martes, 25 de marzo de 2014

Del Taller de autoestima: Vivir el Ahora

"Si usted quiere cambios pequeños, trabaje en su conducta;  si quiere cambios significativos, trabaje en sus paradigmas."
   Stephen R. Covey

La tranquilidad de la mente es una de las bellas joyas de la sabiduría, es el resultado de un esfuerzo largo y paciente en el dominio de sí mismo. Su presencia es indicadora de una experiencia madura, y de un conocimiento más que ordinario de las leyes y el funcionamiento del pensamiento.

Un hombre alcanza la tranquilidad en la medida que se entiende a sí mismo como un ser que evoluciona del pensamiento. Para tal conocimiento necesita entender a los otros como el resultado del pensamiento, y mientras desarrolla el entendimiento, y ve con mayor claridad las relaciones internas de las cosas por la acción de causa y efecto, cesa su agitación, su enfado, su preocupación y su congoja, y permanece en equilibrio, inalterable, sereno.

El hombre calmado, habiendo aprendido cómo gobernarse, sabe cómo adaptarse a otros; y estos, a su vez, reverencian su fortaleza espiritual, y sienten que pueden aprender de él, y confiar. Cuanto más tranquilo sea un hombre, mayor es su éxito, su influencia, su poder para el bien.

El hombre fuerte y calmado es siempre amado y reverenciado. Es como un árbol que brinda sombra a una tierra sedienta, o una roca en la que resguardarse de una tormenta. ¿Quién no ama un corazón tranquilo, una vida dulcemente templada y balanceada? No importa si llueve o hay sol, o qué cambios ocurran en el poseedor de estas bendiciones, pues serán siempre dulces, serenos y calmados. Aquel equilibrio de carácter que nosotros llamamos serenidad es la lección final de la cultura; es el florecimiento de la vida, el fruto del alma. Es precioso como la sabiduría, ha de ser más deseado que el oro, más que el fino oro. Cuán insignificante se ve quien sólo busca el dinero en comparación con una vida serena, una vida que mora en el océano de la Verdad, por debajo de las olas, fuera del alcance de las tempestades, en eterna calma.

Cuánta gente conocemos que envenena sus vidas, arruina todo lo que es dulce y bello con un temperamento explosivo, destruyen el equilibrio de su carácter, ¡y hacen mala sangre! Es una cuestión si la gran mayoría de gente no arruina sus vidas, y estropea su felicidad por falta de dominio de sí mismos. Cuán poca gente conocemos en la vida con un carácter balanceado, que tiene ese exquisito equilibrio que es característico de un carácter refinado.

Sí, la humanidad emerge con pasión descontrolada, es turbulenta con amargura ingobernada, está casi arruinada por la ansiedad y la duda. Sólo el hombre sabio, sólo aquel cuyos pensamientos están controlados y purificados, hace que los vientos y las tormentas del alma le obedezcan.

Almas sacudidas por la tempestad, donde quieran que estén, sea cual fuere la condición bajo la que viven, en el océano de la vida las islas de dicha sonríen, y la orilla soleada de tu ideal espera tu venida. Mantén tu mano firme sobre el timón de tus pensamientos. En la barca de tu alma se reclina el Maestro al mando; sólo está dormido; despiértalo. El control de ti mismo es poder; el Pensamiento correcto es maestría, la calma es poder, di dentro en tu corazón, "la Paz sea contigo".

Lo único que tienes ahora es el presente. ¿Qué tanta es tu paz mental? ¿Qué tanta tu efectividad personal? Ambas dependen de qué tan capaz seas de vivir en el presente. Independientemente de lo que haya ocurrido ayer y de lo que pueda pasar mañana, el ahora es el punto en el que te encuentras. Conforme a esta perspectiva la clave de la satisfacción y la felicidad es fijar tu mente en el presente. 

Una de las características maravillosas de los niños pequeños es que el presente los absorbe totalmente. Consiguen involucrarse por completo en lo que hacen. Al llegar a la edad adulta, muchos aprendemos el arte de angustiarnos por una multitud de cosas. Permitimos que los problemas del pasado y las preocupaciones del futuro se agolpen en el presente, lo cual nos torna ineficientes e infelices. También aprendemos a posponer los placeres y la alegría, haciéndonos a la idea muchas veces de que algún día en el futuro todo marchará mucho mejor que ahora.

Lo que se necesita para ser feliz es involucrarse en el presente. Hay que decidirse a ser feliz a lo largo del camino, no nada más al llegar al destino. Nadie puede saber a ciencia cierta si habrá para él un mañana. No contamos más que con el presente.

Vivir el ahora quiere decir disfrutar todo lo que se hace, por el hecho mismo de hacerlo, y no por el resultado final. Vivir el ahora es expandir nuestra conciencia para hacer más placentero el momento presente, en lugar de evadirnos. Todos tenemos la prerrogativa, segundo a segundo, de vivir y absorber plenamente las cosas, permitir que éstas incidan en nosotros y nos afecten.


Cuando vivimos en el presente, erradicamos de nuestra mente el miedo. En esencia, el miedo es la preocupación por los eventos que pudieran ocurrir en el futuro. Dicha preocupación puede llegar a paralizarnos al punto de no permitirnos hacer nada constructivo.

Sólo puedes estar expuesto al miedo intenso cuando te encuentras inactivo. Tan pronto como haces algo, el miedo cede. Vivir el ahora es actuar sin ningún temor a las consecuencias. Es hacer el esfuerzo por el esfuerzo mismo, sin angustiarte por recibir una recompensa. No se puede sustituir algo con nada. Si estás preocupado no es fácil poner la mente en blanco y tener tranquilidad. La mejor manera de renovar tu estado mental es actuando, involucrándote, participando, ¡haz algo! Lo que sea.

El tiempo no existe en realidad, salvo como un concepto abstracto en nuestras mentes. El tiempo presente es el único con el que cuentas. ¡Aprovecha el momento! Nuestra tendencia puede ser torturarnos mentalmente, pensando en lo que podría pasar, sin embargo, si nos concentramos en el presente, que es lo único con que contamos, ¡resulta que no hay mayor problema! Tienes que vivir el ahora.

Vive la vida en el presente, y no pierdas el sueño por las cosas que vendrán. Si piensas que debes conseguir tal cosa a fin de sentirte feliz y realizado, probablemente las circunstancias se combinarán para que ocurra lo contrario. Aprovecha la vida en todo momento. Vive el presente. Mientras esperas que algo ocurra, realiza otras actividades. El hecho de asumir este tipo de iniciativas denota que no te preocupa el resultado final. «Desprenderse» de la situación acelera los resultados.

Perdonarte tú mismo o perdonar a otro es haber decidido vivir el momento presente. Si nos rehusamos a perdonar a otro, nuestra actitud es que en vez de solucionar las cosas, preferimos vivir en el pasado y echarle la culpa a otro o a nosotros mismos, significa permanecer en una espiral de culpabilidad, y someternos a un poco más de angustia mental.

Hay quienes tienen ideas equivocadas del perdón. Cuando nos rehusamos a perdonar, nosotros sufrimos. ¡Muchas veces el «culpable» ni siquiera sabe qué estamos pensando! Él sigue feliz de la vida mientras nosotros nos sometemos a una interminable tortura mental. La falta de perdón es una de las principales causas de enfermedad, porque una mente infeliz engendra un cuerpo infeliz.

Si culpamos y responsabilizamos a otras personas de nuestra infelicidad, rehusamos admitir nuestra propia responsabilidad. Echarles la culpa a otros nunca le ha servido de nada a nadie. En cuanto dejamos de echarles la culpa a los demás, estamos en posición de hacer algo por mejorar las cosas. Culpar a otros es una excusa para no asumir la realidad; una excusa para no actuar. El verdadero perdón es olvidarse completamente del hecho.

Echarles la culpa a los demás no nos lleva a ningún lado. Lo pasado, pasado. Aferrarnos al ayer no cambia nada. Cuando optamos por perdonar, un maravilloso principio entra en acción. Al sufrir nosotros una transformación, los demás también cambian. Al modificar nuestra actitud hacia los demás, ellos a su vez empiezan a cambiar su conducta. Por alguna razón, en el instante en que optamos por modificar nuestra forma de ver las cosas, los demás responden a nuestro cambio de expectativas.

Si perdonar a los demás es difícil, perdonarse uno mismo lo es más. Muchas personas se pasan la vida castigándose mental y físicamente por lo que consideran deficiencias personales. Todo este sufrimiento probablemente se origina en un sistema de creencias tales como que han hecho muchas cosas negativas, que son culpables, que no merecen estar sanos y felices. ¡Te sorprendería saber cuántos enfermos no creen que merezcan estar sanos y felices!.

Despójate de la culpa; no es fácil. Conservar la salud mental cuesta mucho trabajo, pero el esfuerzo vale la pena. Culpar y sentirse culpable son actitudes igualmente peligrosas y destructivas. Echarle la culpa al destino, a los demás, o a nosotros mismos, es evadir el meollo del asunto, que consiste en tomar medidas para resolver el problema. Es nuestra opción salir adelante en la vida y vivir el presente, o encadenarnos a rencores y amarguras del pasado.

No es lo que sucede en nuestras vidas lo que determina nuestra felicidad sino cómo reaccionamos ante lo que sucede. La misma situación para uno es alegría y para el otro pena. Ser feliz no siempre es fácil; puede ser uno de nuestros más grandes retos y, en ocasiones exige de nosotros toda la determinación, disciplina y tenacidad de que somos capaces. Tener madurez quiere decir ser responsables de nuestra propia felicidad y optar por concentrarnos más en lo que tenemos que en nuestras carencias.

Necesariamente estamos al mundo de nuestra felicidad, porque podemos elegir nuestros pensamientos. Nosotros engendramos nuestros propios pensamientos. Para ser felices tenemos que concentrarnos en pensamientos agradables, positivos. Ser feliz puede representar gran esfuerzo; para ser feliz tienes que encontrar el lado positivo de las cosas. Tú decides qué es lo que quieres ver, y qué es lo que quieres pensar.

Si somos infelices se debe a que la vida no es como quisiéramos; la vida no cumple nuestras expectativas y por ellos somos infelices. Por lo general, creemos que seremos felices cuando se presenten ciertas circunstancias que deseamos. Pero ocurre que la vida no es perfecta. Así como nos brinda satisfacciones y alegrías, también nos depara frustraciones y fracasos.

La felicidad es una decisión. Mucha gente vive la vida como si algún día fuera a llegar la «felicidad», como si la felicidad fuera una parada de autobús. Imagina que un día todo va a encajar en su sitio y entonces dirán: «Al fin he llegado, ¡he aquí la felicidad!». Por eso estas personas se pasan la vida esperando: «Sólo podré ser feliz cuando ocurra esto o aquello».

Todos tenemos que tomar una decisión. ¿Estamos dispuestos a recordar cada día que existe un tiempo límite para aprovechar al máximo lo que tenemos, o dejaremos escapar el presente con la esperanza de un mejor futuro?. El mundo no es «perfecto». El grado de nuestra felicidad es la distancia entre lo que realmente son las cosas y lo que «deberían» ser. Si dejamos de exigir que las cosas sean perfectas, nos resultará más lograr ser felices. Después podremos luchar por un determinado orden de cosas y decidir, si es que ese orden por el que luchamos no se establece, que seremos felices de todas maneras.

Todos pasamos por etapas en que la vida nos parece extremadamente difícil. En circunstancias así nos preguntamos si lograremos sobrevivir otra semana. ¡El hecho es que, de una forma u otra, generalmente lo logramos! Puede ocurrir que perdamos la perspectiva e imaginemos que las cosas son más sombrías de lo que realmente son. Podemos pensar que el futuro es un campo minado de problemas y dudamos que alguien pueda lidiar con lo que nosotros enfrentamos. Con demasiada frecuencia exageramos las cosas fuera de toda proporción. En la mayoría de los casos lo peor que puede pasar es, sin duda, muy grave, pero no es el fin del mundo.

Si miramos retrospectivamente, por lo general podemos aprender de las épocas difíciles. Lo complicado es ser lo bastante equilibrados y conscientes como para aprender mientras sufrimos. La gente feliz tiende a considerar las épocas difíciles como valiosas experiencias. Mantienen la frente en alto, no dejan de sonreír, saben que las cosas habrán de mejorar y que cuando salgan de la prueba por la que están pasando serán mejores seres humanos.

Quizá la mejor manera de sentirnos en paz interiormente es hacer algo por otra persona. La autoconmiseración y preocupación excesiva derivan del hecho de estar absortos en nosotros mismos. En cuanto empiezas a hacer felices a otros, ya sea que les mandes flores, les arregles el jardín o les dediques tu tiempo, ¡te sientes mejor! Es automático, simple y hermoso.

Los desastres son menos desastres si lidiamos sólo con un problema a la vez. Mientras más pronto nos demos cuenta de la ganancia que puede derivarse de dicha experiencia, más fácilmente podemos enfrentarla.


La risa es la mejor medicina. Cuando ríes, ocurren toda clase de maravillas que benefician tu mente y tu cuerpo. La risa alivia el dolor. Sólo cuando estás relajado puedes reír y mientras más relajado estás, menor dolor sientes. Con frecuencia nos enfermamos porque vemos la vida y a nosotros mismos de una manera demasiado tétrica. Lo que necesitamos es reír y de esta manera nos conservamos saludables.

El arte de ser feliz implica poder reírse de los problemas en cuanto estos surgen. Todos sufrimos reveses. La gente feliz no tarda mucho en ver el lado gracioso de sus desilusiones.

Podemos aprender de los niños mucho acerca de la risa. Los niños felices se ríen casi de cualquier cosa. Parecen saber de manera instintiva que el reír los mantiene equilibrados y sanos. Nacen con una sed insaciable de alegría y diversión. Es una lástima que al llegar a la edad adulta su actitud sea reemplazada por otra cuyo lema es que la vida es todo seriedad. Los adultos insisten tanto en señalarles a los niños cuando no deben reír que les hacen perder gran parte de su espontaneidad.

¡Una de nuestras mayores responsabilidades para con los demás es estar alegres! Cuando estamos contentos, nos sentimos mejor, trabajamos mejor y los demás desean estar junto a nosotros. La vida no es tan fúnebre. Lo que debemos desarrollar con toda la seriedad del mundo es el sentido del humor.
"La mayoría de la gente es tan feliz como ha decidido serlo."

Abraham Lincoln


"Tú tienes el pincel y las pinturas. Pinta el paraíso y entra en él."

Nikos Kazantzakis

Aquél hombre me llamó por teléfono al consultorio y me dijo:

-Este es el fin. Estoy acabado. Se me terminó todo mi dinero. Lo he perdido todo.

-¿Aún puedes ver? –le pregunté.
-Sí, aún puedo ver –respondió el hombre.
-¿Aún puedes caminar? –seguí preguntando.
-Sí, aún puedo caminar –contestó el hombre.
-Evidentemente aún puedes oír –agregué. Porque de otro modo no me habrías llamado por teléfono.
-Sí, aún puedo oír.
-Es claro que aún conservas todo –le dije. ¡Lo único que perdiste fue tu dinero!

Dr. Robert Schuller

Ver capítulos anteriores del Taller de Autoestima
Del Taller de Autoestima de Juan Carlos Fernández. Capítulo 137 Volumén 2: Vivir el Ahora

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