miércoles, 18 de junio de 2014

El Amor y la Soledad

Muchos buscan el amor para huir de la soledad, pero nunca un amor podrá satisfacer la necesidad infantil de sentirse acompañado, y esa relación estará destinada al fracaso.
Cuando amo a alguien porque lo necesito, no lo amo, lo estoy usando para mi propio beneficio, para que me acompañe, me mantenga, me divierta, me entretenga. Sólo cuando necesito a alguien porque lo amo es cuando me mueve el verdadero amor, la necesidad de compartir, de dar y de saber recibir, y estar dispuesto a comprender, perdonar, tolerar y aceptar.

Cuando se ama a alguien de verdad, se desea su libertad para ser quien es, y se llegan a amar sus virtudes y sus defectos, porque no siempre esos defectos son reales, ya que los que pueden ser defectos para uno pueden ser virtudes para otros.

La soledad nos enseña a vivir, a ser independientes, a valorarnos, a confiar más en nosotros mismos. Es la experiencia más aleccionadora que existe para madurar como persona. Recién cuando somos capaces de estar solos, aprendemos a conocernos, a apreciar todo nuestro potencial, a querernos y a ser más buenos con nosotros mismos. No se puede amar a otro si uno se desprecia. El odio a uno mismo es el fundamento de la agresividad hacia el otro, porque siempre estamos proyectando nuestra propia interioridad con nuestras acciones. Cuando se siente la sensación de estar solos o aislados es cuando hay que volver la atención hacia adentro y buscarse a si mismo; porque el afuera nunca podrá devolver el sentimiento de pertenencia que se ha perdido.
Cuando se recupera la conciencia interna de pertenencia se logra la reconciliación con uno mismo, surge un nuevo sentimiento de compasión y la posibilidad del perdón. Esa relación personal es la más importante de las relaciones que existen; porque el hombre no puede relacionarse normalmente con otro si no está bien con él mismo.

El amor verdadero no es fusión sino independencia, porque precisamente lo que se ama del otro es su ser total, su capacidad de desarrollo y su poder de trascendencia constante.

Amar es admirar, es sorprenderse todos los días con el ser amado, que es capaz de cambiar y seguir siendo el mismo o la misma.

El egoísmo mata al verdadero amor, con las limitaciones y las trabas al desarrollo individual del otro, casi siempre por celos o envidia del miembro de la pareja que se ha estancado.

La belleza es un don que ayuda a atraer pero que no sirve por si misma para mantener una relación.

La preocupación por el esquema corporal se ha convertido en un fin en si mismo y en el propósito de la vida de mucha gente. Pero si detrás de un cuerpo perfecto no hay más que la preocupación por agradar, ninguna relación a largo plazo es posible y sólo se habrá logrado ser una cosa, un bien de uso y no una persona. La belleza no dura siempre, lo que permanece es el ser verdadero y auténtico que no se preocupa por agradar sino por ser.

Los vínculos se rompen con facilidad cuando en una pareja alguno de los dos no crece; y permanece aferrado a valores relativos, sin desarrollarse. Ambos se aburren, se critican, y terminan odiándose, porque se convierten en obstáculos del propio crecimiento. La atracción física desaparece, ya no se aprecia la belleza porque cuando la pasión inicial entra en razón, se puede ver más allá de ella y se descubre que no hay nada.

Para amar a alguien de verdad primero hay que conocerlo o conocerla como persona y luego, naturalmente, como una consecuencia lógica y esperada por ambos, vendrá la intimidad, más relajada, sin temores, con la responsabilidad de los que tienen conciencia de la importancia de ese momento. Si todo este proceso es al revés, y se empieza con la intimidad, entonces se convertirá en un episodio más en sus vidas, transitorio y ocasional, que a veces tiene consecuencias desastrosas.


Desconozco el autor

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