. Y la PC bien puede ser considerada la extensión de nuestra mente.

Las personas necesitamos simbolizar para sobrevivir psíquicamente, así creamos una idea de padre, de madre y de nosotros mismos forjada a través de las experiencias. Pero esas ideas no son estigmas, de hecho pueden ser cambiadas por otras ideas y así ocurre, es inevitable.  Por otra parte no son las experiencias en sí mismas las que crean estas huellas o registros sino la interpretación que hacemos de ellas, y ahí también interviene nuestra mente. Claro que el cambio se produce en un tiempo que relacionado con la vida humana es muy extenso. La fuerza del cambio o de la evolución es una  cualidad  de  la energía y por lo tanto tiene la pujanza constante de lo que no se doblega, pero la tendencia al arraigo también lo es. Una vez que una persona crea su propia imagen de sí, se aferra a ella y si no adquiere una actitud consciente, posiblemente muera con  esa representación mental de lo que cree que es, debido a que opera un principio de inercia. Todo es energía, la mente y nuestras emociones también lo son.     

Volviendo al planteo inicial de las transformaciones según las épocas, podemos decir que para una sociedad muy estratificada socialmente  como la nuestra el "quién soy" individual suele estar registrado y enmarcado por esa desigualdad y la respuesta es: soy el que está por encima del otro socialmente o soy el que está en la línea  tal o cual de la sociedad. Sobre todo que tiene una connotación económica muy marcada.

La manera de pensarse es en oposición al otro. De allí que la competencia tenga tanto arraigo en este proceso de delinear la propia identidad, la persona se está midiendo constantemente con un afuera, una pauta externa que no le permite encontrar en su interior su propia dimensión. Esto explica porque es tan difícil dejar de ver el exterior y a los demás y descubrir mi maravilloso ser, esta introspección es algo que muy difícilmente en nuestra cultura nos enseñan.

Uno de los ejemplos más básicos para explicar el cambio de conciencia es el pasaje de la Edad Media al renacimiento europeo, el cambio fue importante y la cosmovisión humana  se transformó, dio un salto. La identidad del ser humano de la Edad Media se forjaba comunitariamente con relación a una figura paternal que era la de Dios, el concepto de individualidad surge en el Renacimiento y se expresa en ese afán de notoriedad pública que observamos en los llamados genios de la pintura, en artistas y en científicos.  Esto se corresponde con un avance de la clase social llamada "burguesía" agrupada en las ciudades, nace el llamado mundo moderno vinculado al desarrollo de la escritura que, con la invención de la imprenta, se populariza.

La escritura ha fortalecido el desarrollo del hemisferio izquierdo del cerebro, que como sabemos tiene la función de separar, clasificar y analizar. El cambio que estamos viviendo en este momento es semejante aunque en un grado mayor y la revolución  ya no es mecánica sino cibernética.   Muchos cuestionan que tanta gente se pase horas frente a las pantallas de TV o PC, pero es un proceso de compensación, porque la imagen desarrolla el hemisferio derecho del cerebro que tiene la función de integrar, simbolizar y relacionar y así se contrapesan siglos de decodificación de escritura.

Entonces tomando el ejemplo de aquel salto del siglo XVI que a la pregunta clásica de quiénes somos, respondió: somos los hacedores de un mundo moderno y ya no nos definimos por ser los hijos de un Dios todopoderoso, hoy podemos respondernos de una manera un tanto más confusa. Más allá de las convicciones religiosas de cada persona o de la filosofía imperante, en Occidente la respuesta se tambalea y se viene tambaleando desde hace unas cuantas décadas.  Sin irnos demasiado lejos podemos observar el modo en que nuestros próceres nacionales construían esa identidad a la que podemos llamar filosófica. Eran los forjadores de la nación y a esa causa entregaban su vida,  debido a que en el proceso de forjar la identidad individual, la consolidación de la nación y su pertenencia a ella constituían el marco de esa identidad.

Eran en tanto y en cuanto se sentían formando parte de una comunidad nacional. Hoy podemos sonreír cuando escuchamos que tal o cual prócer nacional dijo antes de morir  determinada frase,   puede parecérsenos exagerado que alguien piense en la patria o en ganar una batalla en el momento de morir, pero sea o no cierta la frase  dicha, expresa una cosmovisión. En ese sentido nuestros antepasados no tenían conflictos. La nación era su identidad. El siglo XX extendió fronteras y la nación dio paso a la ideología y la pertenencia a un país no otorgaba tanta identidad como la filiación a una doctrina de carácter político. El siglo XX fue el siglo de las ideologías, del mismo modo que dos siglos antes los vástagos de un reinado se sentían plenos por seguir los mandatos de su rey.

Podemos trazar una línea que va desde el clan o la tribu, los imperios, los reinos, las naciones hasta las ideologías. Hoy, aunque nos sentimos parte de una nación, nuestra identidad no está puesta en ese marco. Porque la identidad nos da la sensación de plenitud y en la evolución de nuestra conciencia esa etapa ya fue incorporada, es decir que ya lo aprendimos, ahora necesitamos aprender otra cosa. Si la identidad es ese espejo que nos muestra quiénes somos. ¿Quiénes somos hoy para nosotros mismos? ¿Cuál es la imagen que reflejada nos permite reconocernos y sentirnos completos, íntegros y parte de una unidad mayor?      

Yo, por ejemplo, son mexicano y ciudadano de Toluca, pero también me siento latinoamericano y también me siento ciudadano del mundo.  Y hace muy poco que el planeta no me alcanza porque sé que más allá hay seres y concepciones que también me definen. No me alcanza esta configuración geográfica para trazar una imagen de mí misma frente a mí misma.

El año pasado  escuché en un seminario dado por Mónica Sokolosky que es una empresaria argentina que trabaja comprometidamente además para desarrollar la conciencia  realizando talleres y seminarios,  ella dijo al pasar que existen cuatro identificaciones que son falsas pero que en algún momento y en mayor o menor medida están funcionando en la actualidad. Cito, aunque no por orden de importancia ya que no existe tal orden.

La identificación con el pasado.
Esta es una de las más encarnizadamente apegadas en nuestra cultura. Es obvio que somos el resultado de una serie de tendencias, en eso se basa la psicología en todas sus ramas, la antropología también hace su aporte y ahora la neurociencia y la biología han entrado a tallar para ofrecer sus  descubrimientos con  mucho más peso en esta profundización de los condicionamientos humanos. Las tendencias existen, sin duda, pero hasta dónde le otorgo todo el poder a esas tendencias. La vida se sostiene igual que  la estructura de una obra de arte, es decir en el contraste y la polaridad.

Si la fuerza no tiene otra fuerza equivalente que se le oponga no existe la vida. Creer que porque tuviste una infancia desdichada en tu vida, será siendo desdichada es una idea forjada por una corriente cultural que no es una verdad. Nada de lo que te ha sucedido en el pasado sea lo que sea determinar lo que deseas ser en el futuro.

Si yo creo que las  tendencias del pasado tienen más  poder que mi propia capacidad de evolucionar y que mi voluntad y mis deseos de vivir, le estoy entregando el poder de mi creencia (que es  sólo una creación de mi mente) y a  partir de una creencia se estructura toda la cosmovisión de una persona, se abre un marco y en ese marco se organiza el saber. Y si lo pensamos bien es un contrasentido. La vida se define a cada instante.

La vida se reformula en cada acto de  nuestra respiración. Para los que como yo creemos en la trascendencia, es decir en que este núcleo de conciencia que nos conforma como humanos y que no se desintegra cuando el cuerpo ha agotado su experiencia en la tierra sino que continúa como una energía aglutinada y sigue su viaje a otro plano de existencia, sea reencarnando o pasando a otras dimensiones para reencarnar o no más adelante, las creencias son más frágiles que para los que suponen que todo se juega en este plano tridimensional del mundo de la materia. Ese núcleo de conciencia llamado "alma" por los católicos, "atma" por los hindúes tiene una unidad en sí y una memoria de sí, de modo que no se dispersa por el simple hecho de desprenderse de la materia densa, ese conjunto de materia sutil que podemos llamar  alma o como se nos antoje, responde a las leyes de la física que entre otras tantas aseveraciones sostiene que “en la naturaleza nada se pierde, todo se transforma”, es un antiguo axioma que aprendimos en el colegio.  Desidentificarnos con el pasado no es tan difícil si tomamos conciencia de que es una línea de pensamiento que construimos. 

De un modo correlativo se trata de no identificarnos con nuestra mente. Es preciso hacer una tarea de descondicionamiento y los caminos son muchos, las técnicas proliferan, la neurociencia nos demuestra que cada experiencia produce una huella cerebral pero también podemos modificar el funcionamiento produciendo hormonas que van cambiando la configuración de nuestro cerebro. Es cierto que hay condicionamientos determinantes en casos de violadores seriales, en los registros de la adicción a drogas, pero aún en este último caso es posible estacionarse y frenar así el automatismo como lo atestigua el éxito de los grupos de Alcohólicos  Anónimos y químico dependientes. Personalmente confieso que despegarme del pasado no es lo que más me ha costado o quizá estuve cuarenta años intentándolo y a la larga creo haberme despegado,  pero la trampa al menos en mi caso fue apegarme a la siguiente identificación que es:

La identificación con el futuro.
Cuando nos identificamos con una imagen forjada por nosotros mismos, tendemos a creer que allí está nuestra identidad y con el correr del tiempo esa identidad se va fortaleciendo, pero está apoyada en una falsedad. Una de las identificaciones  que tendemos a realizar y con la que justificamos la mayor parte de nuestra vida suele ser la identificación hacia el pasado, desarrollada  mínimamente en el artículo de abajo, la otra es: La identificación con el futuro: Esta identificación puede darse en distintos niveles. En mi caso descubrí que se producía en una falta de conexión con la vida misma colocando todas mis aspiraciones en un lugar que no había llegado y que nunca llegaría, porque el futuro es eso, una utopía, NO EXISTE, solo existe en nuestra mente.

Por un lado me declaro optimista y siempre estaba a la espera que aparecieran las manifestaciones de lo anhelado.    Sin embargo las circunstancias históricas, como era de esperarse, influyeron también. Formé parte de la llamada generación de transición después de ruptura con lo establecido que comenzó en los 60´s.

No es necesario haber adherido a estas ideas para haber sentido su impacto, nadie escapa al influjo de su época debido a que existen campos de energía en las sociedades que afectan a todos sus integrantes; o como dice Carl Jung somos parte de un inconciente colectivo.  En aquellos años estaba en auge los hippies que pretendían darlo vuelta todo. Esta cosmovisión ponía el acento en la transformación social, sea esta política o de costumbres,  lo que promovió la predisposición a endiosar ese “después” que vendría luego del cuestionado hoy. En cierto sentido fue una generación de soñadores llenos de nostalgias del tiempo que vendrá. 
  
Desde un punto de vista espiritual, la identificación con el futuro es menos fácil de detectar que la identificación con el pasado, incluso el arte se ha ocupado de crear esos personajes vetustos encerrados en una casa o aferrados a lo antiguo como paradigmas del apego al pasado,  pero la identificación con el futuro goza de bastante buena salud en nuestra moderna sociedad. En realidad la teoría positivista lógica que tuvo tanto peso desde fines del siglo XIX se apoyaba en la idea de que el progreso indefinido de la ciencia nos llevaría a la felicidad humana sin medida. Y nosotros nos formamos culturalmente con estas ideas, de modo que necesitamos revisarlas.

Si observamos bien la propaganda que nos bombardean desde los medios de comunicación se sustenta en este concepto filosófico: el jabón es el mejor porque lava mejor, pero pronto va a salir otro que lava más. Y aunque sea el mismo jabón le cambian el paquete, lo adornan y nos hacen creer que es otro más eficaz. Así con los celulares, ahí tenemos un buen ejemplo, no basta con que los celulares que son maravillosos y útiles sirvan para hablar, sirven para enviar mensajes de texto, para usar como calculadoras, para entretenernos con juegos,  para sacar fotos y pronto nos van a servir para rascar la espalda. 

Cuando nos ofrecen un producto nos están vendiendo una ilusión. Trabajé algunos años en el rubro de turismo y solíamos decir que no le vendíamos a la gente pasajes o excursiones, sino ilusiones de un momento feliz en el futuro. El sistema de compra venta de mercancía que nos induce al consumismo se apoya en la visión filosófica del positivismo lógico. Está todo muy bien, el problema es lo que subyace en la base de esa carrera loca: y es la desconexión con el presente porque la identificación con el futuro se apoya en la insatisfacción del presente.

Esto va creando un control mental que nos impulsa a colocar nuestra conciencia en un afuera lejano. Todavía el positivismo lógico como modelo de pensamiento rige nuestra vida y en el fondo sentimos o creemos que acumulando más bienes de consumos seremos un poco más felices. O que lo bueno y lo que mejorará mi vida viene de afuera y ese afuera puede estar representado por muchas cosas y en esencia se trata del futuro mismo como un lugar por ahora inaccesible. Aunque hayamos revisado este concepto,  sobrevive y se mezcla con lo que digerimos día a día.

Lo que cifra esa espera del futuro puede estar llenado con la  acumulación de  información, o prestigio,  sin darnos cuenta nos desviamos hacia la carrera mental como una boca abierta hacia exterior que nos garantizará placer, satisfacción o lo que mi persona considere satisfactorio.  La idea de acumulación está vinculada con la falsa identificación con el futuro.  Es como esos animalitos que guardan comida para el invierno. La sociedad moderna tiene hambre de futuro y nos crea apetitos constantes.  Este futuro  se nos presenta tan inapresable que pretendemos alcanzarlo y, como no tiene cualidad en sí mismo, intentamos agarrarlo con la cantidad.  La cantidad, la acumulación nos liga al mundo material, la cualidad, en cambio, nos vincula al mundo de las representaciones, a los símbolos, a lo que tiene sustancia y no puede ser descartado.

La identificación con el futuro es en la actualidad muy poderosa porque  la sostiene la insatisfacción, la prueba está que tienen tanto éxito los adivinos y todas sus variantes, no siempre en un sentido de auto indagación genuina que en eso el tarot y la astrología  psicológica hacen aportes valiosos, sino como tanteo de lo que está por venir fuera del alcance de mis propias decisiones. Si me identifico con el futuro, es decir si creo que mi identidad está forjada por lo que llegaré a ser o llegaré a tener o llegaré a protagonizar, apoyo mi propia vida en un vacío, en la espera, en el “mientras tanto”.

Lamentablemente la práctica política muchas veces se  sostiene excesivamente en esto como son muchos movimientos de izquierda en el mundo, todo estaba puesto en un futuro absolutamente lejano llamado “revolución” sin que los indicios concretos del presente respaldaran los pasos dados y por eso, si las condiciones no estaban dadas,  la propuesta revolucionaria afirmaba que había que crearlas incluso contra los deseos del pueblo mismo. Cuando la  propia existencia se sustenta en el futuro, se pierde la noción del valor de la calidad de vida; como ejemplo, basta ver el nivel de vida de los cubanos hoy.

Si  hay algo que caracteriza nuestra existencia humana es la revolución permanente, pero permanente no en la espera de un acontecimiento prodigioso ó revolucionario situado fuera de nosotros mismos y que nos cambiará de lugar y nos hará felices de la noche a la mañana, no para nada,  sino permanentemente en forma interna: cambian nuestras células, cambia el ritmo y la velocidad en que los electrones giran alrededor del átomo dentro de nuestra materia. Cambian nuestras ideas sobre el mundo y sobre nosotros mismos.

Cambiamos nosotros y esta es una buena metáfora para sentir que el futuro está en nuestro presente.  Por desgracia muchas ofertas de venta de productos, muchas teorías religiosas y sectarias se consolidan fortaleciendo está falsa identificación que otorgan una identidad pasajera a las personas. Como por  ganar la lotería o esperar al esposo ideal o al romance o a la mudanza a un barrio más distinguido.  Y mientras esto ocurre, la persona se desvincula con su centro colocando sus expectativas en un lugar ajeno a su propio poder de transformación.   La identificación con el futuro  debe ser muy tentadora para nosotros,  ya que es el argumento más sólido del  lenguaje publicitario y de los discursos políticos y algunas sectas religiosas que terminan ofreciendo sueños dorados para tapar la insatisfacciones personales, por lo tanto es la que más  necesitamos revisar. Se explica  perfectamente que esta identificación con el futuro tenga tanto arraigo: toda la cultura Occidental se  nutre de lo exterior,  de lo que viene de afuera.

 Debemos recordarnos una vez más que las llaves están siempre adentro de nosotros.  La identificación con el futuro es  igual a las otras tres identificaciones, absolutamente falsa y no tiene nada que ver con lo que somos en verdad, en lo profundo. Y si pensamos un poco en el hambre de fama que se percibe en tanta gente no es otra cosa que una identificación con el futuro, se ponen todas las expectativas en ese “llegar a ser”. Tengamos en cuenta  que la identificación falsa es una idea autoengañosa que nos  hace creer  lo que no somos y así perdemos nuestra verdadera identidad y es el camino más directo hacia la desdicha. Ya que de eso se trata estar aquí en el mundo: llegar a  ser feliz.

Continuará...

 Ver capítulos anteriores del Taller de Autoestima
Del Taller de Autoestima de Juan Carlos Fernández. Capítulo 253 Volumén 2:Falsas identificaciones del  Autoconocimiento

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