martes, 21 de octubre de 2014

Conócete a ti mism@



La primera acción que tenemos que hacer es conocernos mejor.

Nosotros, los seres humanos, somos un conjunto de cosas que a medida que alcanzar una unidad más perfecta, una armonía mayor, una sintonía interna más profunda, nos dan más vida, más salud, más alegría, en fin, un amor a nosotros mismos mayor.

Lo contrario también es verdadero: a medida que una parte de nuestro ser tiene que luchar contra la otra, vamos destruyéndonos, desequilibrando nuestra vida, o sea, dejándonos de amar.

¿Cuáles son las partes de este conjunto?
Es obvio, aunque no sea lo más fácil de aceptar, que tenemos un cuerpo y que tenemos que estar en paz con él.

Juntamente con el cuerpo tenemos eso que llamamos instintos. Estos desempeñan un papel fundamental en el equilibrio de nuestra vida en la tierra, aunque, demasiado orgullosos, no queremos aceptarlos, por juzgarlos… animales (opuestos a lo espiritual)

Como los instintos, también las emociones son un elemento integrante de nuestra vida y a pesar de no poder negar nada de eso, nos da mucho trabajo.

Tenemos también una inteligencia, una razón, una conciencia. Coloquemos todo esto en el mismo nivel aunque se trate de cosas muy diferentes a veces.

Y por fin, tenemos dos componentes fundamentales. Sin ellos el hombre no pasa de un ser malogrado en sus más profundos anhelos; cuando faltan surge toda clase de cosas negativas, cosas que solemos considerar naturales: enfermedades, depresiones, violencias, etc.

Esos dos componentes son el amor y la libertad. 

En realidad todos los elementos mencionados, los llamados instintos propiamente dichos (el de conservación, el de la alimentación y el sexual), la emoción, la razón, el amor, la libertad, todos ellos no son sino partes de un único instinto… o ley… o anhelo humano. En este sentido, el único instinto que esta inscrito en lo más profundo de nuestro ser es el instinto de la vida, que no es otra cosa que la propia ley de la vida: el crecimiento, la plenitud y los frutos… muchos frutos, pero frutos de vida y no destrucción.

SEÑORES DE NOSOTROS MISMOS

La armonía de todas esas partes y no la destrucción de una por la otra, es lo que constituye la auténtica madurez humana.

Cuando nos hacemos conscientemente dueños y señores de toda esa realidad, nos transformamos en seres realizados y alcanzamos nuestra plenitud de vida bajo la forma de una gran alegría de vivir. Y este amor a nosotros mismos que estamos viviendo lo pasamos a todo aquel que está preparado para recibirlo (pues no todos están preparados para recibir amor).

Aunque parezca mentira, no es la razón la que nos vincula al mundo superior, trascendente o espiritual, no (por más que pueda sorprender)

Lo que nos hace superiores a los animales. Como hemos dicho antes, un ordenador tiene un raciocinio lógico perfecto.

Cuando usamos sólo la razón para entender lo espiritual, necesitamos lo que llamamos fe para dar mediante esta un salto en el vacío, cosa que en la práctica normalmente no llegamos a hacer (sólo lo hacemos en teoría, pues decimos que creemos pero, en verdad, nuestro comportamiento es el de alguien que no cree). En realidad, lo único que llena ese vacío entre la razón y el mundo superior que forma parte de nuestro ser, es el amor y la libertad en conexión con la mente superior a través de la intuición.

Estas dos tendencias del instinto humano superior, cuando están desarrolladas, son las que nos unen, de un modo natural, con lo más profundo de nuestro ser y con las realidades mas “lejanas”.

Lo que hace que seamos realmente más que los animales, es el hecho de ser dueños de todo ese complejo y no esclavos de todo ese potencial que es la vida humana.


  Ver capítulos anteriores del Taller de Autoestima
Del Taller de Autoestima de Juan Carlos Fernández. Capítulo 273 Volumén 2: La Clave de la Vida

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