jueves, 2 de julio de 2015

Somos lo que comemos

Nuestra ira, frustración y desesperanza tienen mucho que ver con nuestro cuerpo y con la comida que ingerimos. Debemos desarrollar una estrategia para comer, para consumir, a fin de protegernos de la ira y la violencia. El hecho de comer es un aspecto de la civilización. La forma de cultivar los alimentos, la clase de comida que ingerimos y el modo de comer tienen mucho que ver con la civilización, porque las elecciones que efectuemos pueden generar la paz y aliviar el sufrimiento. La comida que tomamos desempeña un papel muy importante en la producción de nuestra ira.


La comida que ingerimos puede contener ira. Cuando comemos carne de un animal que tiene la enfermedad de las vacas locas, esa carne está llena de ira. Debemos también fijarnos en las otras clases de comida que consumimos. 

Cuando comemos un huevo o pollo, sabemos que ese huevo o ese pollo pueden contener mucha ira. Y como nos alimentamos con ira, tenemos que expresarla. Hoy en día los pollos se crían en granjas avícolas modernas de producción intensiva en las que no pueden caminar, correr, ni buscar la comida en la tierra.


Son alimentados por los humanos. Están confinados en pequeñas jaulas en las que apenas pueden moverse. Noche y día han de estar de pie. Imagina que no tuvieras derecho a caminar ni a correr. Imagina que tuvieras que estar noche y día en el mismo lugar. Enloquecerías. Así que los pollos enloquecen.

Para que las gallinas pongan más, huevos, los granjeros crean el día y la noche artificialmente. Usan una iluminación interior que acorta el día y la noche, así las gallinas creen que ya han pasado las veinticuatro horas y producen más huevos. Estas gallinas están llenas de ira, frustración y sufrimiento. Para expresar su ira y su frustración atacan a las otras gallinas que haya su lado. Usan sus picos para picarse y herirse entre ellas.

Se hacen sangrar y sufrir, y mueren a causa de ello. Por eso los granjeros les recortan ahora el pico, para evitar que se piquen unas a otras por la gran frustración que sienten.

Cuando comes carne o huevos de esta clase de gallinas, estás comiendo ira y frustración. Sé consciente de ello. Ten cuidado con lo que comes. Si consumes ira, te convertirás en ella y la expresarás. Si consumes desesperanza, expresarás desesperanza. Si consumes frustración, expresarás frustración. Hemos de comer huevos felices de gallinas felices. Hemos de beber leche que no proceda de vacas furiosas.

Hemos de beber leche biológica de vacas que se hayan criado en el campo. Hemos de hacer un esfuerzo para apoyar a los granjeros que crían a los animales de una forma más humana. Debemos también comprar verduras que se hayan cultivado en huertos biológicos. Son más caras pero, para compensarlo, comemos menos, ya que podemos aprender a comer menos.


Cómo consumimos ira a través de otros sentidos 
No sólo consumimos ira por medio de la comida, sino también con nuestros ojos, nuestros oídos y nuestra conciencia. El consumo de elementos culturales se relaciona también con la ira. Por eso es tan importante desarrollar una estrategia para consumir.


Aquello que leemos en las revistas y vemos en la televisión también puede ser tóxico. Puede contener ira y frustración. Una película es como un bistec, puede estar llena de ira. Si la consumes, estás comiendo ira, estás comiendo frustración. Los artículos de los periódicos e incluso las conversaciones pueden también contener montones de ira.

Tal vez te sientas a veces solo y desees charlar con alguien. En una hora de conversación, las palabras de otra persona pueden envenenarte con muchas toxinas. Podrías ingerir un montón de ira, que más tarde expresarás. Por eso es tan importante ser conscientes de lo que consumimos.

Cuando escuchas las noticias, lees un artículo del periódico o hablas sobre algo con los demás, ¿estás ingiriendo la misma clase de toxinas que ingieres cuando comes sin ser consciente de ello?

Comer bien, comer menos 
Hay quienes se refugian en la comida para olvidar sus penas y su depresión.

Comer en exceso puede crear problemas al sistema digestivo y contribuir a generar ira. O producir demasiada energía. Y si no sabes manejarla, se puede transformar en la energía de la ira, el sexo y la violencia.


Cuando comemos bien, podemos comer menos. Sólo necesitamos la mitad de la comida que ingerimos a diario. Para comer bien hemos de masticar los alimentos unas cincuenta veces antes de tragarlos. Cuando comemos lentamente y masticamos la comida hasta convertirla en una especie de líquido, nuestros intestinos absorben mucho más sus elementos nutritivos. Si comemos bien y masticamos la comida a conciencia, obtenemos más elementos nutritivos que si comemos mucho pero sin digerir bien la comida.

Comer es una práctica profunda. Cuando yo como, disfruto de cada bocado. Soy consciente de la comida, de lo que estoy comiendo. Podemos practicar el ser conscientes de lo que comemos: sabemos lo que estamos masticando.

Masticamos la comida con mucho cuidado y alegría. De vez en cuando dejamos de masticar para entrar en contacto con los amigos, la familia o la sangha-la comunidad de practicantes que comparten la mesa con nosotros. Valoramos el maravilloso hecho de estar sentados aquí masticando esa comida, sin preocupamos por nada más. Cuando comemos de manera consciente, no estamos comiendo o masticando nuestra ira, nuestra ansiedad o nuestros proyectos, sino que masticamos la comida que los demás han preparado con tanto amor. Es muy agradable.

Cuando la comida casi se ha licuado en tu boca, experimentas su sabor con más intensidad y sabe buenísima. Quizá desees masticar hoy de esta manera. Sé consciente de cada movimiento de tu boca. Descubrirás que la comida te sabe deliciosa; aunque comas pan solo, sin mantequilla ni mermelada, lo encontrarás riquísimo.

Tal vez desees también tomar un poco de leche. Yo nunca me la bebo, sino que la mastico. Cuando me acerco un trozo de pan a la boca, lo mastico durante un rato con plena conciencia y después bebo un traguito de leche. Me lo introduzco en la boca y sigo masticando siendo consciente de ello. No sabes lo delicioso que puede ser masticar solamente un poco de leche y pan.

Cuando la comida se ha vuelto líquida y se ha mezclado con tu saliva, ya está medio digerida, así cuando llegue a tu estómago y a tus intestinos, harás la digestión con suma facilidad.

Tu cuerpo absorberá la mayoría de nutrientes del pan y de la leche. Además, mientras masticas, sientes una gran alegría y libertad. Si comes de este modo, comerás menos de manera natural.

Cuando te sirvas la comida, sé consciente de tus ojos. No confíes en ellos. Son tus ojos los que te empujan a comer demasiado. Tú no necesitas comer tanto. Si sabes comer de manera consciente y dichosa, descubrirás que sólo necesitas ingerir la mitad de la comida que tus ojos te incitan a tomar. Te ruego que lo pruebes. Masticar una comida tan sencilla como calabacines, zanahorias, pan y leche, puede convertirse en el mejor manjar de tu vida. Es una experiencia maravillosa. Muchos de los que estamos en Plum Village, nuestro centro de práctica en Francia, hemos comido de esta forma, masticando con plena conciencia y muy despacito. Intenta comer así, ya que ayudará a tu cuerpo a sentirse mucho mejor y, por tanto, a tu espíritu y a tu conciencia.

Nuestros ojos son más grandes que nuestro estómago. Hemos de infundirles la energía de la plena conciencia para saber exactamente la cantidad de comida que necesitamos. El término chino para el cuenco de mendigar que usa un monje o una monja significa «el utensilio para la medida adecuada». Nosotros usamos este tipo de cuenco para que los ojos no nos engañen. Cuando la comida llega al borde del cuenco, sabemos que ya tenemos más que suficiente. Sólo tomamos esa cantidad de comida.

Si puedes comer de esta manera, podrás comprar menos comida. Y cuando compres menos comida, podrás comprar comida biológica. Es algo que todos podemos hacer, tanto si vivimos solos como con nuestra familia. Y supondrá además una gran ayuda para los granjeros que desean ganarse la vida cultivando alimentos biológicos.

Extracto de "La Ira" el dominio del fuego interior por Thich Nhat Hanh

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