jueves, 27 de febrero de 2014

La bendición de la crisis


Las crisis son puntos de transición en el crecimiento o proceso evolutivo de toda forma viviente. Son eventos de choque entre el pasado y el futuro, por lo general experimentados en forma dolorosa. Son indicadores de cambio, en el doble sentido de la expresión: porque nos muestran que algo en nosotros y en nuestro entorno está cambiando, y porque nos muestran la necesidad de cambiar y de adaptarnos inteligentemente a las nuevas circunstancias.

"El arte de vencer se aprende en las derrotas." 
- Simón Bolívar


Las crisis son dolores de parto. En una verdadera crisis necesariamente algo muere en nosotros, pero es porque algo más vivo y radiante pugna por salir. Alguna vez vi una película en la que mostraban en detalle lo que ocurre en una serpiente cuando muda de piel. El animal se refugia en un lugar especial, dentro de ciertas condiciones ambientales, y en forma casi ritual se desprende de sus antiguas vestiduras, cada vez más endurecidas y resecas. Simultáneamente aflora su nueva piel, seguramente al principio sensible y delicada, pero a la postre más flexible y adecuada para los nuevos desafíos.

Cuando algo interno pugna por encontrar expresión en nosotros, estemos seguros de que es porque algo ha muerto ya en nosotros, porque un pasado empieza a quedar atrás. Y cuando aceptamos esa muerte, estamos propiciando el nacimiento de algo nuevo y más vigoroso. Richard Bach afirma bellamente que cuando una puerta se cierra en el universo es porque otra se ha abierto. Más allá de toda crisis, debidamente enfrentada y superada, se encuentran nuevos niveles de conciencia y de realización.

Un ejemplo sobre el que quiero llamar particularmente la atención es el que se presenta en cierta etapa de la dentición de los niños. Más o menos a los siete años de edad pierde los dientes incisivos. Supongamos que su madre no sabe que estos dientes serán reemplazados oportunamente por dientes más fuertes y bonitos, y se alarma porque su hijo o hija quedará mueca de por vida. ¿Cierto que nos parece ridículo? Claro, todos sabemos que lo que ha ocurrido realmente es que los verdaderos dientes ya están saliendo, y a su paso han desplazado a los dientes que habían aparecido desde la tierna infancia. Hago énfasis en este ejemplo, porque, de igual manera, nos alarmamos por el enorme caos actual, por la crisis sin precedentes que vive nuestro país, o nuestro planeta, sin comprender que lo que ocurre en realidad es que nuevos valores y energías palpitan con tal intensidad que desplazan a su paso valores ya caducos y cristalizados.

Nuestra cultura nos ha educado pobremente en cuanto a las crisis, aunque la psicología y la medicina vienen dando grandes pasos al respecto, gracias al sentido de prevención que tan sanamente nos han inculcado. No obstante, en la medicina actual todavía se habla mucho de "combatir la enfermedad" desconociendo muchas veces que la enfermedad es la manifestación externa de una crisis, o que constituye una crisis en sí misma y que, más que combatirla, el gran reto es comprenderla, desentrañar las causas subyacentes e indicarle al paciente los cambios de conducta y de actitud que debe emprender para trascender su enfermedad o limitación.

Esta incultura de las crisis se evidencia en expresiones como "estalló la crisis en la organización X" y a los pocos días aparece publicada una noticia en la que se dice que "la crisis fue confabulada". En primer lugar, si una crisis estalla es porque no se atendieron sus causas en el momento correcto ni en la forma adecuada. La crisis había sido reprimida hasta tal punto que sólo quedó la violenta salida del estallido, lo cual de alguna manera es un atentado contra cualquier proceso de crecimiento. Y la palabra confabulación resulta también muy elocuente. Según el diccionario Larousse, confabular significa "ponerse de acuerdo varias personas en un negocio ilícito: confabularse contra el enemigo". Las enfermedades y las crisis son consideradas como enemigos, cuando en realidad las crisis y el dolor son mensajeros del cambio, son emisarios de los reinos de la Luz.

El hecho de que comprender que la crisis es síntoma de crecimiento no nos exonera de darle la prioridad que merece. Al contrario. Si miramos con verdadera sensibilidad interna lo que ocurre a nuestro alrededor, vemos que es evidente que la crisis actual es grande. El dolor sigue visitando a muchos hogares y personas, bien sea en forma de penurias económicas, de agudas dificultades emocionales y afectivas, o de terror e incertidumbre ante flagelos como el secuestro, la guerrilla o la corrupción. Es palpable igualmente el "hambre espiritual" debido muchas veces a un marcado materialismo o a la falta de contacto con personas o autores que ejemplifiquen los valores superiores. Ante tal hecho, ante todo debemos hacer nuestra la plegaria de los Grandes Seres: "Conozco Oh Señor, la necesidad. Conmueve nuevamente con amor mi corazón, para que también yo pueda amar y dar".

En una sincera búsqueda de soluciones y aportes tangibles, debemos aprender a mantener la mirada en aquello que está más allá de las crisis. Hay que tratar de escuchar el mensaje que el universo nos envía a través del dolor. Mi percepción es que tras el "aparente caos" se evidencian vigorosos procesos de renovación vital, a niveles realmente profundos y elevados. Un claro testimonio de este nacimiento a una conciencia nueva lo tenemos, por ejemplo, en la acogida colectiva que vienen recibiendo libros como El caballero de la armadura oxidada y El Alquimista.

De hecho el protagonista de este último libro es un joven que se lanza a la ambiciosa búsqueda de un tesoro, pero apenas inicia su viaje se ve despojado de todas sus pertenencias. Pero aprende a superar esta crisis, gracias a su determinación por seguir adelante. Y casi al final, cuando estaba a punto de alcanzar su meta, la crisis resultó aún mayor: unos bandidos lo golpean y casi lo sepultan en el hueco en el que excavaba su amado tesoro. Pero a la postre uno de esos bandidos le da la clave para hallar el tesoro. Cuando más densa es la oscuridad es cuando más cercana está la luz. La hora más oscura es el preámbulo al milagro de la luz.

Creo que lo mejor que podemos hacer, tanto en lo personal como en lo colectivo, es tratar de comprender las causas de la crisis actual, y tratar de sintonizarnos con los nuevos valores que muestran los signos de la época. Hay mucha sabiduría actualmente manifestándose, pero hay que saber leer en el gran libro de la vida. Allí se nos dice que en nuestra época estamos dando un gran salto, desde la reacción emocional hasta la respuesta amorosa, desde el pensamiento hasta a la inspiración superior, desde el materialismo hasta una espiritualidad nueva.

Quienes se mueven con visión de futuro, quienes encarnan los valores del hombre del nuevo milenio, saben que debemos elevarnos hacia esa nueva dimensión espiritual para poder gestar las transformaciones que reclama la época. Es un hecho que estamos en los albores de tiempos nuevos: "Una nueva tónica penetra en la vida humana, trayendo esperanza, alegría, poder y libertad".

Contrario, pues, a lo que nos ha hecho creer la cultura convencional, no tratemos de evadir las crisis que sean manifestación de crecimiento vital, ni busquemos soluciones temporales ni superficiales. Cerrarle la puerta a una crisis es cerrarle la puerta a una estupenda oportunidad que el universo nos está ofreciendo. ¿Qué actitud práctica debemos asumir ante las crisis? Para ir más allá de ellas, para yo recomendaría lo siguiente:
Comprensión: Entender que en todo proceso que implique vida y crecimiento, necesariamente existirán momentos de crisis. Donde no hay crisis no hay lucha y tampoco puede florecer la vida. El siguiente relato es bien elocuente:



Dijo una ostra a otra: "Siento un gran dolor dentro de mí. Es pesado y redondo y me lastima". Y la otra ostra replicó con arrogante complacencia: "Alabados sean los cielos y el mar. Yo no siento dolor alguno. Me siento bien e intacta por dentro y por fuera". En ese momento, un cangrejo que pasaba por allí escuchó a las dos ostras y le dijo a la otra que acababa de hablar: "Quizá si te sientes bien. Pero has de saber que el dolor que soporta tu vecina es una perla de inigualable belleza".


Jalil Gibrán




2. Realismo: Hay quienes quieren negar la existencia de una crisis. El que la niega, cuando ésta es evidente, se engaña a sí mismo. Y una crisis no aceptada se convierte en un problema crónico. Realismo implica también capacidad de Aguante. "Aguante" es un término muy propio de nuestro pueblo. Si lo que nos corresponde vivir ha de doler, hagamos acopio de valentía y pidámosle a Dios capacidad de aguante. Reflexionemos sobre las causas de la crisis y preguntémonos qué nos está tratando de decir el universo. Hagamos nuestro el pensamiento de Fernando González: 


"Padezco, pero medito"


Auto olvido: A veces sobredimensionamos las dificultades y le prestamos indebida importancia a nuestra situación personal, o a nuestro entorno social inmediato, olvidando que somos parte de un contexto mucho mayor. Ese sano olvido de nosotros mismos implica concentrarnos en las grandes necesidades de los demás. Y el auto olvido también puede y debe involucrar buenas dosis de humor. En ese sentido, bien podemos decir que, más allá de las crisis... hay otras crisis...

4. Desapego: Parte de la aceptación de una crisis es aceptar que el pasado ya pasó. Como dijimos antes, cuando aceptamos que algo está muriendo nos abrimos a la magia de lo que está naciendo:

Así como toda flor se marchita y toda juventud cede a la edad, así también florecen sucesivas etapas de la vida. A su tiempo crece toda sabiduría, toda virtud, pero no les es permitido durar eternamente. Es necesario que el corazón, a cada llamamiento, esté pronto al adiós y a comenzar de nuevo; esté dispuesto a darse, animoso y sin duelos, a nuevas y distintas ataduras. En el fondo de cada comienzo hay un hechizo que nos protege y nos ayuda a vivir.



Debemos ir serenos y alegres por la tierra, atravesar espacio tras espacio sin aferrarnos a ninguno como si fuera una patria; el espíritu universal no quiere encadenarnos: quiere que nos elevemos, que nos ensanchemos, escalón tras escalón. Apenas hemos ganado intimidad con una morada y en un ambiente, y ya todo empieza a languidecer. Sólo quien está pronto a partir y peregrinar podrá eludir la parálisis que causa la costumbre. Aún la hora de la muerte nos coloca frente a nuevos espacios que debemos andar, porque el llamado de la vida no cesará jamás para nosotros. 


Hermann Hesse


5. Transmutación: Nada es casual en el universo, y si algo nos llega tengamos la certeza de que es lo que nos corresponde vivir. Lo importante no es lo que nos sucede sino lo que hacemos con lo que nos sucede. Una bella fórmula para "capitalizar" una crisis, elevándonos y dejándola atrás, es la siguiente:



Toda persona debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin y reto consiste en descubrirlo. Todo lo que nos pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso nos ha sido dado como arcilla, como material para la obra de arte de nuestra existencia. Esas cosas nos fueron dadas para que las transmutemos, para que hagamos de las circunstancias de nuestra vida, cosas eternas o que aspiren a serlo.


Jorge Luís Borges


6. Confianza: Uno de mis hijos, que disfruta mucho con el agua y las piscinas, conoció recientemente el mar. Era evidente su fascinación. Pero, curiosamente, al día siguiente rehusó entrar al agua, lo mismo que al tercer día. Yo sabía que una ola lo había revolcado, haciendo que le entrara agua por boca y nariz. De hecho los ojos le ardieron bastante por el efecto de la sal, pero nunca imaginé que por esos percances le cogería aversión al mar.
Dejando que asimilara su derrota, sin presionarlo, en el momento que consideré oportuno le enseñé cómo hacer que el mar fuera su amigo, no su enemigo. De mi mano (¡y con un flotador puesto!) en lentas y pacientes inmersiones aprendió a ir más allá del lugar donde rompen las olas, y descubrió esa zona en la cual las olas lo subían y lo bajaban pero no golpeaban directamente contra su cuerpo. Poco a poco restableció la amistad con el mar, y pronto estaba jugando nuevamente por todos lados, ya sin temor al revolcón de las olas. Aprendió que era posible no sólo evitar el impacto las olas sino que podía incluso jugar con ellas.

Cuando evoco esta imagen, pienso que eso mismo es lo que Dios hace con todos nosotros. Una y otra vez nos muestra cómo ir, de Su mano, a ese lugar que está más allá de nuestras crisis, a esas aguas mansas y acariciadoras que son testimonio de Su presencia. Si nos quedamos en las contingencias de la vida, en las cosas externas únicamente, esas olas de las circunstancias inmediatas nos golpearán, tarde o temprano, una y otra vez. Esas olas nos revuelcan y nos "dan tres vueltas", pero en cambio su impacto es menos intenso cuando aprendemos a conocernos a nosotros mismos mediante la interiorización y cuando comprendemos que hay un lugar dentro de nosotros desde el cual vivirlas y crecer con ellas. Entonces el dolor empieza a tener significado, pues se convierte en maestro que nos muestra en qué partes de nuestro desarrollo tenemos que trabajar más. No olvidemos que la actitud de una persona frente a las crisis denota su actitud frente a la vida, frente al cambio y frente al crecimiento.


Que la confianza en el universo y en sus fuerzas restauradores nos permita hacer nuestro otro pensamiento-plegaria de la sabiduría eterna: "Que el dolor traiga la debida recompensa de luz y de amor. Que el alma controle la forma externa, la vida y todos los acontecimientos, y traigan a la luz el amor que subyace en todo cuanto ocurre en esta época".

Del Taller de Autoestima de Juan Carlos Fernández. Capítulo 121 Volumén 2: Más allá de las crisis

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