miércoles, 9 de marzo de 2016

Como llegar a ser una una mujer mayor y esplendorosa. {PorJean Shinoda Bolen}

“Hay algo deliciosamente escandaloso en la frase “mujer mayor fresca y esplendorosa.”


Los adjetivos “fresca” y “esplendorosa”, usados junto a “mujer mayor”, nos chocan primero y después los asumimos.

Hace varios años estaba dando una charla y salió esta frase, que adoptaron inmediatamente la totalidad de mujeres que había en el auditorio.

Creo que describe con gran acierto los años de vejez de una mujer que ha integrado los arquetipos y las tareas de doncella y madre en su personalidad.

Su actitud y su espíritu son como el verde fresco de la primavera y saluda la posibilidad propia y ajena de crecer de un modo distinto.
Hay algo sólido en esa manera de ser una mujer adulta cuya vida ha dado frutos a través tanto del cultivo y la poda, como de la templanza y el trabajo; sabe por experiencia propia que para plantar y dejar crecer nuevas posibilidades para sí misma o los demás, y para que se hagan realidad, se necesita empeño y amor.

También hay algo en su pasión por la vida que es como una fruta de verano madura y esplendorosa.

Esa mujer inicia con la menopausia una nueva etapa, y se muestra abierta a nuevas posibilidades.

La mujer mayor fresca y esplendorosa ha vivido lo suficiente para implicarse profundamente en compromisos entusiastas y llevar adelante su vida personal como un proyecto de pleno sentido, por muy especial, feminista o tradicional que pueda parecerles a los demás.

Para ello es necesario saber quiénes somos en nuestro interior, y creer que nuestros actos son la reflexión o expresión verdadera de nuestro auténtico yo.

Lo que me inspiró “fresca y esplendorosa” fué la teología viriditas de Hildegard von Bingen (“La energía vivificante”).

Von Bingen fué una mujer extraordinaria que vivió hace ochocientos años e hizo gala de una personalidad renacentista y feminista antes de Renacimiento y el feminismo se hubiera inventado.

En “Illuminations of Hildegard of Bingen”, el téologo Matthew Fox fué el primero en presentar la figura de Hildegard a sus lectores.

Esta mujer, nacida en 1098 y fallecida en 1179, ejerció una considerable influencia. Fue abadesa benedictina, mística, médica, téologa, música, botanista y pintora.

En una época en que eran pocas las mujeres que sabían escribir, y en la que a la mayoría se les negaba una educación formal, ella mantenía correspondencia con emperadores, papas, arzobispos, nobles y religiosas.

Viajó, predicó extensamente, fundó monasterios y, haciendo gala de una gran astucia, mantuvo una posición política muy abierta.

En momentos clave de su vida, desafió la autoridad de los superiores de su Iglesia y acabó imponiendo su criterio.

La autoridad y creatividad de Hildegard fué creciendo a medida que iba cumpliendo años.

Tuvo una vida excepcionalmente longeva para la época (ochenta y un años), rasgo que es un común denominador para las mujeres que en la actualidad inician sus años de vejez.

Hildegard tuvo que desarrollar su intelecto y su talento para llegar a hacer lo que hizo y ser la persona que fue.

En esa época eso sólo era posible viviendo en una comunidad religiosa de mujeres, la cual le permitía dedicarse a aquello que le interesaba.

La religiosa fue capaz de tomarse en serio a sí misma, obtener el consuelo espiritual a través de la meditación y reaccionar sin tregua ante los acontecimientos del mundo exterior.

Hildegard, como ejemplo de la vieja fresca y esplendorosa, fue lo que yo llamo una mujer capaz de realizar sus propias elecciones.

La mujer que realiza sus propias elecciones

Ser una mujer que realiza sus propias elecciones significa que lo que decidimos hacer o ser debe estar en consonancia con nuestra genuina personalidad.

En ese caso lo que hagamos con nuestra vida tendrá sentido, y lo sabremos en el fondo de nuestro ser y en lo más íntimo de nuestra alma.

A nadie más le resultará posible conocer esa verdad interior o juzgarla, sobre todo teniendo en cuenta que el mismo papel y el mismo conjunto de circunstancias puede satisfacer a una mujer y reprimir a otra.

Hay importantes momentos en la vida de las personas en los que las elecciones que realizamos y la identidad que adoptamos se hallan relacionadas.

En esos momentos de sinceridad nos encontramos en una bifurcación de caminos en la cual deberemos escoger la dirección a tomar. Todas estas elecciones siempre tienen un coste, no obstante. El precio que pagamos es el camino no escogido, la senda a la cual renunciamos.

Una mujer mayor, fresca y esplendorosa lleva una vida gratificante. Puede ser que nosotras también alcancemos esta clase de vida con ayuda de la intuición y la gracia divina. Sin embargo, para una mujer mayor de hoy en día, una vida gratificante generalmente implica tomar decisiones y correr riesgos.

Debemos solventar los conflictos entre nuestras distintas lealtades, incluyendo la reacción de los que se enfaden con nosotras por no estar a la altura de sus expectativas.

Pensemos en nosotras como si fuéramos el personaje protagonista de una novela o película que se va escribiendo con cada decisión que tomamos o cada papel que interpretamos, y en función de lo comprometidas que estemos con nuestra propia historia.

Las aspiraciones positivas o las expectativas negativas que nuestros padres alimentaron sobre nosotras, nos sirvieron para crecer en un sentido positivo o, justo al revés, nos causó un daño enorme si existía una gran discrepancia entre la persona que se suponía que debíamos ser y nuestras propias potencialidades y necesidades.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que también nos malearon ciertas personas de nuestra vida, especialmente aquellas a quienes concedimos autoridad o amamos.

Es posible, por consiguiente, que en la actualidad, y como resultado de ello, en lugar de considerarnos protagonistas de nuestra propia historia, nos veamos desempeñando un eterno papel secundario o nos hayamos convertido en unas víctimas.

Existen únicamente, como apuntan a menudo los escritores de ficción, un número determinado de argumentos básicos y otro de personajes típicos o arquetípicos (lo cual es también cierto en la vida).

A lo mejor el pasado no fue sino el preludio del período más auténtico de nuestra vida; y ahora, aun cuando hayamos vivido más o menos según las expectativas de los demás, nos ha llegado el momento de elegir ser nosotras mismas.

Tal como Jenny Joseph dice en la primera línea de su libro Warning: «Cuando sea mayor, me vestiré de púrpura». Con ello quiere decir que finalmente llevará lo que le apetezca y hará lo que le plazca, convirtiéndose de este modo en sí misma.

Las mujeres se vuelven más fieles a sí mismas después de la menopausia no sólo porque se hacen mayores, sino porque sus circunstancias cambian. Los hijos crecen y abandonan el hogar; y con la edad, el matrimonio adquiere trazos de compañerismo.

La muerte de uno de los padres puede liberarnos del sentimiento de culpa o de la dedicación que debemos prestarles, o quizá sea el motivo de que heredemos. También podemos enviudar.

Quizá nuestro esposo nos abandone, o seamos nosotras quienes lo abandonemos, forzando que cambien nuestras circunstancias. Cabe la posibilidad de que nos enamoremos y cambiemos nuestra vida o nuestro estilo de vida.

A lo mejor nuestra trayectoria profesional empieza a decaer. Igual empezamos a practicar la meditación espiritual, o bien descubrimos que somos muy aficionadas a esta clase de prácticas.

A lo mejor es la psicoterapia la que nos hace replantearnos la vida o como escribí en Close to the Bone, una enfermedad grave puede ser el momento decisivo que nos libere y nos permita descubrir lo que en realidad tiene sentido para nosotras y nutre nuestra alma.

Cuando nos consideramos mujeres con capacidad de realizar nuestras propias elecciones, estamos aceptando el papel de protagonistas de la historia de nuestras vidas.

Somos conscientes de que lo que escojamos hacer, o no hacer, tendrá consecuencias. Aprendemos que cuando las circunstancias son inevitables, o incluso terribles, nuestra reacción íntima es una opción absolutamente fundamental.

Las decisiones que nos marcan la vida, y le dan sentido, también dependen de la posibilidad de imaginar nuestros posibles actos o dar un nombre o una imagen determinados a lo que vamos madurando en nuestra psique.
Aquí es donde entran en juego las historias y los personajes.

Es también el momento en el cual necesitamos disponer de recursos espirituales, especialmente si los demás no apoyan nuestros cambios. La fase de la vejez está asociada con el arquetipo de la mujer sabia, el cual, ha expresado en todas las culturas a través de la mitología y la religión.”





Extracto de “Las diosas de la mujer madura” - Jean Shinoda Bolen
Fotografía: Yazemeenah Rossi

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