martes, 15 de julio de 2014

Me doy permiso para...


Muchas de las enfermedades y angustias
que sufrimos en la vida cotidiana
tienen una causa realmente muy simple:
estamos sobrecargados.

No nos educaron para saborear la vida
y disfrutarla, sino para llevar
un pesado fardo psicológico y físico
de supuestas obligaciones:
“Deberías hacer esto”,
“Tendrías que actuar de esta forma”,
“Has de ser correcto”,
“Hay que hacerlo todo lo mejor posible”,
“Debes ser perfecto
y sin contradicciones”.

Eso nos dijeron. Y muchas más órdenes.

Son demasiadas exigencias
que hemos convertido
en autoexigencias.

Pero es simplemente imposible
responder a tanta órden
interior y exterior
sin derrumbarse de agotamiento.

Se trata, pues, de empezar a permitirnos
echar lastre por la borda, andar más ligeros.
La vida es breve -¡y tan breve!-
pero es un camino radicalmente bello.


Cuando una persona

comienza a tirar peso,
a rechazar tantas órdenes exteriores
que no se corresponden
con sus anhelos profundos,
le cambia el rostro:
se la ve rejuvenecer.


Me doy permiso para...

separarme y no estar con personas
que quieren controlar mi tiempo:
que me exigen explicaciones,
justificaciones,
argumentos,
incluso para defender
mi necesidad de parar y descansar.


Me doy permiso, después del trabajo
y haberme ganado el pan,
para relajarme,
y no hacer o no hacer nada
sin tener que darle cuentas a nadie.


Mi tiempo es mi vida
y mi vida es mía:
a nadie le debo explicaciones.


Extracto de Me doy permiso para... de Joaquin Argente

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